Ciudad de México .-Locos los hay en todas partes. Hay locos que promueven muros y guerras; otros que se dedican a atesorar dinero; los hay que buscan tener poder para tener poder, y hay loquitos, en fin, que se dedican a orientar Repúblicas. También hay locos de Dios, cuya locura suele ser muy peligrosa. Los locos de mi tierra, sin embargo, son mansos y pacíficos. A veces dudo de que sean locos, así de sensata es su insensatez. Profesan una irracionalidad muy razonable, por así decirlo. Cada demente es muy de mente. Pondré como ejemplo al Pilín. Su nombre era Porfirio. Digo "era" porque el Pilín es ahora loco celestial. Su sonoroso nombre le quedaba grande, pues tenía corta la estatura y esmirriado el cuerpo. Por eso Porfirio se volvió Pilín. Sus ocurrencias, sin embargo, eran descomunales. Cierto día llegó a su pueblo una compañía de teatro cuya primera dama era señora de abundantes carnes. Procerosa era la actriz, por no decirle gorda. Pesaba muchas arrobas; ella sola ocupaba media escena. En el drama que se representó el galán joven quería llevarla con él a un país lejano, pero ella le hacía relación de todos los obstáculos que se oponían a su amor. "¡Desdichado de mí! -clamó el enamorado-. ¿Cómo puedo llevarte conmigo, Galantina?". (Así se llamaba en la obra la rolliza dama: Galantina). Desde la galería gritó el Pilín: "¡Llévatela en la troca, cuñao! ¡Con dos viajes tienes!". (La troca -del inglés truck- es en el norte un vehículo para carga pesada, con redilas, o sea estacas). En otra ocasión llegó el Pilín a la ferretería del lugar, y sin más ni más le dijo al ferretero: "Me das un metro de pintura blanca". El hombre pensó que para un loco otro más loco. Abrió una lata de pintura, mojó la brocha en ella y trazó sobre el mostrador una raya de un metro. "Aquí tienes tu metro de pintura" -dijo con sonrisa aviesa. El Pilín vio la raya de pintura y le pidió luego al ferretero: "Me la envuelves, por favor". Digo todo esto porque desde hace 8 años los mexicanos hemos estado locos de politiquería. Por fortuna hay gente que en medio de las locuras de la 4T conserva intacta la facultad de razonar y discurrir. Ilustro el caso con uno de mis cuatro lectores, hombre joven, padre de dos críos en edad de escuela. Preocupado, me envió este mensaje: "Mi esposa y yo batallamos cada día para que nuestros hijos estudien y hagan la tarea. Les decimos: 'Si no estudian no serán nada en la vida'. Ellos nos responden: 'López Obrador fue un mal estudiante; tardó 14 años en obtener el título, y sin embargo llegó a Presidente de la República'". Encuentro fundada la inquietud de mi lector. En efecto, pedimos a los deportistas que den buen ejemplo a la juventud, que sean como Pelé, no como Maradona. Lo mismo deberíamos pedir a quienes nos gobiernan. Los personajes de la política han de ser modélicos, ejemplos a seguir. De otra manera aparecerán como inútiles los valores del trabajo y la responsabilidad; estaremos proponiendo astucia en vez de talento; audacia en lugar de inteligencia. Los niños y los jóvenes pensarán que pueden ser estudiantes mediocres, y hasta pésimos, y aun así lograr los frutos de la fortuna o el poder. No puedo disipar aquí la preocupación de mi lector, pero procuraré tranquilizarlo con una historietilla de color subido... Meñico Maldotado, a quien natura dotó de escasas prendas físicas, estaba nervioso, pues había convencido a una chica de llegar con él a la intimidad. Bien sabía que estaba mal dotado, y eso lo llenaba de ansiedad. "No te apures -lo calmó un amigo-. Sólo apaga la luz". Ya en el lecho el conturbado joven tomó la mano de la chica y la guio hacia el lugar temido. Le dijo ella: "Gracias, no fumo"... FIN.

MIRADOR Por Armando FUENTES AGUIRRRE

Me habría gustado conocer a Selma Woodrich. Vivió a mediados del siglo antepasado en Virginia, Estados Unidos. Era blanca, de clase acomodada. Su religión y sus principios la hicieron ser enemiga de la esclavitud. Ayudó a un centenar de esclavos negros, fugitivos de las plantaciones sureñas, a llegar a Canadá. Descubierta, fue azotada por orden de un terrateniente. El hombre le hizo dar 21 latigazos, uno por cada esclavo que él había perdido. La señora Woodrich estuvo a las puertas de la muerte. En el delirio de la fiebre se le presentó una visión: subía al cielo por una escalera que tenía 100 peldaños, uno por cada esclavo que había ayudado a escapar. Me habría gustado conocer a Selma Woodrich. Aprendió que el bien que hacemos nos lleva, por caminos misteriosos, a nuestro propio bien. ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS. Por AFA. ".

Desciende el número de nacimientos en el país...". Me causa preocupación esa noticia fatal. ¡Hasta en la industria natal baja nuestra producción!