Durante varias semanas México hizo una pausa. El balón consiguió lo que ningún discurso político logra: reunir a millones de personas frente a una misma pantalla y hacer que, por noventa minutos, las diferencias ideológicas quedaran en la banca. El Mundial terminó y, con él, también concluyó esa breve tregua nacional.

Ahora regresa la realidad. Y la realidad tiene fecha: 2027. El país se encamina hacia uno de los procesos electorales más complejos de los últimos años. Se renovarán los 500 integrantes de la Cámara de Diputados, una elección decisiva porque definirá el equilibrio político durante la segunda mitad del gobierno federal actual.

Además, 17 entidades federativas elegirán gobernador o gobernadora, junto con miles de cargos locales entre congresos estatales y ayuntamientos. Nunca una elección intermedia había concentrado tantos intereses políticos al mismo tiempo. Chihuahua está colocado en la cereza del pastel.

La batalla será intensa: Morena intentará conservar la mayoría legislativa que le permita mantener el rumbo de su proyecto político. El PAN, junto con sus aliados, buscará recuperar espacios y demostrar que sigue siendo una alternativa competitiva.

En medio aparecerán Movimiento Ciudadano, partidos locales y nuevas fuerzas que tratarán de convertirse en factor de decisión. No será una campaña de propuestas sencillas. Será una confrontación permanente.

Los próximos meses prometen convertirse en una guerra de encuestas, descalificaciones, investigaciones, filtraciones, redes sociales convertidas en tribunales populares y campañas donde la emoción volverá a imponerse sobre la razón. La polarización, lejos de disminuir, amenaza con convertirse en el principal combustible electoral.

Pero existe otro ingrediente que no puede ignorarse. El árbitro. En cualquier partido de futbol, la autoridad del árbitro es indispensable. Puede equivocarse, pero todos entienden que sin alguien que haga respetar las reglas, el encuentro termina en caos.

En política ocurre exactamente lo mismo. El problema es que hoy muchos ciudadanos perciben que las advertencias de las autoridades electorales terminan siendo simples llamados a misa.

Los partidos desafían los tiempos legales, realizan actos anticipados, estiran la legislación hasta el límite y convierten las sanciones en parte del costo de hacer política. Cuando la autoridad pierde capacidad para hacerse respetar, el terreno de juego deja de ser parejo.

Eso representa uno de los mayores desafíos rumbo a 2027. El futbol deja también una enseñanza que la política suele olvidar: los campeonatos rara vez los gana quien presume tener la plantilla más cara o los mejores discursos. Los gana quien comete menos errores. En política sucede exactamente igual.

Una candidatura equivocada, una crisis mal manejada, un exceso de confianza, un escándalo de corrupción o una declaración desafortunada pueden modificar el ánimo ciudadano en cuestión de días. No siempre vence quien promete más. Muchas veces triunfa quien se equivoca menos.

Por eso el verdadero partido apenas comienza. Después de la euforia mundialista volverán las conferencias de prensa, los recorridos por plazas públicas, los espectaculares, las promesas de siempre y los discursos que intentarán convencer a un electorado cada vez más informado, pero también más escéptico.

En el futbol, cuando termina el partido, todos regresan a casa. En la política, las decisiones que se tomen en 2027 determinarán el rumbo del país durante varios años. No estará en juego únicamente una mayoría legislativa o diecisiete gubernaturas.

Estará en disputa la capacidad de México para demostrar que la competencia democrática puede desarrollarse con legalidad, respeto institucional y madurez política.

El Mundial terminó. Se apagaron los reflectores de las canchas. Ahora comienza el torneo más importante: el de la democracia mexicana. Y ese, a diferencia del futbol, no admite tiempo de compensación. Va a ganar quien cometa menos errores. Pero hay un dueño del torneo que, desde hoy, quiere controlar el triunfo.

Porque, de entrada, ese “dueño” del torneo, ha enviado un mensaje totalmente contradictorio: Chihuahua se mide de distinta manera que a Baja California y Sinaloa. En estas dos últimas entidades, la evidencia es tan obvia, que a sus gobernantes les prepara una estatua en bronce, no importa qué tantas faltas tengan en su haber. En Chihuahua, en cambio, todo el peso de la ley solo por ser del equipo opositor.

Pero, ojo, recordemos a Jesus Reyes Heroles con su teoría “La forma también es fondo”, que, entre otras cosas planteó: “… si alguien comete atropellos en su forma de gobernar, ese comportamiento terminará definiendo y corrompiendo el fondo de sus proyectos”. Al tiempo.