Mientras el cíclope apacentaba su rebaño en la pradera, Odiseo y su tripulación entraron en la cueva. Hallaron abundante comida: cestos colmados de quesos, rediles llenos de corderos y cabritos, y cántaros rebosantes de leche. Decidieron esperar al gigante Polifemo para pedirle hospitalidad. Cuando cayó el sol, el cíclope llegó con una inmensa carga de leña y selló la entrada con una enorme piedra.
Al percibir una presencia extraña, exclamó:
—¿Sois comerciantes o piratas?
—Somos aqueos que volvemos de Troya, desviados por los vientos y ansiosos por regresar al hogar. Te suplicamos hospitalidad —respondió Odiseo.
—¡Eres un necio, extranjero! —replicó el cíclope, enfurecido.
Y se abalanzó sobre dos tripulantes: los atrapó y los devoró. Atónitos, los demás esperaron con miedo mientras Odiseo ideaba un plan de escape.
Al día siguiente, le ofreció un vino fuerte.
—¡Eh, cíclope, bebe vino!
Polifemo lo tomó y siguió bebiendo con avidez. Ya ebrio, Odiseo le dijo:
—Mi nombre es Nadie.
Una vez que el gigante quedó tendido, Odiseo y sus hombres calentaron un leño al rojo vivo y se lo clavaron en el ojo. Al instante, un grito monstruoso retumbó por toda la caverna.
Polifemo llamó a los cíclopes vecinos. Ellos preguntaban qué ocurría y él contestaba desesperado:
—¡Amigos, Nadie intenta matarme! ¡Sálvenme!
Los gigantes entendieron que nadie lo atacaba y, sin más, se retiraron, dejando solo al cíclope ciego.
Odiseo y su gente lograron escapar. Ya a salvo, desde su navío, Odiseo le gritó, lleno de ira:
—¡Cíclope maldito! Si alguno te pregunta quién te dejó ciego, dile que fue Odiseo.
Polifemo, frustrado y entre gemidos, oró a su padre, Poseidón, dios del mar:
—Si de verdad soy tu hijo, impide que Odiseo llegue a su casa; y, si ha de llegar, que sea tarde y después de perder a todos sus amigos.
Con la soberbia propia de quien cree haber ganado la partida, Odiseo se burló del cíclope. Este es el punto de inflexión de la trama: Poseidón vengará la ceguera de su hijo y el destino de Odiseo cambiará para siempre.
Semanas después, los gigantes lestrigones destruyeron once de las doce naves. Tras el ataque, solo quedó Odiseo con su embarcación en medio del inmenso mar. La venganza de Poseidón apenas comenzaba.
La Odisea es un espejo de la vida humana. Cada obstáculo que vence el héroe va formando su carácter para cumplir el fin que le dará plenitud: regresar a su patria junto a su esposa y su hijo.
Pero todavía le aguardan nuevas pruebas y tentaciones. Más adelante, después de perder a todos sus compañeros, Odiseo llega a la isla de la seductora Calipso. La encantadora ninfa le ofrece la inmortalidad a cambio de renunciar para siempre a su hogar y a su patria. Él, sin embargo, se niega.
Odiseo rechaza un placer vacío, desprovisto de patria y de familia. No todo placer conduce a la felicidad. No olvida ni rehúye su deber. Ante la tentación, Homero enseña a valorar la vida con responsabilidad:
«Jamás ninguna llegó a convencer mi ánimo en mi pecho. Porque nada hay más dulce que la patria y los padres, ni siquiera cuando uno habita un hogar opulento».
Penélope lo espera en Ítaca como esposa fiel. Homero dice de ella:
«¡Tan bien guardó el recuerdo de Odiseo, su legítimo esposo! Por esto jamás se extinguirá la fama de su excelencia».
Cuando Odiseo llega a Ítaca, la diosa Atenea lo vuelve irreconocible para favorecer un regreso prudente. Al presentarse ante Penélope, ella le exige una prueba definitiva. Entonces Odiseo evoca un detalle que solo ambos conocen: el lecho nupcial había sido construido sobre un olivo «de tupido follaje, robusto y vigoroso». Al escucharlo, «a ella le temblaron las rodillas y el corazón, al reconocer las señas tan claras», narra Homero.
Para la tradición clásica, este símbolo tiene un profundo sentido: el tálamo conyugal permanece inmóvil porque está arraigado al olivo, y por ello representa la estabilidad, la permanencia y la legitimidad del hogar. La fidelidad de Odiseo y Penélope no está cimentada en una simple promesa, sino en raíces profundas que dan testimonio de un vínculo indestructible.
Con su regreso, Odiseo alcanza la plenitud de su vida y restaura el orden de su familia y del reino de Ítaca.
Durante su regreso trágico cultivó las virtudes de la disciplina, el autocontrol, la prudencia, el dominio de los deseos, la humildad ante la muerte, la vigilancia frente a la tentación y el sentido de la responsabilidad.
En la película Odisea, de Christopher Nolan, recién estrenada, destacan la puesta en escena, la producción, la música y las actuaciones. Sin embargo, la cinta atribuye a Odiseo una culpa traumática por la guerra de Troya, acentúa el sentimentalismo e incurre en algunos errores de identidad respecto al poema homérico.
En cambio, La Odisea original honra la valentía y la inteligencia de sus personajes para enfrentar el peligro. Presenta vínculos sólidos, arraigados en la cultura, que hoy con frecuencia aparecen rotos o debilitados.
Odiseo honra esos vínculos: con los muertos, al hablar con su madre en el Hades; con su padre, al compartir con él sus vivencias; con su hijo, al guiarlo; con sus compañeros, al permanecer siempre a su lado; con la divinidad, al aceptar su gracia y respetarla; y con su esposa, mediante una lealtad inquebrantable.
Homero exalta lo sobrenatural y convierte el mito en una representación de la realidad. Ilumina, mediante la verdad sobre la naturaleza humana, el sentido mismo de la vida.
