¿Te has preguntado por qué el olor de la tierra mojada por la lluvia te llena de nostalgia, o por qué sientes ansiedad o nervios antes de exponer un asunto ante un grupo de personas? En la vida cotidiana asumimos con frecuencia que nuestras emociones y nuestras ideas van por caminos separados.

A veces, para la toma de una decisión escuchamos a una persona decir “menos corazón y más razón” o “te ganó la víscera (impulsos)”. No obstante, si observamos con detenimiento cómo vivimos el día a día, nos daremos cuenta de que no somos como la inteligencia artificial, fría que solo procesan datos, ni espíritus puros desconectados de la realidad material.

Desde la Antigüedad y en la Edad Media, filósofos como Aristóteles y Tomás de Aquino comprendieron que nada llega a la inteligencia sin haber pasado primero por los sentidos. Para explicar esa frontera justa donde las percepciones de la vista, el oído o el tacto se conectan con el pensamiento abstracto y los afectos, la filosofía clásica identificó un sentido interno al que denominó la “cogitativa”.

¿Qué es la cogitativa y cómo funciona en nuestra experiencia diaria? En términos campechanos, podemos imaginarla como una facultad, es decir, la posibilidad de que tenemos de evaluar situaciones concretas de nuestro entorno.

La cogitativa no se limita a registrar imágenes o sonidos, como lo hacen la imaginación y la memoria. Si no que analiza lo que estamos experimentando aquí y ahora, y le asigna de inmediato un valor práctico y afectivo: “esto es peligroso”, “esto es conveniente”, “aquello me trae un recuerdo triste.”.

Se trata de una especie de razonamiento de lo particular que conecta nuestras sensaciones corporales con nuestra inteligencia. Gracias a ella reconocemos el peligro real de la electricidad porque, tal vez en algún momento de nuestra infancia, recibimos descargas eléctricas; por ello, nos alejamos de ella con prudencia.

Durante décadas, la psicología moderna pareció olvidar este concepto clásico: sentido interno o facultad. No obstante, en años recientes, los avances de las neurociencias y de las terapias cognitivas han vuelto a tropezar con este mismo fenómeno, aunque utilizando términos diferentes. Esta facultad es conocida hoy en la psicología moderna como: un sistema biológico y psicológico de supervivencia o a decir de Lazarus: sistema de evaluación cognitiva[2].

Cuando debemos elegir un camino, con el cerebro revivimos sensaciones físicas de experiencias pasadas para orientarnos. Del mismo modo, la psicología cognitiva actual reconoce que los pensamientos, las vivencias anteriores y las emociones se entrelazan constantemente para dar sentido a lo que nos ocurre.

Aunque las investigaciones neurocientíficas contemporáneas aportan datos interesantes sobre el cerebro, con frecuencia corren el riesgo de caer en un reduccionismo: afirman que el ser humano es simplemente un organismo biológico o un conjunto de reacciones químicas. Frente a esta postura, la perspectiva filosófica del hilemorfismo nos recuerda que la persona humana es una combinación armoniosa de cuerpo y alma. El cerebro no piensa ni siente por sí solo de forma aislada; es la persona entera la que conoce, ama, siente y decide.

La cogitativa nos ayuda a comprender con mayor claridad nuestros temores, hábitos y reacciones sentimentales. En la cotidianeidad, entender cómo nuestras experiencias del pasado influyen en el modo en que juzgamos el presente es el primer paso para sanar heridas emocionales, educar con mayor empatía y tomar decisiones más equilibradas.

Lejos de ser una teoría olvidada, la cogitativa nos demuestra que la auténtica sabiduría consiste en unir la sensibilidad de nuestro cuerpo con la luz de nuestra razón.

Reflexión tomada de: Abud, J. (2025). La vigencia de la cogitativa en la llamada nueva ciencia de la mente. Entre el hilemorfismo y las neurociencias. Cuadernos de Psicología Integral de la Persona.

[2] Lazarus, R. S., & Folkman, S. (1986). Estrés y procesos cognitivos. Martínez Roca. (Obra original publicada en 1984).