
México tiene una deuda científica que no suele mencionarse en los debates nacionales: la ausencia de investigación genética y bioarqueológica en Paquimé, uno de los sitios más complejos y enigmáticos del norte prehispánico. No es un problema técnico ni presupuestal. Es un síntoma de algo más profundo: la incapacidad del país para mirar hacia el norte como territorio civilizatorio, no solo como frontera.
Paquimé —Patrimonio Mundial desde 1998— fue un centro urbano sofisticado, articulador de rutas comerciales que conectaban Mesoamérica con el Suroeste de Estados Unidos. Su arquitectura monumental, su sistema hidráulico, sus talleres especializados y sus aviarios de guacamayas la convierten en un caso único en el continente. Sin embargo, más de medio siglo después de las excavaciones de Charles Di Peso, seguimos sin saber quiénes fueron sus habitantes.
Lo digo con la memoria institucional de quien fue jefe del Departamento de Programación, Organización y Métodos del INAH durante la administración de Guillermo Bonfil Batalla, y con la convicción de que la arqueología es también política pública. La ciencia que un país decide hacer —y la que decide no hacer— revela su proyecto de nación.
El vacío inexplicable. Paquimé tiene restos humanos. Están registrados. Están resguardados. Están disponibles. Pero no hay, entre otros temas: 1. Estudios de ADN antiguo; 2. Análisis isotópicos; 3. Reconstrucciones de dieta; 4. Movilidad demográfica; 5. Investigaciones sobre parentesco, salud o estratificación social.
En términos estrictos, no conocemos la biografía biológica de la ciudad. Tenemos la arquitectura, pero no a las personas. Tenemos el cascarón, pero no la historia humana que lo habitó.
Las razones detrás del abandono. Las explicaciones son conocidas, pero insuficientes:1. Restricciones institucionales para estudios presuntamente destructivos.; 2. Falta de infraestructura científica dedicada a Oasisamérica; 3. Financiamiento concentrado en Mesoamérica; 3. Colecciones dispersas desde los años sesenta.
El resultado es un vacío que no se justifica en un país con capacidad técnica y humana para hacer investigación de frontera.
Lo que podríamos saber y no sabemos. La genética y la bioarqueología podrían responder preguntas básicas que llevan décadas sin resolverse: 1. ¿Paquimé fue un desarrollo local (puro) Mogollón o un centro multiétnico? 2. ¿Hubo migraciones desde Mesoamérica o desde el Suroeste? 3. ¿Existieron élites diferenciadas? 4. ¿El colapso fue ambiental, político o violento? ¿O combinado? 5. ¿Cómo se articulaban las redes de intercambio territorial?
Estas preguntas no son caprichos académicos. Son claves para entender la historia profunda del norte de México, una región sistemáticamente subrepresentada en la narrativa nacional.
El costo de no investigar. Cuando un país no estudia su propio pasado, pierde más que información: pierde capacidad de imaginarse a sí mismo. Paquimé podría ser un referente internacional para investigar: 1. Urbanismo en zonas árida; 2. Manejo preindustrial del agua; 3. Comercio interregional; 4. Interacción cultural norte–sur; 5. Domesticación simbólica de fauna; 6. Procesos productivos avanzados.
Pero sin bioarqueología, la ciudad queda reducida a un sitio monumental sin rostro humano. Un patrimonio administrado, pero no comprendido.
Un llamado a la política científica. México necesita un proyecto nacional de investigación con enfoques genético y bioarqueológico en Paquimé que incluya: 1. Laboratorios especializados; 2. Colaboración internacional; 3. Acceso a colecciones históricas; 4. Financiamiento sostenido; 5. Una visión de Estado que reconozca que el norte también es civilización.
No se trata de un capricho regional. Se trata de corregir una omisión histórica y de asumir que la diversidad cultural de México no termina en Mesoamérica. Paquimé no está abandonada por falta de importancia. Está abandonada por falta de decisión. Y esa falta de decisión es un problema nacional que los chihuahuenses debemos pugnar por subsanar.