
Lo siguiente tal vez sea una historia más de un día en el trabajo, en la familia o en la escuela, etcétera: era una tarde de primavera, cuando hasta el alma se encuentra en flor; Juan hablaba sobre justicia, entonces Pedro atacó su persona: "¿Tú hablar de justicia? ¡si eres bien egoísta!", Juan lo enfrentó, Pedro hábil con la lengua en un tres por dos convenció a otros que "Juan creaba problemas", y se lo creyeron.
Pedro aprovechó el revuelo de esa idea falsa que plantó en sus “amigos” como verdadera, aunque inventada. De este modo usó manipulación, proyección y mil caras para evadir su responsabilidad. Las personas que usan lo que en lógica se conoce como “falacia ad hominem”, muchas veces lo hacen para ocultar su hipocresía, poca valía y miedos al verse o sentirse menos frente a otros, o por vicio moral, es decir, falta de prudencia o cobardía, temor a no querer enfrentar la verdad.
Desde la antigüedad, los filósofos se preguntaron: ¿qué pasa por dentro de alguien que actúa así? La respuesta es más sencilla de lo que parece. Esta persona simplemente tiene un desorden interior que se llama soberbia, el tipo que no le permite admitir sus errores, cree ser "mucho más de lo que es" y, cosa rara, tiene tanto miedo a verse pequeña que ataca a los demás primero; crea un chisme aquí, una murmuración allá, un rumor acá, y así.
Bueno pues Pedro en su argumento empleó lo que se conoce como “falacia ad hominem”; es cuando, en lugar de refutar el argumento de alguien, atacas a la persona: en lugar de decir: "tu argumento está mal porque...", dices "tú eres malo, por tanto, argumento no es válido". Por ejemplo, si alguien dice "debemos ponernos a estudiar o trabajar" y le respondes "tú no estudias y menos trabajas, así que ni hables", incurres en falacia, esto es común observarlo las personas.
Puedes identificar desde los argumentos a una persona así cuando, en lugar de refutar las ideas de quien habla y a quien ataca, intenta desacreditarla al centrar sus comentarios en los “defectos” de la persona y no en sus argumentos; dicho de otro modo, su atención se desplaza del contenido de la discusión hacia defectos, o cualidades de quien expone, o bien si hablamos de “política” diríamos del adversario.
Desde un punto de vista ético, podríamos describir a una persona así como alguien que evita debatir las ideas de un modo honesto, prefiere atacar a las personas cuando carece de argumentos; busca respaldo en terceros, o peor como luego decimos, los avienta por delante para compensar sus inseguridades o debilidades argumentativas; eso sí, deja un embarradero de gente, ¡que qué bárbara!, en fin, todo con tal de desacreditar al oponente antes que examinar críticamente su propia postura.
Un comportamiento así, según el contexto en el que se desarrolle puede referirse con los siguientes términos: difamador, si con los argumentos busca dañar la reputación de otros; manipulador, porque avienta a otras personas por delante, para el logro de sus fines. ¡Híjole! cobarde moral o intelectual cuando evita defender personalmente sus afirmaciones. Intrigante porque con su actuar genera conflictos mediante y entre terceros, hay más, pero con lo descrito es suficiente.
¡Total!, es una persona que, ante la insuficiencia de sus argumentos o la dificultad para afrontar directamente un conflicto, recurre al ataque personal y a la movilización de terceros, sustituyendo el diálogo racional y la responsabilidad personal por la descalificación y la manipulación.
¿Qué hacer con una persona mil máscaras?, identifica con claridad la falacia y señalar el error en el razonamiento sin atacar a la persona, redirige la conversación hacia los hechos, los argumentos relevantes de la discusión o tema.
Explica por qué ese tipo de razonamiento puede hacer inútil la discusión o plática y dificulta llegar a la verdad. Fomenta una actitud de honestidad, invitando a corregir argumentos cuando así se requiera. Ya lo sabes, podemos elegir la verdad sobre el ataque, la prudencia sobre la cobardía, y construir conversaciones auténticas y fructíferas.