“Por 90 minutos, un pueblo olvida sus penas y sonríe”.
México llega al Mundial bajo el estigma de dos realidades. La primera es la de la fantasía, donde la fiesta pambolera derriba muros y une naciones al ritmo del balón. La otra es la del México ensangrentado, herido por el narcotráfico y por la sombra de las decenas de miles de desaparecidos. Una nación sometida por la narcocracia, donde el gobierno pacta con el crimen y castiga a quienes se atreven a alzar la voz.
Desde la llegada de Morena a Palacio Nacional se sabía que organizaríamos la justa deportiva más grande del planeta. Tuvieron años para preparar al país y, sin embargo, llegamos reprobados: los estadios presentan retrasos, las vialidades continúan en construcción y el transporte público colapsa. Según expertos, el sello característico de la Cuarta Transformación ha marcado el proyecto, que ha navegado entre la improvisación y la falta de planeación. A días del arranque, cuando presumiblemente más de mil millones de personas verán la inauguración, México enfrenta una realidad incómoda: de acuerdo con especialistas, las tres ciudades anfitrionas del país —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— están lejos de cumplir con los estándares premium que históricamente han distinguido a las sedes mundialistas más exitosas. Lo que durante años fue presentado como una oportunidad histórica para proyectar al país ante el mundo hoy se ha convertido en una fuente de críticas, cuestionamientos y burlas en redes sociales. Diversas federaciones han expresado su preocupación por los prolongados tiempos de traslado y las complicaciones operativas para asistir a entrenamientos y encuentros. El caso de Uruguay sirve de ejemplo: aunque el equipo eligió instalarse en Playa del Carmen, deberá recorrer más de 60 kilómetros hacia el Aeropuerto de Cancún para cada partido. Esto demuestra que la logística rápida y sencilla sólo existe en el papel. La seguridad también genera dudas. Diferentes hoteles designados para las selecciones internacionales no ofrecen las condiciones necesarias para protegerlas del acoso de aficionados, curiosos y periodistas. En un torneo de este nivel, la privacidad y el control de acceso son requisitos básicos, no caprichos opcionales. Además, la mala calidad de las obras en la Ciudad de México obedece a fallas en el diseño, falta de supervisión y mantenimiento deficiente. Esto ha provocado graves accidentes, cierres constantes y daños estructurales en puntos clave, como el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y la red del Metro. Sumado a ello, la falta de mantenimiento profundo al sistema de agua y drenaje, la escasa inversión en infraestructura y la ausencia de planeación urbana provocan que la Ciudad de México colapse durante la temporada de lluvias. Para rematar, la capital se paraliza constantemente por manifestaciones y por la “ajolotización”. Así son los dos Méxicos. Resulta indispensable una bocanada de aire fresco, una celebración de unidad que nos permita evadir, aunque sea brevemente, esta dolorosa realidad. Nos enfrentamos a un país marcado por la indiferencia gubernamental, que genera pobreza, marginación y violencia extrema en cada rincón. Vivimos una crisis profunda: aumentan los suicidios y las adicciones; el campo agoniza y carecemos de servicios de salud eficientes. Además, lidiamos con una educación deficiente, una diplomacia conflictiva y una pérdida de prestigio internacional. Todo esto ocurre en un entorno donde prevalecen la impunidad, la corrupción, el clientelismo electoral y los vínculos con el crimen organizado. Por el bien de México, que gane nuestra selección, porque “por 90 minutos, un pueblo olvida sus penas y sonríe”. Sumemos Voces.
