La chihuahuenidad, árbol de mi vida, es la historia de una fascinación, el testimonio de la tribu con la que he galopado la mayor parte de mi vida. La chihuahuenidad es la biografía de un país bárbaro (como llamó Fernando Jordán al estado de Chihuahua), que comencé a escribir en la intensa década de los años 80 del siglo XX, hundiéndome en las raíces de su historia e interesándome, al mismo tiempo, en el ramaje espinoso de su presente globalizado, para desde ahí gorjear algunas cábalas y vaticinios al vuelo de esquivos pájaros.

La chihuahuenidad comenzó a ser narrada desde el río de los acontecimientos de 1986, cuando cada uno de los chihuahuenses se convertía —voluntariamente o no— en protagonista, espectador, analista, testigo, en fin, de una etapa prodigiosa y singular. La exuberancia de las diversas manifestaciones sociales (económicas, políticas, religiosas y culturales) significó, por lo menos, un retorno al asombro, un entrenamiento en el arte de desfacer entuertos y un despliegue de las capacidades chihuahuenses para propiciar el diseño de una sociedad distinta. En ese tiempo los sueños se desbocaban y se hablaba de “chihuahuenizar” al país.

A principios de 1987 regresé a Chihuahua, después de siete años de haber vivido en la Ciudad de México y de haber trabajado algunos meses en la sierra de Oaxaca. En esos años pude constatar, deslumbrado, la existencia de varios Méxicos que emergían desde lo profundo como un prodigioso árbol de flores diversas.

A mi retorno, Chihuahua era otro. O el mismo de siempre, pero con los rasgos de carácter más pulidos en las turbulencias de una nueva y vigorosa etapa de regionalismo. Yo también era otro: el mismo, pero distinto. Todavía perplejo y conmovido, inicié una columna periodística semanal bajo el título general de “Chihuahuenidad”, término que acuñé para dar fe y reflexionar sobre el escurridizo tema de la identidad regional.

Durante mi estancia defeña me había integrado a un grupo de estudio interesado en las identidades mexicanas y, entre otros libros, polemizamos sobre “México en la cultura”, de Samuel Ramos, y “El laberinto de la soledad”, de Octavio Paz, obras emblemáticas de la mexicanidad; más tarde, sobre “La jaula de la melancolía”, de Roger Bartra, un metaensayo cuyo objeto de estudio son las construcciones sobre “el carácter nacional” generadas desde el poder político para crear un sujeto tan imaginario como manipulable. Bartra propone una metáfora como modelo de sus exploraciones: el axolote, un invento para generar interpretaciones.

La pugna de las ciencias persiste; su búsqueda de verdad y legitimidad en las interpretaciones del mundo y sus múltiples fenómenos provoca que unas y otras combatan entre sí sus modelos teóricos y métodos. En estos tiempos ya no se explican los modos del ser mexicano o chihuahuense mediante la literatura, la psicología y la filosofía; hoy, la antropología y la historia destruyen con mazos y espadas los perfiles del hombre, revelan las claves de los intrincados laberintos solitarios y convierten las motivaciones personales e inconscientes en simples resultados de procesos históricos y sociales.

Se desvanece así la magia de cristalizar al mexicano con una breve descripción y unos cuantos adjetivos, un trauma, algunas imágenes o dos o tres canciones. Y, sin embargo, la demoledora antropología y la historia explican, pero no logran, al final de cuentas, definir ni aproximarse del todo a las caracterologías que, indudablemente, se observan en ciertos grupos humanos.

Es incuestionable que los chihuahuenses son diversos y que algunos grupos suelen compartir muy pocas historias, rasgos o procesos sociales; pero también resulta inobjetable que, en conjunto, existen una serie de características y comportamientos chihuahuenses distintos de los que, a vuelo de pájaro, se observan en los yucatecos.

La única certeza es que la realidad es inasible, mucho más aquella que ocurrió en siglos pasados; es como describir la imagen del agua en el río, rizada por el viento de junio, en un día lejano que el corazón recuerda porque entrelazó su mano con la de su amada. En otras palabras, si se desea una explicación más o menos verosímil sobre el asunto de las identidades, es indispensable contar con la mayor información posible sobre el objeto a explorar y, después, atreverse a poner el otro pie en el resbaladizo territorio de las conjeturas, las especulaciones, la literatura y la magia.

Durante mi residencia en el Distrito Federal, a mis compañeros —casi todos del centro del país— les parecía natural que Samuel Ramos tomara como modelo de sus teorías de identidad al “peladito” mexicano y a su antípoda, el catrín; ni por asomo se les ocurría pensar en la existencia de otros tipos de mexicanos. Les parecía incontrovertible aquello que a mí me sorprendía. Pelado y catrín poseían muy poco en común con el ranchero norteño o con los indígenas de tierras ásperas y áridas.

(Continuará)