¿Debemos tener un teléfono celular
para que nos otorguen
servicios públicos o privados?
Se habla mucho de la grave epidemia de ansiedad y depresión que remite a la crisis de la salud mental en todo el mundo. Con ansiolíticos se pretenden atajar los síntomas para tratar de adormecer el espíritu inquieto que no logra la paz y serenidad, que transita sin brújula y sin sentido por la vida buscando escapar de este mundo.
A base de Prozac, Benzodiacepinas, Alprazolam (Tafil), Lorazepam (Orfidal) o Clonazepam (Rivotril) han provocado nuevas dependencias y la presunta solución se convierte en el problema. De la búsqueda de la salud mental nos brincamos a la adicción.
Pero la causa recibe poca atención y nosotros mismos nos rehusamos. Nos hemos ido encadenando a una adicción y dependencia tecnológica que nos ha lanzado a más depresión y soledad, sin la mínima posibilidad de estar con nosotros mismos, aunque sea a ratos.
Estamos en la época de los derechos, desde el derecho a nacer, a la vida, a la privacidad, a la educación y la salud, a la vivienda y al descanso. A muchos derechos, pero lo que está cancelado es el derecho a la desconexión digital.
El gran negocio de las gigantescas empresas telefónicas y del servicio de internet con redes sociales y de aplicaciones son las beneficiadas al mantener una política de obligación a estar conectados o de lo contrario no podemos recibir servicios.
El primer caso se da en algunas empresas aéreas que solo si y únicamente si, puede abordar el avión si trae su boleto electrónico o sea en el teléfono celular. Esto implica la obligación de contar con un aparato telefónico, de preferencia inteligente, luego bajar la aplicación de la aerolínea y ahí registrarse para que le emitan su pase de abordar.
¿Qué pasa si una persona decide no traer celular porque no quiere, porque quiere desconectarse o simplemente desea desintoxicarse digitalmente?
Si alguien dice no tengo o no quiero traer teléfono celular ¿le negarán el servicio? ¿Es obligatorio usar un aparato para que nos otorguen un servicio por el cual estamos pagando? Si hay derechos para todo, hasta de fumar marihuana, abortar o casarse personas del mismo sexo ¿menos al derecho de desconectarnos?
No se discute ni se pone en tela de duda las facilidades que proporcionan ahora el uso de la tecnología digital. Han resultado cómodas y prácticas muchas aplicaciones, pero el problema es que las han hecho casi obligatorias y extremadamente condicionantes.
Ya casi todos los servicios bancarios están robotizados, sustituyendo a los amables ejecutivos o la atenta cajera de las sucursales bancarias. Para ahorrar personal los bancos remiten y casi exigen que se baje la aplicación de banca móvil para ahí hacer cualquier operación uno mismo. Y cada vez se reduce más la atención personalizada que caracterizaba cualquier empleado de sucursal bancaria.
El aspecto humano ha pasado a ser una fría aplicación y para cualquier duda o consulta se marca a un número telefónico donde no se puede hablar con un ser humano, sino van canalizando con robot la petición de auxilio. Aunque le llaman elegantemente banca móvil es banca robotizada con la idea de crear la percepción que casi tiene el banco en su teléfono celular o en su casa, sin necesidad de trasladarse a la institución bancaria.
No se trata de ir contra la modernidad, sino de mantener los derechos y libertad de decidir y que esos servicios sean voluntarios y no condicionantes.
Por ejemplo, hay personas que han decidido desconectarse digitalmente los fines de semana por salud mental y descanso real de relajamiento, pero si tienen que hacer una operación o función atenta contra su decisión y voluntad el utilizar un teléfono celular.
Se supone que en México existe el derecho a la desconexión digital, pero solo por cuestión laboral que permite abstenerse de participar en cualquier tipo de comunicación, llamada, mensaje o correo electrónico con el centro de trabajo una vez terminada la jornada laboral, asi como durante vacaciones, días de descanso o permisos.
El principio de ese derecho es por salud mental y derecho a la intimidad, pero independientemente de la situación laboral, debemos pugnar por el derecho a desconectarnos por decisión propia, por conexión con uno mismo y por desintoxicación digital.
No confundir con la llamada brecha digital que consiste en las clases o sectores que no están enchufados a ese mundo de internet y los enchufados que viven en exceso de tecnología. Aquí nos referimos a los que por obligación están conectados y se les impide desconectarse.
Se trata de una desconexión como un derecho y sobre todo, una liberación de una tiranía tecnológica que nos obliga a estar atados en todas las actividades, bajo el encanto de que ahora todo es más fácil y rápido.
Pero ¿acaso no tengo el derecho a desconectarme cuando quiera? ¿a quién afecto o hago daño si quiero recuperar la salud mental, de recuperar la serenidad, de buscar la paz consigo mismo y con los demás, sin necesidad de tanto ruido tecnológico?
En aras de la era de los derechos -que todos reclaman y logran derechos, menos deberes- hasta cuando se pide derecho para morirse, para los animales, cambiar de sexo, a salud mental, a ponerse otro nombre, mutar de género y cambiar de compañía celular, pero nada de desconectarnos, de aspirar a liberarse de la tiranía digital, porque entonces nos niegan servicios.
