Hay fenómenos que ningún estratega político ha logrado descifrar, por más encuestas, asesores, campañas millonarias y discursos cuidadosamente diseñados que pongan en marcha. Hay emociones colectivas que no responden a ideologías, colores partidistas ni promesas electorales.
Hay algo que, para bien o para mal, consigue lo que la política mexicana lleva décadas intentando sin éxito: poner de acuerdo a millones de personas al mismo tiempo. Ese algo es un balón.
Y cada vez que llega un Mundial de Futbol, México vuelve a recordarlo. No importa si la Selección Nacional llega como favorita o como eterna aspirante. No importa si los expertos pronostican una eliminación temprana o si las estadísticas son poco alentadoras.
Tampoco importa que la afición haya pasado años enteros criticando directivos, entrenadores y jugadores. Cuando comienza un Mundial, ocurre una especie de tregua nacional que no aparece en ningún artículo constitucional, pero que todos entienden perfectamente.
La política deja de ser el tema principal. El futbol toma el control. El partido inaugural de México contra Sudáfrica fue una muestra extraordinaria de ese fenómeno. La tarde del jueves pasado, el país entero pareció detenerse. Las oficinas quedaron semivacías. Las escuelas encontraron pretextos pedagógicos para encender televisores.
Los comercios colocaron pantallas improvisadas. Las calles lucieron extrañamente tranquilas. Por noventa minutos, millones de mexicanos compartimos una misma conversación, una misma esperanza y una misma emoción.
Pocos acontecimientos logran semejante nivel de convocatoria. Los políticos lo saben. Y quizá por eso lo envidian. Porque ningún informe de gobierno, ninguna gira nacional, ningún debate legislativo y ninguna conferencia mañanera o vespertina ha conseguido reunir a tantos mexicanos bajo una misma emoción colectiva.
Un gol sí. Una atajada sí. Un balón cruzando el área sí. Resulta curioso que la Selección Mexicana, tan criticada por sus limitaciones deportivas, posea una capacidad de unión que ninguna institución pública ha logrado construir. Es una paradoja profundamente mexicana. El equipo puede no ser campeón del mundo. Puede acumular frustraciones históricas. Puede quedarse una y otra vez a medio camino. Sin embargo, sigue siendo capaz de generar algo invaluable: esperanza.
Y la esperanza es una fuerza extraordinariamente poderosa. Los mexicanos vivimos rodeados de noticias difíciles. Escuchamos diariamente sobre inseguridad, corrupción, divisiones políticas, crisis económicas, problemas sociales y desencuentros permanentes entre grupos que parecen incapaces de escucharse entre sí.
Sin embargo, aparece un Mundial y de pronto millones de personas vuelven a creer. Creen que esta vez sí. Creen que el siguiente partido será diferente. Creen que la historia puede cambiar.
La política suele administrar la realidad. El futbol administra los sueños. Y los sueños suelen ser más atractivos. Por eso los mundiales tienen una dimensión que va mucho más allá del deporte. Son grandes rituales colectivos donde los países se observan a sí mismos.
Cuando juega México, desaparecen por un momento las diferencias de clase. El empresario y el obrero gritan el mismo gol. El profesionista y el comerciante usan la misma camiseta. El norte y el sur comparten el mismo nerviosismo. Los jóvenes y los viejos discuten la misma alineación. La política suele dividir esos mundos. El futbol los conecta.
Quizá por eso ningún político podrá competir jamás contra un balón. Porque el poder busca adhesiones; el futbol provoca emociones. Porque los gobiernos piden confianza; la afición entrega fe. Porque los discursos intentan convencer; un partido logra entusiasmar.
Y porque, al final de cuentas, los mexicanos podemos discrepar sobre prácticamente todo, excepto sobre ese instante mágico en el que la pelota se acerca al área rival y millones contienen la respiración al mismo tiempo.
Ahora que México vuelve a vivir la emoción mundialista, conviene observar algo que va más allá de los resultados deportivos. Más importante que los puntos, las estadísticas o las posiciones en la tabla, es esa capacidad casi milagrosa de reunir a una nación que habitualmente camina fragmentada.
Tal vez nuestra selección no gane el campeonato. Tal vez la historia vuelva a recordarnos nuestras limitaciones futbolísticas. Pero mientras exista un balón rodando sobre la cancha y once mexicanos vistiendo la camiseta nacional, seguirá existiendo esa ilusión colectiva que ninguna campaña electoral ha conseguido fabricar.
Dos a 0, México-Sudáfrica, es esa esperanza y ese sueño que la política no podrá jamas despertar. El próximo jueves 18, México juega contra Corea del Sur. Y le aseguro que volveremos a paralizar todo, porque el sueño de ver ganar a nuestro equipo es una esperanza intensa. Al tiempo.
