110 días es lo que tardó Estados Unidos en descubrir que, ni siendo la mayor potencia militar del planeta, puede comprar automáticamente una victoria política. El Memorándum de Entendimiento que firmó ayer con Irán no es un armisticio sino la constancia evidente de su fracaso.

En las guerras del siglo XXI ya no gana quien ocupa territorio sino quien controla el relato. Y en ese terreno, Irán arrasó. Mientras los representantes de Donald Trump discuten en Ginebra los aspectos técnicos del inventario de uranio enriquecido iraní, en las calles de Teherán, Beirut, Bagdad y buena parte del Medio Oriente la lectura es muy simple: la superpotencia atacó, bombardeó durante casi cuatro meses y no logró doblegar a los ayatolas. Sobrevivir, en ese marco narrativo, es ganar. Y un régimen cercado que sobrevive a una guerra no provocada por él se convierte en David frente al Goliat de América del Norte.

Los números cuentan la historia que EEUU preferiría ocultar. Tres meses y medio de bombardeos, miles de millones de dólares gastados en una operación que ni siquiera produjo el cambio de régimen que Trump anunció como uno de sus objetivos al inicio de la guerra. Un bloqueo naval en el Estrecho de Ormuz, arteria por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, tuvo que levantarse para que Irán volviera a vender su crudo. Y, para rematar, un fondo de reconstrucción de 300,000 millones de dólares que EEUU coauspiciará para el mismo país que bombardeó.

¿Para esto fue la guerra? La pregunta resuena en el Congreso estadounidense con la fuerza de otra bomba. Trump y sus funcionarios vendieron la operación como una intervención quirúrgica, breve y necesaria. Casi cuatro meses después, enfrentan el reproche de haber arrastrado al país a una guerra de capricho que termina en un empate técnico con sabor a derrota.

El Departamento del Tesoro tuvo que otorgar exenciones inmediatas para que Irán venda su petróleo en los mercados internacionales. Eso no es diplomacia exitosa. Es una rendición administrativa disfrazada de acuerdo multilateral, firmada con la urgencia de quien necesita bajar el costo político antes de que los mercados y los votantes le cobren la factura.

Los defensores de la guerra argumentarán, con razón técnica, que EEUU congeló el programa nuclear iraní y que conserva el mecanismo de reactivación de sanciones acordado en Ginebra. Es cierto en el papel, pero la política real no se mide en cláusulas técnicas sino en titulares, y el titular que circula en Teherán, Moscú, Pekín y buena parte del mundo es solo uno: EEUU atacó a una potencia regional cercada económicamente y no pudo someterla.

Irán sale con su infraestructura energética golpeada, pero con su narrativa de resistencia intacta y fortalecida. Estados Unidos sale con su prestigio estratégico erosionado, una factura multimillonaria y un mensaje involuntario para sus adversarios que dice que se puede resistir al poderío militar estadounidense si se aguanta el tiempo suficiente.

La lección para EEUU es elemental. La superioridad militar sin un objetivo político claro no produce victorias, produce empates costosos que se disfrazan de acuerdos o memorandos de entendimiento. Bombardear sin ganar es, en el tribunal de la opinión pública global, simplemente perder.

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