Bogotá, Colombia.- Apurados nos bajamos del taxi que nos dejó a unas cuadras de la Plaza de Bolívar, la cual se encontraba con vallas que impedían el acceso de los vehículos por todos sus costados. ¿El motivo? El evento solemne de inicio de las votaciones presidenciales. Eran las siete de la mañana, justo a la hora que nos citaron para hacernos entrega de nuestras acreditaciones para asistir al mencionado evento.

Una vez que pasamos las vallas y los filtros de seguridad, nos encontramos en el mero centro de la plaza más importante de todo Colombia: la rodean los edificios sede del Congreso Nacional, el Palacio de Justicia, la Alcaldía Mayor de Bogotá y la Catedral Primada. A espaldas del congreso colombiano se encuentra la Casa de Nariño, sede y residencia del presidente colombiano Gustavo Petro.

La llovizna bogotana, por lo general, acaricia a sus visitantes desde las alturas, esa mañana estaba ausente; los tonos dorados del amanecer, pintaban la escena electoral. Ni el generoso sol calentaba ese silencio de hielo que separaba a los dos hombres sentados en primera fila.

A la izquierda, el mandatario colombiano Gustavo Petro mantenía la mirada fija en el horizonte de más de mil observadores electorales presentes de todas las nacionalidades que le devolvíamos la mirada. Su rostro, tenso, parecía procesar variables ocultas, algoritmos invisibles y conspiraciones de pasillo. A su lado, el alcalde bogotano Carlos Fernando Galán permanecía rígido, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en la muchedumbre. No se miraban y Petro, quien llegó tarde, no saludó al alcalde Galán. Las tensiones entre ambos son públicas. La plaza entera era el tablero de un juego de ajedrez cuya primera jugada estaba a punto de cantarse.

Inició la solemnidad, Galán subió al atril con el peso de quien sabe que custodia las llaves de una fortaleza sitiada. El micrófono amplificó su voz, limpia y cortante, resonando contra las paredes del Palacio de Justicia.

—Bogotá está blindada —dijo el alcalde, clavando las palabras en el aire—. Doce mil hombres garantizan que el destino de esta democracia se decida en paz. No permitiremos alteraciones, ni aceptaremos que se cuestione la legitimidad de un sistema que nos ha costado décadas construir.

Era una advertencia sutil, un disparo directo a la línea de flotación de la narrativa presidencial. Galán no solo hablaba de seguridad; estaba defendiendo el software, las urnas y la institucionalidad que el hombre a sus espaldas llevaba semanas minando. En el estrado, Petro ni pestañeó, pero sus dedos tamborilearon sobre sus rodillas, un código indescifrable que solo sus hombres de confianza sabían interpretar como el preludio de una tempestad. Ante una plaza rodeada de francotiradores y militares que custodiaban al polémico presidente.

Cuando Petro ocupó el atril, el aire pareció enrarecerse. Era el único que no vestía formal: una especia de sudadera y pantalones deportivos blancos. Miró a la concurrencia, al alcalde y rompió el protocolo de la solemnidad con la cadencia de sus discursos más duros.

—La democracia no son doce mil bayonetas cuidando urnas, ni la falsa calma de un software privado que nadie puede auditar —lanzó el mandatario, su voz resonando con un eco sombrío—. El verdadero peligro no está en las calles, alcalde. El verdadero peligro es el fraude silencioso que se cocina en los servidores tercerizados, desobedeciendo las órdenes de la justicia colombiana.

El rostro de Galán se transformó en una máscara de piedra. La tensión entre Galán y la Casa de Nariño, tantas veces contenida en despachos cerrados, se exhibía ahora a cielo abierto, cruda y desafiante, ante los ojos de los magistrados, los registradores, la prensa local e internacional y el millar de observadores electorales acreditados. Petro continuó, elevando la apuesta: exigió a los ciudadanos que cuidaran los votos "mesa por mesa", un llamado que la oposición leía como una orden de movilización y que el alcalde interpretaba como una bomba de tiempo lista para estallar a las cuatro de la tarde.

El acto protocolario terminó sin el estrechón de manos de rigor. El presidente caminó hacia la histórica Mesa Número 1 (que se ubica en las instalaciones del congreso colombiano) para depositar su voto; Galán lo siguió con la mirada. La primera vuelta presidencial acababa de ser inaugurada, pero el verdadero misterio no era quién pasaría a la segunda vuelta presidencial sino quién tendría más votos.

El candidato oficialista Iván Cepeda y el candidato de extrema derecha Abelardo de la Espriella daban por sentado que ambos ganarían en primera vuelta. Escenario al que nadie le daba solidez; era seguro que la fórmula de centro, Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo se habían desplomado y su carrera presidencial había terminado, incluso antes de que cayeran los votos en las urnas.

Caída la noche, De la Espriella esperaba los resultados en Barranquilla; Cepeda en el Hotel Tequendama del centro bogotano. Los números quedaron así: Abelardo de la Espriella 10,366,143 votos que son el 43.78% de la votación. El heredero de Petro, en un sorpresivo segundo lugar obtuvo 9,703,921 votos que representan 40.98% de la votación. La fórmula de centro, Paloma Valencia-Juan Daniel Oviedo obtuvo 1,611,174 votos que los dejaron lejos de la presidencia de Colombia, pero no fuera de la segunda vuelta.

Este domingo Colombia vuelve a las urnas para la decisión definitiva.

La derecha tradicional no dudó en unificar filas. Paloma Valencia, senadora y líder del Centro Democrático, alineó orgánicamente a sus bases favor de Abelardo de la Espriella.

El quiebre definitivo vino por los sectores independientes. Juan Daniel Oviedo, quien fuera la fórmula vicepresidencial de Valencia en un intento de capturar el voto técnico de centro, optó por desmarcarse. A través del manifiesto ¿Contra los derechos o contra la Constitución?, Oviedo se refugió en el voto en blanco.

Una postura casi idéntica asumió el célebre exalcalde de Medellín Sergio Fajardo. Tras cosechar un millón de sufragios (también exgobernador de Antioquia publicó su "Decálogo del millón de votos" para ratificar una estricta neutralidad programática.

Aunque las encuestas sitúan a Abelardo de la Espriella a la cabeza de las preferencias, la moneda sigue en el aire. La segunda vuelta presidencial en Colombia se ha convertido en un duelo de puestas en escena opuestas: el orden rupturista frente a la contención institucional.

Abelardo de la Espriella apuesta por una estética de alto impacto visual y transgresión protegida. Al dar sus discursos detrás de vidrios blindados y con chaleco antibalas, convirtió la seguridad en una narrativa viva.

Iván Cepeda asumió la estrategia del "antídoto" basado en la serenidad y el lenguaje técnico. Su mayor reto ha sido desmarcarse de la sombra de Gustavo Petro y calmar los temores institucionales.

ESPRESSO COMPOL

La elección se resume en una batalla de temores cruzados. El próximo presidente de Colombia no será quien tenga las mejores propuestas, sino el estratega que logre imponer su encuadre en los indecisos: el miedo al continuismo oficialista que explota De la Espriella, o el miedo al quiebre constitucional que agita Cepeda.