Si usted recuerda una infancia de finales de los ochenta, los noventa o principios de los dos mil, seguramente también recuerda algo que hoy parece extraño.
La televisión tenía horario. No importaba cuánto insistiera uno en quedarse despierto durante las vacaciones. Llegaba la medianoche y la programación terminaba. La pantalla se convertía en barras de colores, ruido o simplemente desaparecía. No había plataformas disponibles las veinticuatro horas. No existía el contenido infinito. Mucho menos algoritmos diseñados para impedir que nos levantáramos del sillón. Cuando se acababa la televisión, se acababa la televisión. Y entonces había que hacer algo. Las desveladas vacacionales consistían en organizar juegos de mesa, construir casitas con sábanas y cobijas, escuchar música en un discman, inventar concursos absurdos entre hermanos o contar historias de terror hasta que alguien terminara llorando y otro corriera a encender la luz. Si todavía quedaba tiempo y los papás daban permiso, salíamos a la calle. Bote volado, la traías, policías y ladrones, los encantados, las escondidas. Historias de miedo sentados en una banqueta bajo la luz amarillenta de un poste mercurial. Esperábamos las vacaciones para divertirnos. Y lo hacíamos con una intensidad que hoy parece difícil de explicar. No porque tuviéramos más cosas. Sino porque teníamos menos. Menos dispositivos. Menos pantallas. Menos opciones para entretenernos sin mover un músculo. Si querías divertirte, tenías que inventar. Y esa palabra es mucho más importante de lo que parece. Décadas después, la psicología del desarrollo descubrió que aquello que hacíamos por pura diversión estaba moldeando capacidades fundamentales para la vida adulta. Piaget explicó que los niños construyen conocimiento interactuando con el entorno. Vygotsky observó que el juego permite ensayar roles sociales, aprender reglas y desarrollar pensamiento complejo. Más recientemente, investigadores como Peter Gray han documentado cómo el juego libre fortalece la autonomía, la cooperación, la tolerancia a la frustración y la capacidad para resolver problemas. Hoy la situación es distinta. Los niños y adolescentes mexicanos viven en uno de los entornos digitales más conectados de la historia. La tecnología ha traído ventajas evidentes: acceso a información, comunicación inmediata, recursos educativos y nuevas formas de aprendizaje. Existe algo que ninguna aplicación puede ofrecer. ¡El aburrimiento!. Y aunque la palabra tiene mala fama, el aburrimiento cumple una función extraordinaria. Cuando un niño o adolescente se aburre comienza a buscar alternativas. Observa. Imagina. Construye. Experimenta. Crea reglas. Modifica juegos. Negocia con otros. Aprende a llenar el tiempo sin depender de que alguien más lo entretenga.La creatividad suele aparecer después del aburrimiento. Nunca antes.
Hoy observamos una paradoja interesante. Los niños tienen acceso a más entretenimiento que cualquier generación anterior, pero eso no necesariamente significa que tengan más experiencias. Existe una diferencia enorme entre consumir una aventura y vivir una. Observar una historia y construirla. Deslizar un dedo sobre una pantalla y recorrer una cuadra en bicicleta con los amigos. La evidencia científica es consistente. El juego al aire libre mejora la coordinación motriz, fortalece la salud física, reduce el estrés, favorece la convivencia social y desarrolla habilidades de liderazgo y negociación. También incrementa la capacidad para tomar decisiones y resolver conflictos sin la intervención constante de un adulto. En otras palabras: jugar prepara para vivir. Además de brindar la oportunidad para desarrollar habilidades que ningún dispositivo puede enseñar completamente. Porque la calle, cuando es segura, sigue siendo una enorme aula sin paredes. Ahí se aprende a esperar turnos, a perder, ganar, ponerse de acuerdo, resolver desacuerdos, a medir riesgos, a construir amistades. A descubrir quién se es cuando no existe una pantalla definiendo qué ver, qué pensar o qué hacer después. Quizá por eso la conversación que deberíamos tener este verano no es cuánto tiempo pasan los niños conectados. La pregunta verdaderamente importante es cuánto tiempo tienen para desconectarse. Porque nadie recuerda con cariño haber visto quinientos videos seguidos. En cambio, millones de adultos todavía sonríen cuando alguien menciona las escondidas, los encantados, el bote volado o aquellas historias de terror contadas bajo un poste de luz. La memoria también está intentando decirnos algo. Que la infancia no necesita más contenido. Necesita más experiencias. Y quizá la rudeza necesaria de este verano sea tan sencilla como incómoda: apagar una pantalla durante algunas horas, abrir la puerta de la casa y permitir que los niños vuelvan a descubrir algo que nuestra generación sabía perfectamente. Que las mejores aventuras nunca estuvieron dentro de un dispositivo. Siempre estuvieron afuera.Contacto: www.kcha.mx / @kcha / karla@kcha.mx
