Durante décadas, gobiernos, organismos internacionales y economistas repitieron una idea que parecía indiscutible: si aumenta la inversión, aumenta el crecimiento económico. Era un principio casi mecánico, tan arraigado que justificaba presupuestos, planes nacionales de desarrollo y discursos presidenciales. Pero hoy sabemos que esa relación ya no sirve para explicar ni para predecir nada. Y lo más grave: seguimos actuando como si fuera cierta.

La evidencia acumulada en los últimos años —series largas de datos, comparaciones internacionales, estudios de economistas como Robert Solow o Richard Lipsey— muestra que la inversión no es un motor automático del crecimiento. Su efecto varía entre países, entre periodos y según el nivel de desarrollo. En algunos casos impulsa la economía; en otros, apenas mueve la aguja. No hay una relación estable, universal ni predecible.

Esto plantea un problema profundo: los modelos que usábamos para anticipar el comportamiento de la economía ya no sirven.

El fin de una ilusión

La economía se enseñó durante décadas como si fuera una máquina: si se mueve una palanca (la inversión), se obtiene un resultado (el crecimiento). Pero la realidad es mucho más compleja. Las economías cambian de estructura, de tecnología, de instituciones, de reglas del juego. Las decisiones de millones de personas no siguen ecuaciones, y los parámetros que antes parecían constantes ahora se mueven como arena.

Por eso, los modelos econométricos que intentaban predecir el PIB a cinco o diez años se volvieron inútiles. Incluso los modelos más sofisticados —como los de equilibrio general que usaron bancos centrales hasta hace poco— fracasaron porque asumían algo imposible: que las relaciones entre variables permanecen estables en el tiempo. No permanecen. Nunca lo hicieron.

El espejismo de las simulaciones

Cuando los modelos tradicionales comenzaron a fallar, algunos economistas intentaron una vía distinta: simular la economía como un sistema dinámico, con retroalimentaciones y múltiples variables. Jay Forrester, pionero de la dinámica de sistemas, creyó que era posible capturar la complejidad económica mediante ecuaciones que imitaran el comportamiento de una industria o de un país.

Pero la realidad también desbordó ese esfuerzo. La economía no es un sistema físico ni un circuito industrial. Es un entramado de decisiones sociales, culturales, educativas, normativas, políticas y hasta nutricionales. Ningún modelo puede anticipar cómo cambian las aspiraciones de una generación, cómo se transforma una institución o cómo una crisis política altera las expectativas de millones de personas. La economía no solo cambia de estado: cambia de naturaleza.

La vieja tentación de controlar lo incontrolable

La historia ofrece ejemplos de esta ilusión. En la Hungría socialista, el economista János Kornai impulsó modelos de optimización matemática para planear la economía nacional. Confiaba en que el poder de las computadoras permitiría anticipar decisiones y asignar recursos mejor que el mercado. El experimento fracasó: la realidad se movía más rápido que los modelos, y las decisiones humanas escapaban a cualquier algoritmo.

Un economista que intuyó esta ruptura mucho antes de que se volviera evidente fue Lester Thurow. En Corrientes peligrosas, publicado hace más de cuarenta años, Thurow advertía que la economía estaba atrapada en modelos incapaces de explicar un mundo que cambiaba más rápido que sus ecuaciones. Señalaba que la disciplina confundía elegancia matemática con capacidad explicativa, y que ignoraba factores esenciales —educación, instituciones, cultura, poder político— porque no cabían en sus modelos. Su crítica era incómoda, pero certera: la economía no es una máquina, es un sistema social. Si el destino no hubiera truncado su vida, Thurow habría sido una de las voces más lúcidas en la crítica contemporánea a los modelos inversión‑crecimiento, junto a Solow y Lipsey. Su obra quedó como un recordatorio de que la realidad siempre es más grande que el modelo.

Si la inversión no explica el crecimiento, ¿qué lo explica?

La respuesta es incómoda porque no cabe en una fórmula. El crecimiento depende de una combinación cambiante de factores:

• instituciones que funcionan o no,

• educación y salud,

• cultura de innovación,

• estabilidad política,

• redes productivas,

• confianza social,

• tecnología,

• estructura industrial,

• calidad del Estado.

La inversión importa, pero solo como parte de un ecosistema más amplio. No es una palanca, es un componente.

Lo que sí podemos hacer

Si la economía no es predecible, ¿qué queda? Mucho, pero distinto:

• identificar vulnerabilidades,

• mapear interdependencias,

• construir escenarios,

• fortalecer instituciones,

• diseñar políticas adaptativas,

• aumentar la resiliencia del sistema.

La economía no es una máquina que se controla: es un sistema vivo que se gestiona.

Un cambio de mentalidad

El verdadero problema no es técnico, sino cultural. Seguimos esperando que la economía se comporte como un mecanismo simple, cuando en realidad es un organismo complejo. Mientras no abandonemos esa visión mecánica, seguiremos diseñando políticas públicas basadas en modelos rotos y expectativas irreales. Aceptar la complejidad no es renunciar al análisis: es empezar a entender la economía tal como es, no como quisiéramos que fuera.