Tomar una decisión financiera nunca es sencillo, requiere análisis, visión, capacidad de anticipar el futuro y una gran sensibilidad. De hecho, hay quienes sostenemos que una buena decisión financiera debe nacer en el corazón y después pasar por el cerebro; nunca al revés. Tampoco se puede prescindir de ninguno de los dos.
A lo largo de la historia se han registrado decisiones que hoy se recuerdan como auténticos desastres financieros. Está, por ejemplo, el caso de Ronald Wayne, quien en 1976 vendió el 10 % de las acciones de Apple por apenas 800 dólares, o el momento en que Blockbuster rechazó comprar Netflix por 50 millones de dólares, incluso podríamos remontarnos al siglo XVI, cuando España —entonces el imperio más poderoso del mundo— decidió dilapidar sus enormes cantidades de oro y plata en guerras, en lugar de construir una economía interna sólida. Claro, a toro pasado todos somos valientes y, con el periódico del lunes, todos somos expertos en fútbol, por eso hoy resulta sencillo calificar esas decisiones como absurdas, sin embargo, en su momento respondieron a circunstancias muy particulares y a escenarios difíciles de prever. Por otro lado, existen otras decisiones que habrían podido evitarse con algo mucho más simple: tener una calculadora a la mano. Ese parece ser el caso de la cancelación del aeropuerto de Texcoco. El proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de México tenía un costo estimado, en su etapa inicial, de $285,000 mdp, que sería financiado casi en su totalidad mediante bonos colocados en los mercados internacionales. La deuda y sus intereses se pagarían con los propios ingresos del aeropuerto (TUAS), sin representar una carga significativa para los contribuyentes. De haberse llevado a cabo, México habría contado con un aeropuerto de clase mundial, con 94 puertas de embarque directas y 42 remotas, capacidad suficiente para recibir, en una etapa inicial, hasta $68 millones de pasajeros al año. Más aún, el aeropuerto de Texcoco estaba pensado como el centro de un gran hub logístico ―comparable al de Estambul o Dubai― que detonaría miles de empleos directos e indirectos, beneficiaría al transporte, la logística, el turismo y a la actividad empresarial en general. El movimiento de mercancías sería más ágil y menos costoso, la zona tendría mayor acceso a servicios, y sí, también el paletero y el elotero del barrio habrían visto crecer su número de clientes potenciales. En pocas palabras: beneficios para prácticamente todos, con un costo mínimo para cada mexicano. Pero no fue así. La decisión final nació en el corazón, pero olvidó pasar por la racionalidad y el aeropuerto de Texcoco fue cancelado. La ASAF determinó que el costo de cancelación ascendió a $331,000 mdp, además de seguir pagando gran parte de los bonos con los TUAS generados por el AICM y a cambio solo obtuvimos toneladas de concreto enterradas en lo que alguna vez fue el lago de Texcoco, es decir, todos pagamos una parte de un aeropuerto que nunca se construyó. Después, con nuestros impuestos, se edificó un nuevo aeropuerto que aún no alcanza la ocupación proyectada de 20 millones de pasajeros y que tampoco ha resuelto el problema de saturación de las terminales 1 y 2 del AICM, en otras palabras: nos costó alrededor de $75,000 mdp y además seguimos financiando su operación, porque no es un proyecto autofinanciable. A esto hay que sumar un costo mucho más difícil de cuantificar: la pérdida de confianza de los inversionistas internacionales ante una decisión de esta naturaleza, lo cual se reflejó en la bolsa en octubre de 2018 y seguramente muchas inversiones nunca llegaron a México, no solo por la incertidumbre logística, sino por el temor a que decisiones similares pudieran repetirse. El resultado es contundente: $331,000 mdp + $75,000 mdp + costos de operación + bonos pendientes de pago + inversiones perdidas —incalculables— frente a un aeropuerto que prácticamente se habría pagado solo y que habría generado enormes beneficios económicos. Debo reconocer que, cuando visité el aeropuerto Felipe Ángeles, me pareció un lugar agradable, pero también me dio la impresión de ser el aeropuerto ideal para una ciudad como Guadalajara, Querétaro o Monterrey. Por su tamaño, su diseño y su funcionamiento, está muy lejos de ser la infraestructura que una metrópoli como la Ciudad de México necesitaba. Y si aún queda alguna duda sobre lo aquí expuesto, basta recordar un hecho revelador: hasta hoy no existe registro de un solo contratista o empresa que haya sido condenada o procesada judicialmente por los supuestos actos de corrupción que se utilizaron como argumento para cancelar el proyecto. No olvidemos algo fundamental: tomar decisiones despreciando la ciencia, la técnica y el conocimiento profundo para obedecer una ideología, también es, en cierta forma, un acto de corrupción.