A media mañana, cuando el sol empezaba a calentar la pradera, una patrulla de caballería mexicana seguía las huellas de un grupo de apaches a pocos kilómetros del Paso del Norte.
Al frente iba un capitán veinteañero, de origen indígena otomí. Desde la altura de un despeñadero divisó a un grupo de chiricahuas cruzando un arroyo seco. No dudó. Sin medir el peligro de la pendiente, dio la orden con una seña, espoleó su caballo y gritó su famosa frase:
—¡Vamos, muchachos! ¡Así muere un hombre!
En un segundo, ya estaba luchando.
La escaramuza fue breve. La caballería mexicana se impuso: hubo pocos muertos y cerca de una decena de apaches logró huir entre matorrales y colinas.
No hay casualidades. La frase “¡A Chihuahua, cuanto apache!” no ha sido gratis.
Entre 1830 y 1850, las invasiones apaches se intensificaron en el norte de México. Chiricahuas y mescaleros conocían el desierto palmo a palmo; jinetes habilidosos atacaban y desaparecían en las llanuras. Las gentes de poblados y haciendas vivían entre zozobra y terror.
Los tiempos difíciles forjan grandes hombres.
Tomás Mejía, de origen indígena, creció en la pobreza. Aquellas condiciones adversas le esculpieron un carácter fuerte y resistente. Desde niño aprendió a trabajar duro, a dominar el caballo y a vivir en la sierra. Estas habilidades lo condujeron al ejército.
El indio Mejía llevaba más de cinco años en el norte del país, acrisolando sus dotes militares: diestro en las cargas de caballería, desdeñaba las armas de fuego y prefería el combate cuerpo a cuerpo, con espada, lanza o machete. Su resistencia, agudeza y firmeza lo hicieron ascender rápidamente.
En febrero de 1847 participó heroicamente en la batalla de La Angostura, una de las acciones más decisivas en la guerra contra la invasión de Estados Unidos. Bajo el mando de Antonio López de Santa Anna, las fuerzas mexicanas enfrentaron al ejército del general Taylor.
La cargada de caballería encabezada por Mejía se ordenó al ala izquierda. A rienda suelta, se lanzó temerariamente y abrió fuego con fusiles en mano. Luego arremetió contra la batería gringa y, a base de sudor y valor, atropelló —literalmente— sus posiciones de artillería.
Sus gritos y alaridos no eran solo órdenes: eran verdaderas arengas de entrega y patriotismo:
—¡Vamos, muchachos! ¡En nombre de mi Madre Santísima del Pueblito, adelante!
—¡Así muere un hombre!
La arenga, nacida del combate y la fe, incendiaba corazones y avivaba los sentidos de quienes luchaban por su tierra.
Los mexicanos se hicieron del terreno. Pero, inexplicablemente, al día siguiente Santa Anna ordenó la retirada, perdiendo la ventaja táctica. Aun así, la batalla representa el valor. Mejía, el indio capitán, de tan solo 26 años, fue ascendido a comandante por su desempeño.
Era un hombre de condiciones firmes y de una sola pieza. Su convicción lo llevó a unirse a las fuerzas conservadoras, donde volvió a destacar por su capacidad militar e integridad personal.
Era más que soldado; era un hombre de caballerosidad militar.
En una acción en Río Verde, derrotó y capturó al general Mariano Escobedo. Y, en un gesto de honor militar, le perdonó la vida y lo dejó en libertad.
El destino, que nunca olvida, quiso que el propio Escobedo fuera quien lo capturara en 1867 durante el sitio de Querétaro. Escobedo ofreció salvarle la vida en agradecimiento. El general Mejía rechazó cualquier privilegio y eligió morir junto a sus compañeros.
La resistencia y fortaleza son virtudes universales, vigentes en todo tiempo y lugar. En el Imperio Romano, el filósofo estoico Epicteto, que había sido esclavo, enseñó la resistencia desde la humildad. Torturado y cojo de por vida, nunca se quejó. En sus Disertaciones escribió:
“No desarrollas valentía cuando todo va bien, sino cuando sobrevives momentos difíciles y desafías la adversidad.”
Los alumnos de Epicteto, así como los soldados de Tomás Mejía, lo veían como ejemplo vivo de fortaleza, de origen humilde y pobre. Ambos convirtieron el sufrimiento en fortaleza interior y resistencia física y mental.
Mejía era de piel cobriza, de facciones rudas e indígenas, mirada serena y firme. Tenía fuerte presencia y modales de caballero sobrios. No era impulsivo ni cruel; ponía sangre fría en combate. Conservó siempre la modestia y honestidad de un “hombre de pueblo”.
Murió en la pobreza.
Hombre de armas, se alejó de la palabrería política; cualidad que lo preservó de las bajezas del poder.
México ha forjado grandes hombres que la historia de los políticos ha olvidado. Pero, más allá de esos intereses, la realidad se impone: persisten ejemplos de nobleza profunda.
