Imaginemos al "Chago”, un tierno niño de diez años, descansando en su habitación, con sus ojitos pegados al teléfono celular, a nada de salírsele la pantalla de los ojos, ¡sí!, ¡la pantalla de los ojos!; en eso entra su mamá con el amor y candidez de quien no sabe que está entrando en la cueva del lobo feroz, le pide que apague el teléfono, que es momento de hacer la tarea de la escuela; y ¡como va!, el espíritu de Regan, la niña de la película “El Exorcista”, toma posesión del cuerpo de “Chago”.
Enfadado, resentido y sin calma alguna, rechaza en obedecer la petición de su mamá, luego la culpa que por ese tipo de peticiones él se porta mal, y solo porque fue interrumpido en su idílica relación con el teléfono empieza a discutir, irritado hasta la coronilla afronta a su mamá con actitud desafiante, por lo que queda enfadado y resentido; todo lo anterior, mientras casi flota en su habitación de indignación, sale y azota la puerta de tal modo que hace temblar hasta las fotos de la abuela.
El trastorno negativista desafiante[1] es un patrón de enfado, irritabilidad, discusiones, ira, desobediencia y actitud desafiante o vengativa que dura por lo menos seis meses en niños y adolescentes; este trastorno del comportamiento va asociado a un malestar en la persona o en otras personas de su entorno social inmediato, es decir, familia, grupo de amigos, compañeros de trabajo, tiene un impacto negativo en las áreas social, educativa, profesional y otras.
Para entender y atender este tipo de conductas podemos apoyarnos en una teoría antigua pero muy útil del filósofo Tomás de Aquino y otra teoría moderna de la psicóloga Magda Arnold, ambas nos proveen una base sólida para entender cómo las emociones dirigidas por la razón moldean la personalidad infantil, especialmente en casos de Trastorno Negativista Desafiante (TND) y participar en esa formación.
Tomás de Aquino[2] define el hábito como una disposición estable adquirida por actos repetidos, que perfecciona (virtud) o pervierte (vicio) al ser humano. Las virtudes que determina como hábitos buenos elevan la personalidad hacia la excelencia moral, aquí encontramos la prudencia, justicia, fortaleza, templanza, esto es base de una "psicología de excelencia humana”, madurez y formación integral. En contraste, los vicios (hábitos malos) explican desórdenes como el TND: la ira viciosa que genera frustración y oposición sistemática, rencor, odio y desafío a la autoridad.
Desde esta perspectiva no se debe ver al niño o adolescente como un "problema a controlar", sino como quien necesita empezar a trabajar en la formación de su carácter. El niño comienza a madurar cuando la razón guía a la emoción, por tanto, se debe empezar por enseñarle aprenda a detenerse y juzgar; en lugar de reaccionar como chicote.
En esta misma línea de pensamiento, Magda Arnold[3] postula que la personalidad se forma por patrones emocionales habituales: impulsos afectivos que, repetidos, cristalizan en tendencias estables, lo que vendría a ser hábitos, y a fuerza de insistir y persistir: virtudes. De ahí que la psicóloga propone intervenciones que fomenten “appraisals” (valoraciones) positivos, educando al niño a reinterpretar situaciones para elegir respuestas adaptativas, como la obediencia voluntaria en lugar de rebelión.
Para educar al niño o adolescente en la prudencia sobre el TND, se sugiere, siguiendo a Tomás de Aquino, seguir tres pasos: el consejo, donde se enseña al niño de deliberar mediante explicaciones prácticas, antes de que estalle; el juicio, se le enseña a decidir qué acción le conviene más; y el mandato de la voluntad, dirigirse al bien, de este modo poco a poco dejará de reaccionar por impulso; así, a fuerza de insistir y persistir con paciencia, empezará a gobernarse a sí mismo, alejándose de la rabieta y desafío, con camino a la formación y madurez integral y respeto a la autoridad.
[1] American Psychiatric Association. (2014). Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM-5.
[2] S. Th., I-II, q. 49-54.
[3] Arnold, M. B. (1960). Emotion and Personality. Columbia University Press.
