La manzana de la discordia entre los tres aliados es empatar, con las elecciones, el plebiscito con la revocación de mandato.
Hagamos un poco de historia reciente. Andrés Manuel propuso la revocación de mandato con una premisa: ganar por amplia mayoría la opción de que el pueblo no le había perdido la confianza. Acto seguido podría solicitar o bien la ampliación del periodo presidencial o bien la eliminación de la no reelección. Y no abandonar su hamaca de Palacio Nacional. Pero el resultado de su altísima popularidad, no se reflejó en las urnas. Participó apenas el 17.77% del padrón electoral y claro, el 91.86% estuvo a favor de que continuara en la presidencia y el resto de que no. Quedó muy lejos del 40% mínimo de participación ciudadana exigido por la ley. Así que ambos objetivos quedaron en el olvido
Ahora la presidenta no desea reelegirse, sino apoyar sin restricciones a Morena y así el partido –el de AMLO- consiga la mayoría absoluta en el Congreso y volver a proponer y aprobar sin necesidad de apoyo de los partidos satélites, su plan A y cualquier otro cambio en la Constitución. La jugada es tan obvia que por ello el Partido del Trabajo ve en peligro su registro y hasta el momento se opone.
Serán pocos quienes quieran que Claudia se vaya. Lo que deseamos es que realmente ejerza el poder del estado y no se encuentre entre la espada de Trump y la pared de Palenque.
Ahora bien, la ciudadanía es caprichosa. Para ratificar los altos niveles de aprobación, debería obtener al menos el cincuenta por ciento con un SÍ contundente. Pero en la soledad de la casilla puede, nomás porque sí, sufragar por el NO. No es lo mismo responder una encuesta frente a frente que en total intimidad. Si lograra el 20% de aprobación nos preguntaremos ¿dónde está el otro 50% que dicen la adoran?
No asistirá a la inauguración del mundial de futbol. ¿Por qué? Una respuesta es que prefiere verla desde el Zócalo, con “su” pueblo y regalar su boleto mediante un sorteo. La otra es que tiene miedo –justificado en el pasado- de que la abucheen como ocurrió con Gustavo Díaz Ordaz en los Juegos Olímpicos de 1968, Miguel de la Madrid en 1986 o a Felipe Calderón en la ceremonia de estreno del Estadio del Santos en 2009. Enrique Peña Nieto soportó la rechifla en la Universidad Iberoamericana y el propio Andrés Manuel López Obrador cayó de la gracia del monstruo de mil cabezas cuando le gritaron ¡fuera! durante la inauguración de un estadio de Béisbol –su deporte favorito- en 2019.
En la multitud de las personas emerge su otro yo y los políticos son las víctimas. Así, tampoco se escapan legisladores, candidatos, gobernadores, presidentes municipales. Nadie está exento. Ya en la bola, nomás por seguir la corriente a quien inicia el barullo, nos unimos al alboroto por inercia.
Si la presidenta cuenta con el 70% de respaldo hagamos los siguientes números. Si el antes Estadio Azteca asistieran solo extranjeros, sería otro cuento. El Coloso de Santa Úrsula tiene una capacidad máxima de noventa mil almas. Supongamos que solo 70,000 sean mexicanos. Si ella es tan querida, 49,000 acallarían los gritos de desaprobación de una minoría de 21,000 disidentes. No es lo mismo enfrentarse al aficionado que a los convocados (no acarreados, conste) a ir a aplaudirle al Zócalo. Entonces ¿cuál es el miedo? No le saque al parche.
El amenazar a los legisladores que no apoyen sus propuestas políticas, solo refleja temor, terror. Cada partido tiene sus votos cautivos. La gente no va a dejar de votar por el Partido del Trabajo o el Verde Ecologista o el Revolucionario Institucional o el Acción Nacional o Movimiento Ciudadano por una profunda reflexión “Ah, no, si no apoyan a la 4ª Transformación son traidores a la patria y entonces sufragaré por Morena”. Sí, cómo no.
Aunque quienes no pertenecemos a ningún color –la mayoría- decidimos la votación. Cuidado con las elecciones del 27. Les puede dar grandes sorpresas porque los escándalos guinda los salpican por todos lados.
Mi álter ego sugiere que Memo Ochoa, uno de mis ídolos, no sea convocado al mundial para cumplir su sueño. Porque entonces la selección solo tendrá dos porteros. Dios perdona, pero el tiempo no.
