En 2022, el Poder Ejecutivo Federal decidió eliminar el horario de verano para casi todo el país. No fue el Estado mexicano en su conjunto —no el Legislativo, no el Judicial, no las entidades federativas— sino una determinación del gobierno federal, centralizada y vertical, que redefinió los husos horarios sin un análisis territorial profundo. Chihuahua quedó incorporado a la hora del Centro de manera permanente, como si la longitud geográfica fuera un detalle menor y no un determinante físico de la vida cotidiana.
La pregunta es si esa decisión transformó realmente la experiencia del tiempo en el estado. La respuesta es más compleja de lo que se dijo en su momento: sí cambió la hora, pero no cambió la luz, y por lo tanto no cambió la forma en que el cuerpo humano vive el tiempo.
Luz natural y luz eléctrica: dos realidades que la reforma confundió
Uno de los errores conceptuales más persistentes en el debate público es tratar la luz natural y la luz eléctrica como si fueran intercambiables. No lo son.
• La luz solar determina el ritmo circadiano, la secreción de melatonina, la vigilia, el sueño y la percepción del tiempo.
• La luz eléctrica solo sustituye la oscuridad para fines productivos, pero no altera la fisiología humana.
El horario de verano nació para administrar la luz eléctrica, no la solar. Era un mecanismo para reducir el uso de lámparas en un mundo donde la iluminación representaba una parte significativa del consumo energético. Ese mundo ya no existe.
Hoy, la iluminación es una fracción mínima del gasto eléctrico. El aire acondicionado, la refrigeración, la industria y la electrónica de consumo dominan la curva de carga. Por eso el supuesto “ahorro” que defienden los promotores del dictamen presidencial es, en términos técnicos, mínimo e irrelevante para el costo de generación del monopolio eléctrico nacional.
Y aquí está el punto que casi nadie dice: La reforma horaria no se diseñó para beneficiar a los hogares; se diseñó para simplificar la administración del tiempo.
Un territorio occidental viviendo con un horario central
Chihuahua vive más cerca del meridiano 109° que del 90°, pero opera con un horario pensado para el centro del país. La reforma no consideró la longitud real del territorio ni su diversidad interna.
• En Delicias o Parral, el amanecer es razonable.
• En Chihuahua capital, el ajuste es tolerable.
• En el noroeste —Guerrero, Madera, Temósachic— el amanecer invernal se empuja hacia las 7:30 u 8:00.
La vida empieza a oscuras, aunque el reloj diga que ya es hora de trabajar.
La reforma buscó homogeneidad administrativa, pero produjo heterogeneidad vivencial. El cuerpo sigue al sol; las rutinas siguen al reloj
Aquí está la consecuencia más profunda y menos discutida:
La luz solar se adelanta en verano, pero el horario oficial ya no.
El cuerpo despierta antes porque la luz lo despierta.
Las rutinas laborales y escolares siguen empezando a la misma hora porque el reloj lo ordena.
La ecuación es simple: si queremos dormir las mismas horas que en invierno, debemos adelantar la hora de dormir, aunque la luz todavía no invite a hacerlo.
La reforma horaria no eliminó el desfase biológico; lo trasladó a la disciplina individual.
Sincronía con el centro político, asincronía con la frontera económica
La decisión federal alineó a Chihuahua con Ciudad de México, pero desalineó al estado con su región natural de intercambio: la frontera norte.
• El comercio con Texas opera con otro ritmo.
• Las cadenas logísticas siguen el horario estadounidense.
• La vida transfronteriza depende de sincronías que la reforma ignoró.
Por eso Ciudad Juárez y Ojinaga mantienen el horario de verano: no por capricho, sino por necesidad económica.
Y aquí entra la precisión técnica que completa la idea: La luz eléctrica puede encenderse o apagarse por decreto; la luz solar no.
Conclusión necesaria
La reforma horaria de 2022 simplificó la administración del tiempo, pero no simplificó la experiencia del tiempo.
Chihuahua vive ahora con un horario que no corresponde a su posición geográfica ni a su ritmo solar.
La vida cotidiana —el sueño, la productividad, la movilidad, la frontera— sigue negociando cada día entre la luz natural y el decreto federal.
Y en esa negociación, como siempre, la luz gana.
