Ciudad de México.- En el negocio de los bienes raíces un factor determinante que incrementa el precio de los inmuebles es la ubicación; en materia de gobierno uno de los activos más importantes está en el porcentaje de aprobación ciudadana; entre más alto, el blindaje del gobernante es mayor, pero si es muy bajo es evidente un gran enojo social.
Bueno, las mediciones más recientes nos dicen que la presidente de México, Claudia Sheinbaum tiene el porcentaje más alto de aprobación social desde que se realizan ese tipo de mediciones; ¡vaya!, ni siquiera su antecesor, Andrés Manuel López Obrador alcanzó durante su sexenio números como los de ella; esas mediciones indican que el 80 por ciento de los mexicanos están a favor de la presidente y con esa altísima popularidad le alcanza, incluso, para ser considerada la mandataria mejor evaluada de toda América, superando a Nayib Bukele, el gobernante de El Salvador, quien “apenas” llega a los 70 puntos de aprobación social.
En un amplio sector social, a la presidente Sheinbaum Pardo no le conceden las luces mediáticas y menos el liderazgo de su mentor, pero es más que evidente que toda esa popularidad no salió de la nada y mientras no se presenten evidencias de lo contrario, no podemos más que considerar que esa información de sus niveles de aprobación es verdad.
Con esos niveles de aprobación se puede dar muchos lujos como “equivocarse”, no responder, mostrar intolerancia a la crítica, porque es seguro que cada desbarre, cada error que ella comete, sus asesores lo miden en puntos de popularidad perdidos y en esa tónica no es tan negativo perder 10 o 20 puntos cuando se trata de impulsar un proyecto polémico, de “lavarle la cara” a los políticos corruptos dentro de su movimiento o negar lo evidente.
Mientras el enojo social no se refleje en sus índices de popularidad y la evaluación de su gobierno no muestre un descenso alarmante, ella tiene el colchón para seguir cayendo en blandito.
El gran éxito de la narrativa de la 4T, obvio que no son los resultados gubernamentales; es la apropiación de una serie de conceptos con los cuales revisten sus iniciativas y las plantean como reivindicadoras de causas sociales, términos como: “eliminar privilegios”; “que el pueblo decida con su voto”, “no somos iguales”, “primero los pobres”, son conceptos que alientan a la población a creer en la existencia de un gobierno que va más allá de cúpulas y élites, que realmente distribuye la riqueza sin apropiarse de nada.
Aunque el engaño es evidente para un sector social, la realidad es que las masas lo toman como verdadero, se lo apropian y extienden el escudo de la popularidad con el cual brindan el blindaje que Sheinbaum Pardo requiere para darle tránsito a las más polémicas y retrógradas iniciativas.
Por eso no debemos asombrarnos cuando un periodista le pregunta respecto a la identidad de la mujer que plácidamente tomaba el sol en Palacio Nacional y ella responde con una evasiva de manual: --“porque mejor no hablan del movimiento del 68, de la corrupción de Fox o de García Luna”.
Es una respuesta evasiva que no informa nada, pero se vuelve noticia y algunos pocos se indignan, pero la inmensa mayoría festeja la forma como ella sacó la vuelta a decir la verdad.
No hay mella a su popularidad cuando acusa al periodista Raymundo Riva Palacio de ser un “escritor de ciencia ficción” y pide a los ciudadanos “que nadie le crea”, en una reacción de intolerancia a la crítica.
Pero no vuelve a pasar nada porque lo hace desde esa burbuja que se llama popularidad y de la cual no se tiene el alfiler para reventarla.
Que decir de los proyectos legislativos trascendentes: la reforma al Poder Judicial y la elección de jueces y magistrados cuyos resultados al momento van evidenciando el grave error cometido; o el proyecto de reforma electoral, que no le aprobaron en el legislativo, o su derivación, el llamado Plan B, al que oposición y su aliado el Partido del Trabajo, le quitaron la parte toral que era permitirle hacer campaña en la elección del 2027 bajo el pretexto de que también estaría en la mesa el tema de revocación de mandato.
Es evidente que, a pesar de ser derrotada en sus dos proyectos legislativos de reforma electoral, que implicaban cambiar la Constitución, tampoco hay daño a su popularidad y más allá del revés actual, lo cierto es que sólo es cuestión de tiempo para volver a insistir en el tema.
Pareciera que tener una mayoría legislativa es la determinante para proponer esos cambios, pero eso es explotar la popularidad, saberla utilizar y en esta situación, la presidente Claudia Sheinbaum tiene una opinión pública que le aplaude y le cree, con ese blindaje es que puede darse el lujo de ser antidemocrática, repelente a la crítica, acosadora de periodistas, mentir, negar lo evidente, ser evasiva en algunos temas y fustigar a una oposición que termina por no representar mucho para la población, por la sencilla razón de que a ellos no les creen, aunque digan la verdad y a la presidente sí, aunque mienta.
Puede gustar o no, pero que, de cada 10 mexicanos, ocho vean con buenos ojos a la presidente Claudia Sheinbaum es un activo que le permite marcar el rumbo, sin importar si está equivocado o si la conducción es inestable o con improvisaciones.
Es el precio que paga la sociedad, por las acciones de gobiernos del pasado desacreditados, partidos, ahora opositores, derrotados, políticos opositores sin credibilidad, arrinconados en la comodidad de las posiciones legislativas y sin un discurso convincente que realmente mueva el sentimiento de los ciudadanos.
