Entre más ruido, menos pensamos;
entre más volumen,
menos escuchamos nuestro interior.
Hay un nuevo invitado que no falta a ninguna fiesta, pero su presencia la hace de manera protagónica, invadiendo el espacio y la atención. Aunque se quiera ignorarlo, es imposible porque despierta alegría y nostalgia, despecho y emoción, alebresta al cuerpo y entra por los oídos, quedándose en el alma y en los tímpanos.
En los restaurantes también ya es notoria su presencia. Es el compañero invariable de cada mesa de los comensales. Es parte de las conversaciones, al mismo tono o más alto en decibles pero no se puede evitar, aunque sea totalmente ajeno a los temas de las pláticas.
Muchas tiendas han decidido incorporarlo a sus promociones de ventas para llamar la atención de los que pasan o están a muchos metros de distancia. Y la principal característica es que son muy potentes y estruendosos en su alarido rítmico.
Pero también ya en muchas zonas parte plaza recorriendo calles, trepado en camionetas equipadas y en potentes raizer Polaris que van asustando a los tranquilos transeúntes. Quienes conducen van muy serios, porque no pueden hacer otra cosa y disfrutan viendo cómo las personas voltean a verlos con asombro, disgusto o admiración. Se sienten soñados porque voltean a verlos, pero para recordarles a la progenitora de sus días.
Otra novedad es que en algunas tiendas de conveniencia, los franquiciatarios o socios, ya tienen también sus potentes aparatos para ambientarse ellos, a pesar de que los clientes se molestan, que buscan paz para seleccionar el tipo de café o refresco que comprarán, pero no logran concentrarse, menos con los ritmos y bandas que ensombrecen el sagrado momento de la gran decisión de qué comprar.
Y lo máximo es que ya muchas personas traen “integrado” ese invitado, con lo cual, deja de ser invitado para convertirse en parte del ser humano. De manera permanente portan artefactos en sus oídos para estar escuchando a toda hora quien sabe qué. Por ahí dicen, que muchos de ellos, ni siquiera los activan, pero es para apantallar y disimular lo que no usan.
Muchos de ellos, van por la vida, las calles y en las oficinas, como hablando solos en supuestos parlamentos importantes o urgentes que no pueden tomar un descanso para contestar. Quieren dar la idea, de que su opinión o decisión es estratégica en cualquier momento y siempre deben andar “conectados” con chicharos en las orejas.
Ya debe haber atinado a lo que se hace referencia: la dictadura del ruido que cada vez nos tiene más sordos fisiológica y espiritualmente.
Los sonidos del silencio, como una vieja pieza que fue muy popular, han sido abatidos por el ruido. Somos sonoros y ruidosos como si quisiéramos acallar algo que nos angustia en el interior. Tenemos miedo de enfrentarse al silencio con nosotros mismos y creemos que entre más ruido, menos pensamos; entre más alto el volumen menos oportunidad de escuchar nuestro interior.
El invitado a las fiestas, restaurantes y calles es el ruido a los más altos decibles, inclusive por encima de lo permitido por el oído. Los decibles es la medida de los sonidos externos soportables y al brincar el umbral de lo permitido, es lo que llamaos ruido.
Para darnos una idea: una conversación normal entre dos personas son 60 decibles; un concierto musical se va hasta los 120 decibles, o sea el doble de lo que los oídos soportan.
El silencio total equivale a cero decibeles; una pisada registra 10 decibles; el viento de los árboles, son 20; una conversación en voz baja, son 30; en una biblioteca, son 40 decibeles; en un despacho tranquilo se registran 50 decibles; una conversación normal son 60 decibeles; el tráfico en la ciudad llega a 80 decibeles; el ruido de una aspiradora, son 90 decibeles; el escape de una motocicleta con escape ruidoso representa 100 decibeles; la sirena de una ambulancia son 110 decibeles; un concierto de rock son 120; un martillo neumático son 130 decibeles; despegue de avión son 150 y una explosión de un artefacto son 180.
A partir de 100 decibles provocan irritación al oído. Por lo general en bodas y fiestas, las bocinas marcan muy por encima de esos decibles. Lo puede comprobar bajando la aplicación en su celular para medir decibeles y le marcará de inmediato el nivel del ruido. El conflicto es que, por lo general, los músicos o el DJ se molestan si les piden que bajen el volumen, ignorando si las personas pueden conversar entre ellas, taparse los oídos o retirarse a las mesas más lejanas de las bocinas y poder platicar.
Por supuesto que la música es agradable y benéfica, pero no que aturda ni impida una charla entre un grupo de personas.
Pero más allá si el gusto es por bailar con una música a todo volumen, el problema es que hemos incorporado el ruido en nuestra vida cotidiana, como una nueva dictadura. Nos reduce e impide conversar con nosotros mismos. Si antes, el silencio era muestra de respeto y concentración, hoy lo hemos convertido en acción disruptiva que rompe momentos de tranquilidad propio y de extraños porque no tan solo escuchamos a todo volumen para nosotros si no que imponemos ese ruido a los demás.
¿Qué necesidad tienen las tiendas de sacar enormes bocinas para poner música a todo volumen, como si eso les atrajera clientes nuevos? ¿Cuál es la razón en la mayoría de los restaurantes que hayan sustituido la música de fondo para conversar mientras se come a unas sonoras bocinas que hacen competencia en sonido en las pláticas de los comensales?
“Nunca el hombre habló tanto y escuchó tan poco. Vivimos en una época paradójica. La humanidad tiene gran capacidad de comunicación, y sin embargo el hombre está muy lejos de sí mismo. Pues en medio de esta saturación de información y de estímulos, algo fundamental se ha ido perdiendo: el silencio.
“Se percibe en distintos lugares del mundo una extraña nostalgia del silencio. Retiros sin tecnología, viajes de desconexión digital, clubes de lectura en los que varias personas se reúnen simplemente para leer juntas… en silencio.
“Sospecho que el hombre empieza a sentirse fatigado del ruido, dice Catalina Pidal[1], porque el ruido moderno no consiste solo en sonidos; es también un ruido de distracción, de prisa, de estímulos superficiales. Nos hemos acostumbrado a llenar cualquier instante de vacío con contenido: un podcast durante el trayecto en coche, un vídeo en el móvil mientras esperamos, música constante incluso en los momentos de descanso”.
El silencio no es ausencia, sino riqueza de uno mismo. Las personas ruidosas se vacían de ellas mismas al expresar y hablar demasiado. Es como un cántaro que suelta su contenido a todas horas. La vida espiritual se basa, entre otras cosas, en el silencio prudente, moderado y reflexivo.
Escuchando más a Catalina Pidal, dice que “la cultura contemporánea no solo dificulta el silencio exterior sino que también erosiona el silencio interior. Las grandes plataformas digitales compiten constantemente por nuestra atención, moldeando nuestros hábitos mentales hacia la fragmentación y la dispersión. Se ha creado un ambiente forzado en el que la concentración profunda se vuelve cada vez más rara. Sin embargo, el silencio no es un lujo reservado a monjes o místicos. Es una necesidad antropológica. Sin ese espacio, la persona queda atrapada en la superficie de las cosas”.
También, el ruido genera desconcierto, escribió el cardenal Robert Sarah[2], quien sostiene que el mundo moderno genera tanto ruido que el ser humano pierde su identidad personal, mientras que el silencio forja el alma. Argumenta que el ruido excesivo y la tecnología moderna nos desconectan de Dios y de nuestro interior. Defiende el silencio como una necesidad existencial y espiritual para desarrollar la identidad, la oración y el servicio al prójimo.
Y el abogado Alfredo Gildemeister[3] expone que la gran mayoría de las personas, cada mañana, que se despiertan luego de una noche de descanso y se sumergen casi de inmediato bajo la dictadura del ruido. Algunos, antes de entrar al baño, prenden el televisor; otros se avocan al celular y otros encienden su equipo de música o su radio favorita y escuchan lo que les provoca o lo que les ponen. El asunto es que, conscientes o inconscientemente, hoy las personas necesitan ruido y, si a eso se añaden imágenes y pantallas, mucho mejor.
El deportista que va al gimnasio o que sale a correr o a montar bicicleta por la calle un cierto recorrido es casi seguro que corre o monta con audífonos en los oídos y con música a todo volumen; el trabajador que sale temprano en su automóvil, lo primero que hace luego de encender el motor es prender la radio del auto y oír noticias o poner alguna música especial que le gusta, pero el asunto es que siempre manejará con ruido. No quiere escucharse a sí mismo, ni pensar ni reflexionar sobre nada. El peatón camina distraídamente con audífonos oyendo música o mirando, como autómata, su celular, todos metidos en sus propios mundos ruidosos, como si el prójimo y el mundo exterior les importase poco o nada.
Estos hábitos en el hombre y la mujer de hoy constituyen un hecho, una realidad, que nos empuja a buscar, casi en automático, siempre ruido, sonidos, bulla, barullo o lo que sea, bajo la forma de noticias, televisión, música, radio, videos en pantallas, etc.
Curiosamente, para el hombre de hoy, el silencio es casi intolerable, sigue Alfredo Gildemeister. Pareciera que no lo soporta, no lo aguanta, le incomoda. La sociedad moderna no soporta el silencio: lo rechaza. Si entras, por ejemplo, a comer algo a un restaurante, te bombardea una música estridente con una televisión de pantalla gigante, para comenzar a todo lo que da el volumen. Adonde vayas, el ruido está presente. Una reunión social de hoy casi no se puede conversar; pareciera que el objetivo es que las personas no se oigan, no hablen y que, por último, no se entiendan. Es el paroxismo del ruido. El ruido emboba a la sociedad moderna, la vuelve adicta, la va atontando y le adormece la conciencia y el cerebro.
De allí que es fundamental que nos alejemos de la dictadura del ruido
[1] PIDAL, Catalina, (2026) https://www.forumlibertas.com/vida-interior-silencio/16 de marzo de 2026
[2] SARAH, Roberto (2017) La fuerza del silencio: frente a la dictadura del ruido"
[3] GILDEMEINSTER, Alfredo, La dictadura del ruido y la necesidad del silencio
