La educación pública, aprobada de panzazo casi siempre, ahora inaugura una etapa todavía más peligrosa, la de las ocurrencias y la frivolidad elevadas al nivel de política pública.

A los bajos resultados académicos, al abandono escolar, a la desaparición de evaluaciones serias y a los efectos todavía visibles de la pandemia, ahora hay que sumarle el intento por normalizar que el calendario escolar pueda moverse al ritmo de un Mundial de Futbol o de la conveniencia política del momento.

La decisión anunciada por el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, de adelantar el cierre del ciclo escolar más de cinco semanas antes de lo previsto, retrata las prioridades reales de una administración federal con tintes preocupantes.

Para empeorar la situación, horas después la propia presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, tuvo que matizar lo dicho por su secretario, lo que acabó por agravar el entuerto y acrecentar la incertidumbre.

Lo que Delgado había presentado como un acuerdo unánime y definitivo terminó convertido en una propuesta de incierta aplicación... pero sólo por unas horas, porque luego la SEP de forma institucional insistió en que era una decisión tomada, como si la jefa del Ejecutivo Federal estuviera de adorno.

Aquí, el secretario estatal de Educación, Hugo Gutiérrez Dávila, anunció que Chihuahua acatará la decisión. La presión llegó de las dos secciones del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, la Octava de Eduardo Antonio Zendejas y la 42 de Manuel Quiroz, ambos dependientes de su líder máximo, Alfonso Cepeda Salas, senador de Morena.

Otra vez el desorden, otra vez la improvisación y la sensación de que las decisiones nacionales se toman primero para generar impacto político y después para intentar acomodar la realidad administrativa, así sea en renglones tan sensibles como el educativo.

Para la ampliación vacacional, el argumento oficial mezcla olas de calor con la Copa del Mundo 2026, como si ambos factores fueran equivalentes y suficientes para sacar a millones de estudiantes de las aulas en uno de los peores momentos educativos de la historia reciente.

El problema en sí no es el achicamiento del tiempo de trabajo, sino el mensaje de fondo que transmite la 4T, de que en México la educación es tema secundario, cuando a nivel global los países discuten o tienen en marcha estrategias para recuperar el tiempo que la pandemia les robó a todos, especialmente a los niños y niñas.

Mientras los resultados de la prueba PISA colocan a México en posiciones vergonzosas, el lugar 51 de 81 países evaluados, la SEP decide que el sistema puede darse el lujo de perder otras seis semanas de clases.

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Dos de cada tres estudiantes en el país tienen bajo desempeño en matemáticas; apenas cinco de cada 10 logran comprender adecuadamente un texto; millones arrastran rezagos acumulados desde el confinamiento sanitario. Y aun así, la autoridad educativa actúa como si el país estuviera en condiciones de regalar tiempo escolar.

La crisis de salud que trajo el Covid dejó esa dura lección de que el tiempo educativo se cobra muy caro con consecuencias sociales posteriores. No obstante, la autoridad educativa quiso presentar la decisión como un acto de sensibilidad, casi equiparable a esa pandemia que obligó a los alumnos a confinarse meses enteros.

Nadie discute que las altas temperaturas, especialmente en el desierto norteño, representan un riesgo real. Pero precisamente por eso sorprende todavía más la superficialidad con la que se manejó el tema, pues en entidades como Chihuahua no basta eso ni temperaturas bajo cero para suspender actividades.

En esta decisión no hubo estudios técnicos públicos. No hubo explicación pedagógica ni estrategia de compensación académica. Sin más, sin claridad sobre evaluaciones finales, acreditaciones o formas de recuperación, simplemente de un machetazo le fueron mochadas hojas al calendario.

¿Dónde están los estudios climáticos? ¿Cuál es el criterio pedagógico? ¿Cómo se cumplirán programas? ¿Qué pasará con evaluaciones? ¿Cómo se acreditará el tercer trimestre? Eso es lo de menos, lo importante es el futbol... o lo que diga el SNTE, ante amenazas de protestas magisteriales durante el Mundial.

Esa constante necesidad de gobernar desde la ocurrencia antes que desde la planeación -que no es propia de la 4T, pero de forma recurrente la toma- parece ya un modo de operar para imponer decisiones. Primero se lanza el mensaje mediático, después vienen las aclaraciones, luego las contradicciones y finalmente el desgaste.

Y entre tanto ruido, los alumnos, que deberían ser la preocupación central del sistema, quedaron escondidos en el fondo de la decisión. Nadie los tomó en cuenta.

Las autoridades hablaron del Mundial, del calor, de los maestros, de los gobernantes, pero los niños y las niñas jamás fueron factor. Son los que siguen sin aprender lo suficiente, los que batallan para leer con comprensión y quienes conducirán otras generaciones, pero podrían llegar a la vida adulta con enormes vacíos formativos.

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México Evalúa A.C plantea con toda crudeza la realidad: reducir el tiempo escolar en medio de una crisis educativa manda una señal equivocada sobre las prioridades nacionales.

La educación en el país -que en algún momento fundacional fue tomada como política estratégica de movilidad social para el desarrollo colectivo e individual- comenzó a tratarse como un asunto políticamente administrable; como una variable negociable, un componente más dentro del cálculo electoral y sindical.

Así llegó a distorsionarse a los niveles actuales, cuando el modelo exhibe la enorme dependencia política del gobierno respecto al aparato magisterial. En la explicación presidencial apareció rápidamente la referencia a solicitudes de maestros y autoridades estatales para el recorte del ciclo escolar. No es casualidad.

La relación entre la 4T y el SNTE, antes aliado del PRI y también del PAN, ha estado marcada por concesiones permanentes. El gobierno necesita estabilidad política con el magisterio y el magisterio sabe perfectamente el poder que conserva.

El resultado es un sistema educativo donde muchas veces pesan más los acuerdos corporativos que las necesidades académicas, ecuación en la que las familias, para variar, son las que pagan las facturas.

Porque detrás de la aparente ligereza del anuncio existe un impacto brutal sobre millones de hogares, en especial para las madres trabajadoras, en las llamadas familias monoparentales.

Son personas que no tienen cómo resolver seis semanas adicionales de cuidados infantiles porque, aunque las escuelas no sean propiamente estancias o guarderías, sí funcionan como parte del engranaje productivo.

La escuela pública no solamente enseña y forma, sino que, en algunos casos, sirve como espacio de protección, alimentación, convivencia y organización familiar. Retirar de golpe a millones de estudiantes de las aulas altera la dinámica económica de hogares enteros.

Eso lo entendieron, señalaron y criticaron desde el sector privado. Por ello, el Consejo Coordinador Empresarial de Chihuahua, encabezado por Leopoldo Mares Delgado, rechazó públicamente la medida. No porque los empresarios estén obsesionados con la disciplina escolar, sino porque conocen el impacto real sobre productividad, cuidados y estabilidad familiar.

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El episodio, que transitó de la increíble certeza del recorte de clases al matiz que le dio Sheinbaum y hoy está en la incertidumbre, muestra que hay algo desconectado entre quienes toman estas decisiones desde oficinas climatizadas en la Ciudad de México y quienes tendrán que resolverlas en la vida diaria.

Porque mientras en Palacio Nacional se habla del gran momento que vivirá el país con el Mundial, millones de padres estarán preguntándose quién cuidará a sus hijos durante más de un mes extra. Todo por un torneo que, además, se desarrollará apenas en tres ciudades del país, una desproporción totalmente absurda.

Eso vuelve más preocupante el precedente que empieza a construirse, porque si hoy se modifica el calendario escolar por el Mundial, mañana podrá hacerse por cualquier otra coyuntura o presión política, lo que deja a la educación, a un sector estratégico del país, a la agenda flexible, moldeable y supeditada al espectáculo.

Los países que avanzan son justamente aquellos que blindan su sistema educativo de la improvisación política; los que entienden que el aprendizaje no puede depender del humor gubernamental ni de coyunturas electorales, pero México parece ir exactamente en sentido contrario.

La discusión, en lugar de ver cómo reducir clases, debería ser cómo mejorar escuelas, para que tengan agua, luz, baños, calefacción y refrigeración para que alumnos y maestros puedan trabajar mejor; cómo elevar aprendizajes; cómo enfrentar el rezago y el reto que, de por sí, representan días festivos, suspensiones, paros y un calendario reducido al que ya nomás le quedaban 45 días efectivos, que por arte de magia ahora son 17.

Así, entre el futbol, las conferencias mañaneras, las contradicciones oficiales y las concesiones corporativas, el país vuelve a postergar lo importante.

Qué más da, la prioridad es el Mundial, que nada opaque al espectáculo ni al gobierno, no la baja comprensión lectora ni las matemáticas o la endeble permanencia escolar.