Hace pocos días, un maestro pareció comportarse de manera ridícula, presumiendo dotes de bufón; como tal, hacia comentarios burlones de otro maestro frente a grupo de docentes quienes, como fieles imitadores de conductas antiéticas, seguidores por complacencia y adulación, se complacían con los dislates.

En el día del Maestro solemos recordar a quienes nos enseñaron fórmulas, fechas, conceptos o teorías. Recordamos a quienes explicaban con paciencia, a quienes despertaban curiosidad y a quienes hicieron del aula un espacio especial. Pero quizá una de las preguntas más importantes sea otra que la del título de la colaboración: ¿qué es lo que realmente enseña un maestro?

Como Maestros(as) tenemos el deber de hacer que en los estudiantes broten nobles aspiraciones, impulsos generosos hacia su formación profesional, pero también de hombres y mujeres en cuanto tal, porque un maestro enseña mucho más que contenidos. Enseña con su presencia, con su carácter, con su forma de tratar a otros y con aquello que hace cuando nadie le pide dar una lección.

Una de las muchas cualidades que un alumno puede exigir a un maestro, es la competencia en el saber, porque el maestro se respeta a causa de su este, de su conocimiento. Sí, porque el saber es una cuestión esencial en el maestro, si no lo posee enseñará el error, será un ciego que al cruzar la calle hará que nos atropellen, o nos hará caer de cabeza en un hoyo. Dice un dicho: mejor cada uno a su oficio y las vacas estarán bien cuidadas, la comida bien guisada y la ropa bien remendada.

A veces olvidamos una verdad sencilla: los alumnos aprenden observando. Y también los compañeros. Aprenden cómo reaccionamos ante las diferencias, cómo tratamos a quien piensa distinto y cómo corregimos a los demás. Por eso vale la pena recordar algo: el verdadero maestro no es quien expone, ridiculiza o hace escarnio de otro frente a los demás; es quien corrige con respeto, guía con prudencia y educa con el ejemplo.

Vivimos tiempos donde con facilidad se confunde la ironía con inteligencia, la burla con liderazgo y la humillación pública con autoridad. Hay quienes creen que ganar risas a costa de otro engrandece la propia imagen. Sin embargo, toda experiencia educativa muestra algo distinto: la autoridad verdadera no nace del desprecio.

La autoridad del maestro no se construye ridiculizando a otros frente al grupo, sino inspirando respeto por la nobleza de su carácter. Y esto aplica no solo frente a los estudiantes. También ocurre entre maestros. Cuando un docente hace comentarios para incomodar, exhibir o disminuir a otro delante de los demás, quizá no está enseñando una lección académica, pero sí está dejando una mala enseñanza humana. El problema es que esas lecciones también se aprenden.

Los hábitos, buenos o malos, son contagiosos. Las actitudes se imitan. El ejemplo crea “cultura”. Quien sigue el vicio ajeno termina convirtiendo el mal ejemplo en costumbre propia. Por eso la grandeza de un maestro nunca ha consistido en señalar defectos por encima de todos, sino en la capacidad de formar personas.

El maestro no es quien encuentra errores en todos, sino quien tiene la grandeza de revisar primero los propios. La educación comienza por el ejemplo. Hay una enseñanza silenciosa y profunda en quienes poseen la humildad de corregirse. Porque enseñar no consiste en aparentar perfección. También implica reconocer límites, aprender continuamente y revisar el propio actuar.

Hay lecciones que no se escriben en el pizarrón: escuchar antes de juzgar, comprender antes de señalar y mirarse a uno mismo antes de criticar a los demás. En tiempos donde abundan voces que buscan exhibir, dividir o sobresalir a costa de otros, conviene recordar que educar significa sacar lo mejor de otro.

«Educar es forjar almas», decía el Profe Toño, y él mismo encarnó siempre esa cualidad, que conservó en alta estima, no es sobresalir sobre otros. Hombre y maestro de carácter y voluntad firmes, que no se plegaba a las circunstancias ni a la crítica maliciosa y sistemática de algunos. Feliz día del Maestro.