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Uno de los cánceres más agresivos de la administración pública es la corrupción, y en México sigue expandiéndose sin posibilidades de cura.

Es casi imposible que transcurra una semana sin que estalle algún escándalo público por transa. Si no es que le metieron la mano al cajón de los dineros que pagan los contribuyentes, es una o un legislador, alcalde o funcionario luciendo una vida de lujo que solo los magnates pueden darse, que está siendo investigado, es detenido por sus vínculos con el crimen organizado o bien, ya se peló, anda amparado o el fuero no le permite ser capturado para que responda por sus fechorías.

Ingenuamente pensé que el sexenio de Enrique Peña Nieto sería el último de la corrupción. En serio me creí aquello de la «honestidad valiente» y otorgué mi confianza a la esperanza de México.

El pasado lo voy a dejar en el pasado, y no porque lo haya olvidado, sino porque quedó en la impunidad. Era seguir viviendo con ese coraje o darle la vuelta a la página para continuar hacia adelante y darle la oportunidad a una expresión política distinta que concretara el sueño —guajiro— de una nueva era de honestidad en mi país.

Desgraciadamente, no pasó ni un año cuando comenzaron a brotar las primeras decepciones. Aquellos recuerdos de los tricolores que se robaban las sábanas, el rollo de papel, las toallas y hasta el jabón de la casa donde eran invitados o de los hoteles donde eran huéspedes, regresaron con la llegada de los que regentearon el movimiento estudiantil del 68.

No había transcurrido ni el año al frente del Ejecutivo federal cuando al mesías, al paladín de la democracia, al santo patrono de los pobres, a la esperanza de México, le reventó en el rostro la transa del huachicol y la escasez de combustible. Lo primero que hizo para combatir el entuerto fue adquirir, sin licitación, 671 camiones a un costo de 80 millones de pesos.

La transa tiene origen y tiene memoria; tal vez por eso es que el exjefe de Gobierno del Distrito Federal (2000-2006), ya como presidente, tuvo el beneficio de la duda al culpar a sus antecesores, pese a que él mismo cargaba con una cola de dudas por el costo de los segundos pisos del Periférico de la ciudad que gobernó. Se dice que fueron más de 2500 millones de pesos, pero se supo años después porque reservó la información.

Apenas comenzó su primer ejercicio fiscal en 2019 y la tragedia se hizo presente cuando un oleoducto de Pemex, al que le extraían ilegalmente combustible, estalló matando a 93 personas.

¿Quién diría que ese sería el inicio de los peores años para la tragedia y la corrupción en México?

Año con año fueron documentándose negligencias médicas como las de la pandemia de COVID-19. Transas monumentales en la adquisición de respiradores, material clínico, mascarillas, oxígeno, vacunas y el mortal desabasto de medicamentos serían el sello de la casa.

Cualquiería pensaría que estas consecuencias son obra del pasado, de la era neoliberal, de la derecha, de los «fachos», pero no; seguramente los que gobernaron antes del régimen actual se embolsaron cantidades groseras del dinero del pueblo, pero nunca me tocó batallar con el IMSS por atención médica, hospitalaria o el surtido completo de la receta. Nunca.

¿Cuándo marcharon los sindicalistas y el personal médico por falta de instrumental quirúrgico, gasas y medicamentos? ¿Cuándo? Si lo hicieron, fue por cuestiones de grilla interna y disputa de líderes charros, pero no por las carencias de hoy.

Luego vino aquel acto del levantamiento del pañuelito blanco en señal de que la corrupción se había terminado. Así, con todo el cinismo propio de un autócrata, dijo que México estaba limpio de ese cáncer.

Todavía seguimos esperando castigo para los corruptos que participaron en la cancelación e inversión del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM). No hubo castigo, pero sí un quebranto a las finanzas públicas por más de 113 mil millones de pesos. Por cierto, el constructor favorito del jefe de Gobierno del DF al inicio del siglo, también inversor del NAICM, se rayó con la adjudicación para la construcción del tramo 2 del Tren Maya, cuyo costo superó los 18 500 millones de pesos. Solo Sanborns.

Y así continuó la transa grande con las sobrecompras de elefantes blancos (obras faraónicas muy costosas, subsidiadas y sin beneficio para el pueblo) como la ampliación del aeropuerto militar de Santa Lucía (AIFA), la refinería Olmeca (Dos Bocas), el Tren Maya, Mexicana de Aviación (aerolínea), la Megafarmacia, las estufas de leña, cuyos costos pasaron de 500 mil millones de pesos a un ¡billón y medio de pesos!

¿Qué les digo de los mayores actos de corrupción de la historia de México? Hasta Hernán Cortés se escandalizaría de tan inconmensurable atraco a las arcas públicas.

En Segalmex —la que garantiza el abasto y precios de alimentos— se clavaron 15 mil millones de pesos; con Birmex (medicinas) el desfalco fue de 13 mil millones de pesos y con el huachicol fiscal la cifra asciende a ¡600 mil millones de pesos! Hasta con el avión presidencial sacaron provecho: más de 120 millones de dólares que nadie sabe dónde quedaron. Menos mal que con las estufas de leña solo se dilapidaron 500 millones de pesos.

Y así llegamos a la transa del amor en el INE. Se estima que el árbitro electoral desvió 8870 millones de pesos para favorecer con adjudicaciones directas y contratos simulados a proveedores carnales de la titular, la que por cierto fue entronizada mediante una tómbola que la mayoría espuria del Congreso federal «eligió» entre puros prospectos afines al movimiento de «primero ellos, después los pobres».

La neta, así no se puede. Estos salieron pior, sí, mucho pior que los corruptos de antes.

Como dicen en Tabasco: «Muy devanados salieron éstos».

Es cuanto.