Hay recomendaciones que parecen inofensivas, pero que inevitablemente despiertan preguntas. Una de ellas es la reciente invitación de las autoridades a preparar una mochila de emergencia, con agua, alimentos, documentos personales, medicamentos, una lámpara y algunos artículos básicos para sobrevivir durante las primeras horas de una contingencia.
La pregunta que muchos se hacen es bastante natural. ¿Por qué ahora? ¿Está por ocurrir algo que no sabemos? ¿Las autoridades tienen información que no están compartiendo con la población?
No es una reacción exagerada. Vivimos tiempos en los que las noticias sobre guerras, conflictos internacionales, desastres naturales, apagones, ataques cibernéticos y crisis económicas forman parte de nuestra conversación cotidiana. Cuando varios gobiernos comienzan a insistir en la preparación ciudadana, la coincidencia puede despertar inquietud.
Sin embargo, conviene poner las cosas en su justa dimensión. En México, la recomendación de contar con una mochila de emergencia no es nueva. Desde hace varios años, las autoridades de Protección Civil han promovido esta medida como parte de la cultura de prevención. El pasado 3 de noviembre, la Coordinación Nacional de Protección Civil volvió a aclarar que la campaña no responde a una amenaza inminente ni a una alerta específica.
Eso debería tranquilizarnos, aunque no debe llevarnos a ignorar el mensaje.
La realidad es que nuestra vida cotidiana depende de servicios que damos por sentados. Abrimos la llave y esperamos que salga agua; encendemos un interruptor y confiamos en que habrá electricidad; acudimos a una tienda suponiendo que encontraremos alimentos y medicamentos. Pero basta una contingencia importante para descubrir qué tan frágil puede ser esa normalidad.
Un sismo, una inundación, un incendio, una tormenta severa o una interrupción prolongada de los servicios tan básicos como el agua y la electricidad pueden cambiarlo todo en cuestión de minutos. No hace falta imaginar una guerra mundial para entender la utilidad de estar preparados.
Lo interesante es que esta preocupación ya no se limita a México. En distintos países se han promovido recomendaciones para que las familias cuenten con provisiones suficientes para enfrentar al menos 72 horas de emergencia. Europa también ha insistido en fortalecer la preparación de sus ciudadanos ante riesgos que van desde fenómenos naturales hasta interrupciones de servicios e infraestructura.
La referencia a las 72 horas no es un dato menor. Se trata de un periodo considerado importante para que una familia pueda enfrentar las primeras etapas de una emergencia mientras se restablecen los servicios o llega la ayuda necesaria. Durante ese tiempo pueden presentarse dificultades para conseguir agua potable, alimentos, medicamentos o comunicarse con otros familiares. Por eso, la recomendación no consiste solamente en guardar algunas cosas en una mochila, sino en pensar qué necesitaríamos si durante tres días no pudiéramos realizar nuestras actividades habituales. Es una manera sencilla de dimensionar nuestra dependencia de servicios e infraestructura que pocas veces valoramos hasta que dejan de funcionar.
¿Significa esto que estamos frente a una catástrofe anunciada? No necesariamente. Significa que los gobiernos están reconociendo que el mundo enfrenta riesgos más diversos y que las sociedades necesitan desarrollar mejores capacidades de respuesta.
Pero hay otro asunto que no deberíamos pasar por alto. La prevención también requiere confianza. Las autoridades deben informar con claridad, explicar por qué hacen determinadas recomendaciones y evitar que la comunicación institucional deje espacios para rumores y especulaciones. Cuando la población siente que no recibe información suficiente, cualquier mensaje puede convertirse en motivo de preocupación.
Preparar una mochila ayuda, pero también tiene que ver con preguntarnos si los gobiernos cuentan realmente con la capacidad para responder ante una emergencia de grandes dimensiones. Los sistemas de protección civil, los servicios médicos, los refugios y la infraestructura deben estar preparados; sin embargo, la realidad demuestra que muchas veces los recursos son insuficientes y la respuesta institucional no siempre llega a tiempo. Por eso, la prevención debe ser una tarea compartida, pero también una responsabilidad de las autoridades, que no pueden limitarse a recomendar que la población se prepare mientras ellas mismas no están en condiciones de responder a todas las contingencias.
Y es que, si algo nos caracteriza como sociedad, no siempre es precisamente la previsión. Somos más de resolver sobre la marcha, confiar en que las cosas saldrán bien y ocuparnos de los problemas cuando ya los tenemos encima. Quizá por eso una recomendación como preparar una mochila de emergencia nos resulta extraña, cuando en realidad debería formar parte de nuestros hábitos más elementales. No se trata de vivir con miedo ni de entrar en pánico, sino de tener un plan familiar, saber dónde reunirse, identificar rutas de evacuación y disponer de algunos artículos básicos.
Quizá la mochila de emergencia termine guardada durante años sin que tengamos que utilizarla. Ojalá así sea. Pero eso no la convierte en una recomendación inútil, del mismo modo que tener un extintor en casa no significa que estemos esperando un incendio.
Tal vez la pregunta no debería ser solamente por qué nos piden preparar una mochila, sino qué tan preparados estamos realmente para enfrentar una situación que interrumpa nuestra vida cotidiana.
La prevención no debe convertirse en una fuente de temor, sino en una herramienta para vivir con mayor tranquilidad. No sabemos cuándo puede presentarse una emergencia, pero sí podemos decidir si queremos enfrentarla con algo de previsión o completamente desprevenidos.
Al final, una mochila no puede resolver los problemas del mundo ni evitar una catástrofe. Pero puede recordarnos algo que a veces olvidamos en medio de nuestras rutinas: la seguridad que damos por sentada no siempre está garantizada.
Así que mis tres lectores, tranquilos. Por ahora no hay indicios de una guerra mundial, tampoco es posible anticipar con exactitud un desastre natural, un apagón de dimensiones globales o una caída del sistema bancario. Mucho menos tenemos razones para prepararnos, como bromean muchos, ante un apocalipsis zombi. No se trata de vivir con miedo, sino de estar prevenidos. Como diría mi compadre, siempre es mejor tener y no necesitar, que necesitar y no tener. Y eso que él se refería al seguro del auto.
