Hoy desayunaste, recordaste dónde dejaste las llaves de la casa, caminaste hasta la puerta y, tal vez, decidiste libremente descansar. Son acciones tan cotidianas que casi nunca nos preguntamos de dónde salen. La filosofía nos da la respuesta: todas esas acciones brotan de capacidades concretas que ya traemos desde el momento en que somos persona, llamadas facultades o potencias.

Una potencia es, simplemente, la capacidad de hacer algo que aún no se está haciendo en este momento. Una facultad es esa misma capacidad, pero propia de un ser vivo. El ojo puede ver incluso cerrado: tiene la potencia; verlo en acción es ya el acto. Entenderlo así nos permite ordenar, con una lógica clara, todo lo que un ser humano es capaz de hacer.

Así tenemos las facultades vegetativas, las mismas que tienen las plantas: nutrirse, crecer y reproducirse. Cuando digieres el desayuno, tu cuerpo transforma algo externo en parte de ti mismo; cuando un niño crece hasta su estatura adulta, despliega esa misma capacidad básica de todo viviente.

Un peldaño más arriba están las facultades sensitivas, que compartimos con los animales. Primero, los cinco sentidos externos: la vista capta el color, el oído el sonido, el olfato el aroma, el gusto el sabor, el tacto la textura. Pero no basta con sentir por separado: existen también sentidos internos que organizan esa información. El sentido común reúne lo que ven tus ojos y lo que tocan tus manos en una sola experiencia; la memoria sensible recuerda dónde dejaste las llaves; la imaginación reproduce una cara ausente; y la cogitativa, exclusiva del ser humano, no solo percibe "un hombre", sino a "mi profesor", cargado de significado personal. A partir de ahí nace el apetito sensitivo, el deseo de un bien concreto, y las facultades locomotrices, que convierten ese deseo en movimiento: el niño que corre hacia el chocolate que ve en el comedor.

Hasta aquí, nada nos distingue radicalmente de un perro o una planta. Lo que sí nos distingue son las facultades racionales: el entendimiento, que no se queda en lo singular y sensible, sino que capta la esencia universal de las cosas, percibe, juzga y razona; y la voluntad, el apetito racional que se mueve por el bien conocido por la inteligencia, no solo por el bien sentido. Aquí aparece algo que ningún animal tiene: la libertad de reflexionar antes de actuar.

Hay todavía una capacidad más que merece mencionarse: la autoconciencia o sindéresis, ese "yo" que acompaña todos nuestros estados psíquicos, que nos hace reconocernos como el mismo sujeto de ayer y de hoy, aunque hayamos cambiado. Gracias a ella, cada persona se sabe a sí misma dueña de sus propios actos.

Conviene aclarar algo importante: esto no significa que seamos "tres seres apilados", uno vegetal, uno animal y uno racional. Como explica Verneaux, existe un principio óntico fundamental: la operación sigue al ser. Es decir, el tipo de acciones que realizamos revela qué tipo de sustancia somos. Y en el ser humano todas estas operaciones, nutrirse, sentir, entender, querer, emanan de una única sustancia concreta, racional, que llamamos persona.

Por eso, cuando una amiga nos cuenta que superó una enfermedad, o cuando un estudiante decide por fin estudiar en vez de distraerse, no estamos presenciando el funcionamiento de una máquina de partes sueltas. Estamos viendo a una misma persona ejerciendo, de modo unificado, capacidades que van desde lo más elemental de la vida hasta lo más propio del espíritu: entender y querer libremente.

Saber esto cambia cómo nos miramos. No somos solo cuerpos que reaccionan ni solo mentes que piensan: somos un único sujeto donde la nutrición, el cariño, el recuerdo, la comprensión y la decisión libre son, todas, expresiones de la misma y única persona que cada uno es.

Verneaux, Roger. Filosofía del hombre (Curso de Filosofía Tomista). Trad. de I. Medrano. Barcelona: Herder, 2ª ed., 1970.

Aristóteles. Acerca del alma (De Anima).