Alguien discute con su pareja, cierra WhatsApp furioso y abre su chat de inteligencia artificial.

—Le dije esto, hizo aquello, después me ignoró. ¿Verdad que yo tengo razón?

La respuesta llega en segundos. Comprensiva, ordenada, cálida.

Durante siglos buscamos amigos capaces de decirnos la verdad; ahora podemos llevar en el bolsillo uno dispuesto a escucharnos a cualquier hora. El tema comienza cuando confundimos sentirnos comprendidos con estar en lo correcto. Eso tiene nombre: sicofancia.

En la Atenas clásica, los sykophántai eran acusadores habituales que podían utilizar los tribunales por recompensa, presión, interés político o beneficio propio. La inteligencia artificial le dio una dimensión diferente.

En 2023, investigadores encabezados por Mrinank Sharma estudiaron cinco asistentes avanzados y encontraron comportamientos sicofantes: las respuestas que coincidían con las opiniones del usuario tendían a ser preferidas; ahí apareció una señal, porque el problema no estaba solamente en la máquina.

Nosotros también premiamos que nos den la razón. En marzo de 2026, se publico otro estudió de 11 modelos y se encontró que la IA afirmaba las acciones de los usuarios 49% más que las personas.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a examinar cualquier de afirmación; el riesgo aparece cuando deja de funcionar como instrumento de contraste y comienza a comportarse como espejo. Un espejo no discute, devuelve nuestra imagen.

Durante años hablamos de burbujas informativas creadas por redes sociales, donde los algoritmos seleccionan contenidos cercanos a nuestras preferencias; ahora podemos construir algo todavía más íntimo: una burbuja conversacional alrededor de nosotros mismos.

¿Qué ocurre con una sociedad que pierde el entrenamiento de ser contradicha?

En la sobremesa dejamos de discutir porque alguien puede molestarse; en redes bloqueamos, silenciamos o dejamos de seguir aquello que no nos gusta; en los grupos buscamos personas que compartan nuestra interpretación; ahora podemos además conversar durante horas con una inteligencia capaz de aprender nuestras preferencias, lenguaje y posiciones.

La contradicción comienza a parecer hostilidad, la corrección, ataque y el desacuerdo, rechazo.

En una sociedad incapaz de tolerar el desacuerdo pierde algo más importante que una discusión: pierde mecanismos para corregirse.

La sicofancia tampoco nació con ChatGPT ni con ninguna inteligencia artificial. Habita oficinas donde nadie contradice al jefe; familias donde cuestionar provoca pleitos; aulas donde se responde aquello que el profesor espera; espacios públicos donde disentir tiene costos.

La tecnología únicamente consiguió automatizar una debilidad profundamente humana: preferimos la aprobación a la incomodidad de estar equivocados.

Ahí está la rudeza necesaria.

El peligro no consiste solamente en que una máquina aprenda demasiado de nosotros; comienza cuando descubre exactamente qué necesitamos escuchar para mantenernos satisfechos.

Por eso necesitamos cambiar también la manera de preguntarle.

En casa y en las aulas tendremos que incorporar esta alfabetización. Saber utilizar inteligencia artificial ya no puede reducirse a escribir buenos prompts; también exige aprender a detectar cuándo una respuesta nos informa y cuándo simplemente nos acaricia el argumento.

Podemos comenzar mañana.

Ante una decisión importante, pidámosle a la inteligencia artificial que intente demostrar que estamos equivocados; revisemos las fuentes que entregue y contrastemos aquello que pueda cambiar una decisión.

Hagamos algo todavía más difícil: busquemos una persona capaz de contradecirnos. Escuchemos antes de defendernos; porque quizá la inteligencia artificial no necesite aprender a discutir mejor con nosotros.

Quizá nosotros necesitemos reaprender a soportar que alguien nos diga que no tenemos razón.

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