Ha concluido una etapa importante en el proceso democrático de Morena con la definición de las y los 17 coordinadores estatales para la defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional. Hubo competencia entre proyectos distintos y diversos, con personas que apoyaron opciones diferentes. Eso es absolutamente normal en cualquier partido democrático.

Morena no nació como un bloque homogéneo. Desde su origen fue integrado por personas con trayectorias, liderazgos, aspiraciones y proyectos distintos. De hecho, esa diversidad es, en gran parte, la fortaleza que ha llevado al movimiento a tener un crecimiento tan importante en tan poco tiempo. Eso también es una señal de que las diferencias internas son inevitables, pero, si se pone por delante el bien colectivo, no deben convertirse en un obstáculo para seguir construyendo un país transformado.

La competencia interna no debe confundirse con aspiraciones personales que generen rupturas. En un movimiento tan amplio como en el que transitamos, es normal que existan diferentes aspiraciones, pero el movimiento no puede convertirse únicamente en un vehículo para ambiciones individuales. Esa condición es necesaria para consolidar la transformación y es también la mejor manera de evitar que las diferencias entre visiones y proyectos terminen convirtiéndose en crisis.

El reto que tenemos como partido y como movimiento es mantener la unidad después de haber terminado la competencia. Durante la definición interna, cada grupo defiende una opción, pero la pregunta más importante es: ¿cómo integramos a quienes apoyaron alternativas distintas? Eso tiene una respuesta simple: con generosidad política.

No debemos confundir la unidad con la uniformidad, porque estar unidos no implica pensar exactamente igual; tampoco significa renunciar a la manera en que creemos que deben hacerse las cosas. La unidad que requerimos es aquella que se construye a partir de conservar objetivos comunes a pesar de los desacuerdos.

En ese sentido, la debilidad e incluso la desaparición de los movimientos sociales no ocurre necesariamente por las diferentes formas de pensar, sino por la incapacidad para procesar correctamente la diversidad. Los desacuerdos son inevitables en los grupos sociales, pero convertirlos en fracturas es una decisión netamente política.

La responsabilidad de fomentar la unidad no se basa solamente en que quienes no fueron favorecidos acepten el resultado. Es necesario también que quienes obtuvieron una posición de liderazgo escuchen a los demás, integren propuestas y, sobre todo, dejen de lado la postura de vencedores y vencidos.

Quienes no ganan también conservan un papel político y, por ello, no deben ser excluidos. Existen tareas, espacios y causas por las que es necesario seguir participando activamente.

En el tiempo que he participado en la vida pública, me ha quedado claro que es necesario saber competir, pero también saber reencontrarse. Todos tenemos derecho a tener una visión de las cosas y a competir legítimamente por llevarla a cabo, pero también es cierto que debemos reconstruir acuerdos después de que la competencia termine, porque, cuando distintas visiones conviven dentro de una agrupación social, se amplía nuestra manera de entender la realidad y, con ello, también aumentan las opciones para solucionar los problemas.

Por lo anterior, se puede concluir que la verdadera unidad se cristaliza después de las definiciones, no antes. La verdadera prueba sobreviene cuando algunos obtienen el resultado esperado y otros no; pero también es entonces cuando debe mostrarse la generosidad entre unos y otros porque, a final de cuentas, la sociedad espera resultados, no pleitos internos.

La diversidad es lo que permitió crecer a Morena y también puede ayudarle a gobernar mejor. México, el estado de Chihuahua y nuestra querida frontera no pueden perder el tiempo en conflictos internos, menos aún cuando existen retos tan importantes en materia de seguridad, servicios, infraestructura, bienestar y desarrollo.

Las personas son importantes para cualquier proyecto político, pero ningún proyecto de nación puede depender exclusivamente de nombres. La verdadera fortaleza está en saber competir, procesar las diferencias y, después, volver a construir juntos.

Porque la transformación debe estar siempre por encima de cualquier aspiración personal.