Si en la historia de los partidos político de México, revisáramos las características psicosociales y sociopolíticas plasmados en la trayectoria de cada uno de los mismos, se revelarían los diversos factores que han orientado a los diferentes sectores o grupos políticos a revalorizar las tendencias ideológicas y conductas políticas como modelos de participación local, nacional e internacional.
En esta ocasión, intentaremos describir, lo más objetivamente posible a uno de los frentes de derecha, ‘neoconservadores’ o NEOPORFIRISTAS, que desde sus orígenes (1939) ha venido actuando como la oposición más recalcitrante al régimen político ‘oficial’ o de Estado, en turno: El Partido Acción Nacional (PAN), que desde que se afianzó como sustituto de la Unión Nacional Sinarquista (UNS) o NAZIRQUISTA —como la caracterizó Mario Gil—, en que se abrió a la luz pública, ha presentado rasgos muy específicos que conforman su esencia política e ideológica. Así, a la sazón, en sus casi cuarenta años de existencia y pocos éxitos políticos, proclamándose como luchador permanente en favor de las libertades individuales; opositor tradicional de ciertas políticas gubernamentales; principios doctrinales identificables con la doctrina social “cristiana”, generador de contenidos ideológicos pero poco activo en planteamientos programáticos; amplia comunicación interna; con una práctica permanente de moralización ante las cuestiones políticas, subrayando su invariable actitud crítica ante el gobierno y de integración de una CONCIENCIA NACIONAL, pero omitiendo su papel de oposición en la lucha para obtener el poder. En ese entonces, una nueva orientación aparece en la postura del PAN. Por un lado, mostró su apego a sus principios rectores: el bien común, el derecho a la propiedad, las libertades individuales, los derechos de la familia, rechazo a los libros de texto gratuitos, etc. Sin embargo, la aplicación programática de sus objetivos permaneció inadecuadamente, al basarse en los errores o cambios generados en las políticas del gobierno en turno. El comportamiento del PAN parecía girar en función de una imagen de total independencia de cualquier persona u organismo; no obstante, resultó incongruente verlo como un real partido autónomo, en virtud de que, para la observancia de sus políticas, se basaba en las propias acciones del gobierno; mostrando, según ellos, su desacuerdo con el partido en el poder. Ahora bien, el PAN insistió y ha insistido en su autonomía respecto a su acción política, sin lograr sustraerse de la influencia del Estado y de grupos “democristianos” y/o clericales en lo tocante a sus planteamientos ideológicos y programáticos. De hecho, el PAN, a lo largo de su historia, se ha manejado acorde al carácter ELITISTA, debido a que su interés no se ubica principalmente en aglutinar sectores o grupos sociales diferenciados, sino a individuos de convicción ‘moral’ profunda que apoyen las bases ideológicas del blanquiazul. Siempre ha evidenciado ser una institución política que defiende los intereses de una minoría inconforme con las ‘limitaciones’ a las prácticas religiosas y educativas que marca el LAICISMO CONSTITUCIONAL y con las MODALIDADES de la democracia mexicana. De tal manera, el PAN ha sostenido férreamente un conjunto de principios rectores de las derechas. Además, se apoya en una fuerza de base que es minoría, en una élite moral de convencidos, con una relativa independencia de su extracción socio-económica y, contra lo que se crea, no es muy probable un cambio en sus lineamientos en razón de las presiones de algún sector. Su carácter de élite, clasista, se detecta también en el hecho de que, desde sus orígenes, manifiesta una tendencia a incorporar en su seno a los residuos de las clases medias, que fueron creciendo en el contexto social precedente a la Revolución, ligados y controlados por la oligarquía porfirista. A simple vista se entiende que Acción Nacional se constituye como un partido político. Empero, pese a que muestra la imagen de un partido de oposición que promueve la inclusión de algunos de sus miembros en los órganos de poder, jerarquizo en primer lugar y por un tiempo, la formación de una ‘conciencia ciudadana’ y la formación de una opinión pública que sirva permanentemente de presión contra el régimen en la toma de decisiones políticas y económicas. En ese tenor, el PAN se vio obligado a planear sus futuros caminos para la participación pública, que tuvo que adoptar en el juego real e insoslayable de la política mexicana por la conquista del poder público gubernamental. Especialmente a raíz de la escisión ocurrida en 1976, que se agudizó con la llegada de Abel Vivencio Tovar a la jefatura nacional y la inminente salida de distinguidos miembros del blanquiazul, Efraín González Morfín y otros, en 1978-79. Se opinó en los ochenta, que la labor que debe desarrollar el PAN como institución política dependerá de que se aparte o se apegue a sus lineamientos y principios originales, tenga mayores posibilidades de TOMAR EL PODER y represente una OPOSICIÓN AUTÉNTICA. O seguirá enfrentando el riesgo de la división interna o el mantenimiento de la UNIDAD. División o desmembramiento que sobrevendrá si persisten las diferencias entre quienes quieren preservar sus objetivos tradicionales y morales y aquellos que optan por el CAMBIO en sus estructuras en un afán de acercarse a la disputa radical, verdadera, por la toma del poder. Y sí, llegó hasta el poder presidencial durante los sexenios de: FOX 2000-2006 y CALDERÓN 2006-2012; desaprovechando evidentemente esa CELESTIAL OPORTUNIDAD, sin haber llevado a la práctica el BIEN COMÚN (pregonado también, por Hitler y Mussolini) en perjuicio de la clase trabajadora urbana y rural. Provocando, además, hasta el presente: la tangible pérdida de la inmensa mayoría de su militancia activa y pasiva; así como de sus muy pocos “simpatizantes”.