En los primeros de octubre, la zozobra comenzó a desbordarse entre la tripulación: tras largas semanas de navegación, no se avistaba tierra en el horizonte. Ellos, aprovechaban la densa noche para murmurar en secreto.

- “¡A la mar esta misma noche!, y al regresar diremos que cayó accidentalmente".

“Con deshacerse del extranjero, se podía ser vuelta atrás hacia España. No había más obstáculo que él”, narra Salvador de Madariaga. La cuerda que los unía, se rompía.

Cristobal Colón, consciente de la fragilidad de su posición, se encomendaba a Dios, los animaba y “reía con ellos llorándole el corazón», relata Fray Bartolome de las Casas. Pero, nada calmaba el miedo de la tripulación.

En los últimos días, los nubarrones oscurecían la travesía. Las naves cruzaron a una región con distinta declinación magnética, la brújula se desviaba y confundía la orientación. Además, la aparición de extensas balsas de sargazo eran trampas silenciosas que ponían en peligro de encallar sobre arrecifes.

Cada mañana se desvanecía la esperanza y encendían frustraciones. Al alba, mientras rezaban para tener fuerza y cobijo en medio del inmenso océano, emergía en el horizonte el sol blanco y brillante. Luego Colón, astutamente anunciaba una cifra menor de las leguas recorridas, pues la cifra real alarmaría aún más a los marinos. Era terco, sí, pero suave en la forma; Martín Alonso Pinzón, capitán de la Pinta, no lo era. Militar, hombre de mano dura, echado a mandar, reportó a Colón un inminente motín. Luego, valiente, encaró a los sediciosos y amenazó con ahorcarlos. Así, a base de espada, dio un respiro al viaje y salvó la empresa.

Samuel E Morison describe a Colón con un instinto naútico excepcional -seamanship-, un hombre moderno y el marinero más grande de todos los tiempos con temple de acero.

Cristobal Colón, al dirigirse al poniente desconocido, dio un salto al vacío. El valiente va más allá de lo conocido, no le atemoriza lo inexplorado. Su espíritu perseverante, acrisolado por una fe ciega en su misión rayaba en lo irracional.

El principio escolástico afirma que “los nombres deben convenir a las cosas”. El nombre Cristobal Colón deriva del latín “Chisto-ferres” que significa portador de cristo; y “Colom”, paloma -mensajero-. Sería pues él el instrumento que lleva la gracia del Espíritu a un nuevo mundo, como lo narra su hijo, Fernando Colón.

Colón era el Capitán General de la armada y tenía el mando supremo de la flotilla: dos carabelas: la Pinta y la Niña, y la nao Santa María. Sentía profundamente su misión en la batalla que libraba el Occidente -liderado por los reinos de Castilla y Aragón-, contra el Imperio otomano -enemigo final que había cerrado la ruta de la seda-. La voz interior del ferviente genovés, le pedía encarar su destino y desafiar al mar tenebroso para unir nuevamente al mundo.

Medio siglo antes, con la caída de Constantinopla, el mundo cristiano perdió terreno y él sentía que era su deber reconquistarlo.

Era prioritario llegar a la isla Cipango (Japón), como lo había denominado Marco Polo, y a la gran tierra de Catay (China). Adentrarse al Asia para llegar al monarca Mongol y unificar fuerzas para rescatar Constantinopla. ¡Una cruzada pero en el siglo XV! Colón era un embajador; cargaba credenciales diplomáticas de los Reyes Católicos para el Gran Kan para hacerlo aliado de los planes. El intrépido marino nunca se percató que había un continente en medio.

Colón vivió catorce años en Portugal, los cuales aprovecho para perfeccionar sus estudios cosmográficos, hasta que, en 1485, su propuesta de viaje fue rechazada por el rey Juan II, pues la ruta portuguesa era bordear África.

Perseverante, Colón se trasladó a España, allí pasó siete años promoviendo su viaje. En 1490, expuso ante una comisión de doctores de la Universidad de Salamanca, presidida por el confesor de la reina Isabel de Castilla, Hernando de Talavera. Esta comisión decidiría la viabilidad, técnica y cosmográfica, del viaje a Catay y Cypango navegando hacia el poniente -donde se pone el sol-.

El dictamen rechazó la propuesta de Colón por ser incierto e imposible. Afirmaban que el océano era infinitamente más extenso y que Colón había subestimado gravemente el tamaño de la Tierra. En esto no se equivocaban.

El reto del largo viaje era agua y víveres. La comida básica consistía en bizcocho -masa de harina y sal, dura como una piedra-, vino, vinagre y tocino salado. A pesar de su doble cocción, la humedad en bodegas terminaba "lleno de gusanos, de modo que muchos no lo comían sino de noche, por no ver las inmundicias que tenía”, narra Fernando Colón sobre el cuarto viaje.

La reina Isabel fue convencida por el circulo de Franciscanos que conocieron estrechamente a Colón porque en su convento de La Rábida alojaron a su hijo Diego, mientras él genovés lidiaba entre la nobleza para ser escuchado.

Fueron años de obstáculos burocráticos, de lidiar con astrónomos, de vivir de caridad y de entrega ciega a su misión, con espíritu quijotesco.

Su fe inquebrantable, nutría su brío y terquedad. Todos los días iba allá de sus fuerzas, empujaba su ánimo. En las noches, cantaba en compañía de su tripulación el “Regina Caeli”; él, hincado, encorvado, cerraba con fuerza los ojos con devoción hasta endurecer su arrugada frente; a su lado, los marineros, oraban con fervor por un milagro al sentir que no volverían a su casa.

Luego, en soledad, analizaba cuidadosamente la posición de las estrellas con su astrolabio y cuadrante. Sus hombros cargaban el temor de todos; el insomnio -dos horas de sueño en días críticos- empezaba a mermar su vista y su salud.

Otro día más de angustia.

En la mañana del lunes 7 de octubre, tomó el timón y cambió de rumbo para seguir el vuelo de las aves.

El jueves 11, la esperanza apareció. Desde la Santa María vieron un junco verde recién cortado y la Santa María un palo labrado, señal irrefutable de cercanía de tierra.

Aquella noche, Colón prometió regalar un jubón de seda a quien viese tierra primero, sumado a la renta anual de 10 mil maravedís prometida por la reina Isabel.

Finalmente, se avistó la luz de recalada más importante en la historía de la humanidad. A las dos de la madrugada del viernes 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana, desde la proa de la Pinta, divisó la costa a unas dos leguas de distancia.

La Pinta disparó inmediatamente un tiro de artillería e izó las banderas; se desbordó la alegría, lágrimas y oraciones de agradecimiento, y abrazos apretados.

Al amanecer, las tres naves fondearon a la isla de Guanahaní -bautizada por Colón como San Salvador, pues el nombre así convenía-. Los cálculos de los sabios de Salamanca sobre la distancia eran verídicos. A pesar del error de cálculo, lo grandioso del viaje y el mérito del Almirante de las nuevas tierras era mucho mayor: había descubierto un enorme continente medio del inmenso mar.

Colón encarnó el genio que lee su tiempo, y al hombre valiente que enfrenta lo desconocido con tenacidad; ambas, condiciones absolutamente necesarias para aquellos que cambian la historia.

ACLARACIÓN HISTÓRICA

La deliberación de los doctores de Salamanca nunca debatió si la Tierra era plana o esférica. No existe ninguna fuente histórica que lo afirme. La comisión sabía que la Tierra era una esfera, lo fundamentaban en: la sombra de los eclipses y la variación de las constelaciones y clima.

La discrepancia era estrictamente matemática, sobre el diámetro del planeta y, por ende, la distancia por oeste entre Europa y Asia.

Los doctores tenían parte de verdad: sin la presencia del continente americano, ningún barco, en esas condiciones, habría podido cubrir la distancia hasta (Cipango) Japón.

Aristóteles, siglo IV a. C. “En los eclipses su límite es siempre convexo, de modo que, si es eclipsada por causa de la interposición de la Tierra, la causa de la forma ha de ser la circunferencia de la Tierra, siendo esta esférica”.

Eratóstenes, siglo III a. C. Comprobó lo esférico de la tierra, izo el calculo más exacto de su diámetro 39,690, respecto a 40,075 que es el exacto. Colón tomó como base solo 30,000 kilómetros.

San Agustín de Hipona, siglo IV d. C. “No prestan atención a que, aunque el mundo tenga una forma esférica y redonda (sphaericum et rotundum)”.