Cuando un niño pregunta ¿Qué es esto?, está poniendo a trabajar la facultad más importante que tenemos: el entendimiento, también conocido como “inteligencia” que viene del latín “intus legere”, que significa “leer por dentro”. Cuando conoce no se conforma con el color, el tamaño o el olor de las cosas, quiere llegar a lo que son. Por eso vemos un perro, pero entendemos qué es un perro.

Ver no es lo mismo que entender. Los ojos ven, captan la luz y figuras; con ellos la imaginación forma una imagen y la guarda. Pero la imagen siempre es de algo concreto: este perro, aquí y ahora, es decir, kira, rocky, káiser. La idea, en cambio, es universal: la palabra “perro” sirve para el chihuahueño de la vecina y para todos los perros que han existido. Además, pensamos cosas de las que no hay imagen posible: la justicia, la amistad, la verdad o el número cero(1). Nadie ha fotografiado la bondad, y sin embargo sabemos reconocerla. Ningún animal, por listo que sea, se pregunta qué es la justicia.

Los filósofos clásicos con vigencia actual, distinguen tres operaciones del entendimiento (2):

1. La aprehensión: captamos lo que algo es y formamos la idea, sin afirmar ni negar nada. Simplemente pensamos “árbol” o “madre”.

2. El juicio: con esta operación unimos o separamos ideas al decir que algo es o no es. El perico es ave”, “una persona grosera no es confiable”. Aquí aparece la verdad o el error, porque comparamos lo que pensamos con lo que es. Por eso se dice que una persona sabia es la que juzga bien.

3. El raciocinio encadena juicios para llegar a una verdad nueva. “El perro es animal”; “todos los animales mueren; luego, el perro muere”. Es lo que hace la mamá que, al ver nublado y sentir el aire frío, concluye que conviene meter la ropa del tendedero.

Un mismo entendimiento tiene dos usos: la razón teórica, que busca conocer la verdad, y la razón práctica, que dirige nuestras acciones hacia el bien (2). La primera pregunta ¿qué es?; la segunda, ¿qué debo hacer?.

El ojo no se ve a sí mismo. Hay algo curioso: el ojo ve los colores, pero no ve su propia visión. En cambio, la inteligencia puede volver sobre sí misma y pensar en lo que está pensando. Esa capacidad de reflexión, junto con las ideas universales, es la razón por la que los filósofos afirman que el entendimiento es una facultad espiritual (1).

Esto no significa que el cuerpo no importe. Necesitamos el cerebro y los sentidos para pensar: “nada hay en el entendimiento que no haya pasado antes por los sentidos” (2). El cuerpo es condición para pensar, pero el acto de entender no es algo material.

Bueno ¿Y qué tiene que ver con nuestra forma de ser? Pues bastante. Todos nacemos con un temperamento, una inclinación genética heredada por nuestros padres: hay quien es más optimista, como el sanguíneo; más tranquilo, como el flemático; más enérgico, como el colérico; o más inclinado a la tristeza, como el melancólico (3). Con eso nacemos, no lo escogemos.

Sobre esa base se forma el carácter, nuestro modo moral de ser, moldeado por la familia, la escuela y, sobre todo por el entendimiento y la voluntad. Tener carácter es tener una voluntad firme y constante (4), y por eso el carácter se puede educar y corregir.

Después viene la personalidad: los hábitos que, con nuestras decisiones libres, nos distinguen de los demás. Es una obra que nunca termina. Y debajo de todo está la persona, el sujeto que sostiene temperamento, carácter y personalidad (5). La personalidad se construye; la persona no se fabrica: se es persona.

Así, si el entendimiento sirve para leer por dentro, vale la pena usarlo: preguntar, distinguir, juzgar con cuidado y razonar antes de decidir. No para ser más listos que los demás, sino para ser mejores personas. Al final, quien piensa y decide apropiadamente tiene más posibilidades de vivir bien y en paz.

(1) Verneaux, R. Filosofía del hombre.

(2) García, J. Á. Antropología filosófica.

(3) Brennan, R. Psicología general.

(4) Jolivet, R. Curso de filosofía.

(5) Echavarría, M. Persona y personalidad. Espíritu.