El Premio Nobel de Literatura tiende a ser un galardón caprichoso. Y cuando uso la palabra “caprichoso”, no lo digo en mal sentido; el Nobel no debe ser un premio a la popularidad o al número de ejemplares vendidos. La Academia Sueca lo otorga después de considerar la opinión de sus integrantes, quienes durante cuatro meses leen la obra y revisan la trayectoria de los cinco finalistas.
Desde que tengo memoria, creo que las únicas veces que el Nobel de Literatura no causó sorpresa alguna fueron los casos de Mario Vargas Llosa (2010) y, en su momento, José Saramago (1998). Cuando digo que no hubo sorpresa, me refiero a que no la hubo para mí, pues al momento de otorgarse el galardón ya había leído algo de ellos. Siendo lector en español, era lógico que hubiera leído a Vargas Llosa (casi tan lógico como que él ganara el premio) y a Saramago, cuya obra fue traducida al castellano en gran medida por su esposa, Pilar del Río.
Sin embargo, salvo estas grandes excepciones, el Premio Nobel de Literatura regularmente causa sorpresa. Fue sorpresivo para muchos que Bob Dylan lo ganara en 2016, cuando la Academia decidió otorgarlo por “ser el creador de una expresión poética en la música norteamericana”. Nunca se había otorgado a un músico, y eso fue lo que decidieron los expertos.
Igualmente, desde siempre recuerdo que han sido mencionados como candidatos y “favoritos” para ganarlo el checo Milan Kundera, el español Javier Marías (ambos ya fallecidos) y el japonés Haruki Murakami. En el caso de Kundera, su obra literaria es vasta y entre sus grandes obras se incluyen “La insoportable levedad del ser” y “La inmortalidad”. Sin embargo, en lo personal, el libro de Kundera que más me ha gustado es “La despedida” (The Farewell Waltz). Si bien la mayoría de las obras más recientes de Kundera fueron escritas en francés, “La despedida” (que no es reciente) fue escrita en checo, la lengua materna del autor, y el idioma en el que escribía al principio de su carrera.
Por otro lado, Javier Marías murió sin recibir el Nobel de Literatura. Como bien dijo Arturo Pérez-Reverte (íntimo amigo de Marías): “Que Javier Marías haya muerto sin el premio Nobel le quita mucha categoría al premio Nobel”. El trabajo literario de Marías es enorme, pero no fue considerado por la Academia. En este sentido, utilizo nuevamente la palabra “caprichoso”, ahora en su acepción negativa, porque, desde mi perspectiva, Marías era merecedor del galardón. Miembro de la Real Academia Española, escritor, traductor y editorialista, fungió como profesor en Oxford y en la Universidad Complutense de Madrid, y nos legó novelas como “Mañana en la batalla piensa en mí”, “Corazón tan blanco” y “Tomás Nevinson”. Además, cada domingo nos deleitaba con un artículo (regularmente crítico) en el diario español El País.
En el caso de Mario Vargas Llosa (escritor a quien ya le he dedicado algunos de los espacios que me publican en esta casa editora), cuando recibió el Nobel de Literatura en 2010, ya era un escritor consagrado. Su trayectoria literaria incluía diversos premios, como el Premio Cervantes y el Premio Príncipe de Asturias, entre otros. Al ser uno de los principales íconos del Boom latinoamericano, era más que merecedor de ese premio. En su momento, la Academia Sueca determinó otorgárselo “por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo”. Creo que la descripción encuadra perfectamente en el perfil literario de Vargas Llosa, pues muchas de sus obras se ubican en la América Latina del caudillo o del dictador.
Dentro de su extensa obra, Vargas Llosa siempre dijo que, si tuviera que rescatar del fuego una sola de ellas, sería “Conversación en La Catedral”. Considero que dicho libro es complejo, pues utiliza su técnica de “vasos comunicantes”, en la que se entrelazan dos conversaciones entre distintos personajes, o en distintos tiempos, de modo que parecen una sola conversación en tiempo real. En lo personal, considero otras obras, como “La fiesta del Chivo”, “Travesuras de la niña mala” o “El sueño del celta”, mis favoritas del escritor peruano.
Ahora, en días recientes, el Premio Nobel de Literatura fue concedido a Anne Carson, escritora, poeta, traductora y académica canadiense. Como ha sucedido con la mayoría de los galardonados recientes, no recuerdo haber escuchado jamás de Anne Carson. Sin embargo, al leer un poco sobre su trayectoria, me doy cuenta de que ni Princeton ni McGill (dos de las universidades más reconocidas del mundo) apostaron por la carrera de Carson. Princeton le negó una plaza como profesora de tiempo completo, y McGill cerró el Departamento de Literatura Clásica, que Carson dirigía. Ahora, en cuanto la Academia premió a Carson, ambas universidades publicaron sendas felicitaciones. Supongo que deben de haberse arrepentido de no haber acogido a la escritora canadiense.
Por irónico que pueda sonar, el Gobierno de Coahuila sí creyó en Carson. En 2023 le entregó el Premio Internacional Manuel Acuña y, además, la invitó a la Feria del Libro de Coahuila.
La trayectoria de Anne Carson incluye un énfasis en los clásicos griegos, además de historia literaria y diversas traducciones del latín al inglés. En su faceta de ensayista, ha escrito sobre temas tan diversos como el alzhéimer (enfermedad que padecía su padre) o incluso un concierto de Rosalía, la cantante española. “Tengo resaca de Rosalía”, dice su ensayo, en el que refiere que el arte de Rosalía es “prodigioso”. En lo personal, no me llama la atención la música de Rosalía, pero después de leer lo que Carson dijo sobre ella, creo que me daré la oportunidad de escuchar nuevamente a la catalana.
Como sucede siempre que un escritor recibe este premio, sus libros han desaparecido de las librerías. En este caso, buscaré algunas de sus obras para leer un poco de la fructífera trayectoria de Anne Carson, y en próximas entregas hablaré de su trabajo.
