En la actualidad, cuando se aborda la política, y especialmente durante las elecciones, el debate suele reducirse a la confrontación entre dos grandes posturas con las que se pretende convencer al ciudadano y conquistar el poder: la izquierda y la derecha.
Por desgracia, las posiciones que los contendientes presentan como su centro ideológico muchas veces terminan siendo más retórica que una explicación realista de las políticas públicas que deberán aplicar durante su gestión.
Los términos izquierda y derecha tienen su origen en la Revolución Francesa de 1789. Durante las reuniones de la Asamblea Nacional Constituyente, los diputados comenzaron a ocupar distintos lugares dentro de la sala de acuerdo con sus posiciones políticas.
Quienes se sentaban a la derecha del presidente tendían a ser favorables a conservar la monarquía, las tradiciones y el orden existente. Quienes se ubicaban a la izquierda eran, en términos generales, más partidarios de limitar el poder del rey y realizar transformaciones políticas y sociales.
Al principio, izquierda y derecha eran literalmente dos lugares dentro de una sala. Con el tiempo, esas posiciones físicas se convirtieron en etiquetas políticas. La derecha quedó asociada con la tradición, el orden y la autoridad; la izquierda, con las reformas, la igualdad y los cambios sociales. Pero los significados han cambiado. Lo que significaba ser de izquierda o de derecha en la Francia de 1789 no es exactamente lo mismo que significa hoy.
El problema es que actualmente pretendemos explicar la complejidad política utilizando etiquetas demasiado sencillas. Se dice que los marxistas son “rojos”, que los conservadores son enemigos del cambio, que la derecha representa la democracia o que la izquierda representa necesariamente la justicia social y la soberanía.
Imaginemos a una persona que quiere que el Estado cobre impuestos elevados y proporcione servicios públicos gratuitos, pero que al mismo tiempo defiende la libertad individual. Quiere conservar determinadas tradiciones familiares, pero también reconocer nuevas formas de convivencia. Además, quiere un gobierno fuerte para combatir el crimen, pero que intervenga lo menos posible en la economía.
¿Es de izquierda o de derecha? La respuesta más honesta sería: depende del tema.
Ahí está el problema de las etiquetas. Intentamos meter todas las ideas de una persona dentro de una sola categoría, como si la política tuviera únicamente dos compartimentos. En México hemos llevado esa simplificación todavía más lejos con expresiones como “chairos”, “fifís”, “conservadores” y “liberales”, que con frecuencia sirven más para descalificar al adversario que para comprender sus ideas. Para muestra un botón, actualmente observamos a quienes se dicen de derecha, promoviendo revoluciones dentro de sus mismos partidos políticos, revelándose contra la línea y eso sería muy “chairo; por otro lado, observamos a quienes se dicen de izquierda, imponiendo su poder sobre el resto, imponiendo reformas y limitando derechos, eso no se ve muy liberal.
Gobernar, sin embargo, es bastante más complicado que pronunciar un buen eslogan. Un Estado moderno debería preocuparse menos por demostrar que pertenece a una corriente ideológica y más por conseguir que sus ciudadanos puedan vivir con seguridad, tranquilidad, libertad y dignidad. Esto resulta evidente cuando hablamos de dos asuntos fundamentales para cualquier país: la economía y la justicia.
La economía no puede funcionar a partir de etiquetas. Necesita crecimiento, empleo, inversión, estabilidad y reglas claras. La justicia tampoco puede funcionar a partir de ellas. Un juez no debería preguntarse si una decisión es de izquierda o de derecha, sino qué dicen la Constitución, las leyes y los hechos del caso; aunque hoy por hoy, esto último es lo menos visto.
La historia mexicana ofrece ejemplos de lo absurdo que puede resultar mirar el pasado con las etiquetas políticas del presente. Benito Juárez es recordado como una figura central del liberalismo mexicano, de la República y de la soberanía nacional. Sin embargo, su propia historia resulta más compleja que cualquier consigna.
En 1853, por su oposición a Antonio López de Santa Anna, Juárez fue encarcelado y posteriormente desterrado. Pasó por La Habana y terminó en Nueva Orleans, Estados Unidos, si, ese país, donde convivió con otros liberales mexicanos y trabajó para sobrevivir enrollando tabaco. Desde allí mantuvo vínculos con el movimiento liberal y posteriormente regresó a México para incorporarse a la Revolución de Ayutla.
La anécdota no disminuye su importancia histórica. Al contrario, demuestra lo absurdo que puede ser intentar explicar la historia utilizando únicamente las consignas políticas del presente.
Lo mismo ocurre hoy. Desde un lado se habla de libertad, pero en determinadas circunstancias se defienden restricciones a derechos. Desde el otro se habla de soberanía, mientras al mismo tiempo se participa activamente en relaciones y organismos internacionales. Tener posiciones diferentes sobre distintos asuntos no es una contradicción. La contradicción aparece cuando los principios cambian dependiendo de quién tenga el poder.
En su obra Derecha e izquierda (1994), el filósofo y jurista italiano Norberto Bobbio defiende que la distinción entre ambas sigue estando vigente y no ha desaparecido. Para él, el criterio fundamental que las divide es la actitud frente a la igualdad, la “derecha” y la “izquierda” no son ideales estáticos, sino contenedores cuyos contenidos cambian con el tiempo. Sin embargo, la diferencia siempre existirá porque se basa en una inclinación filosófica eterna: quienes teóricamente priorizan mitigar las desigualdades (izquierda) frente a quienes valoran preservar las diferencias y el orden (derecha)
Quizá el verdadero problema no sea que existan izquierda y derecha. El problema es que, con demasiada frecuencia, la etiqueta termina siendo más importante que la idea y la consigna más importante que el resultado. Al final, unos gritan “¡izquierda!”, otros responden “¡derecha!”, unos llaman “chairos” a los otros y los otros llaman “fifís” a los primeros.
Y mientras todos discuten en qué lado de la sala deben sentarse, nadie parece tener tiempo para preguntar si la sala funciona.
