Quince años pueden ser muy pocos en la vida política de una nación; sin embargo, en la Cuarta Transformación han tenido un impacto decisivo en la vida de nuestro país. Hoy, a 15 años de distancia del inicio del movimiento que encabezó Andrés Manuel López Obrador, es necesario poner en el contexto adecuado el valor que Morena
ha tenido en el desarrollo del sistema democrático mexicano. Morena no es un partido que nació y posteriormente construyó un movimiento alrededor de sí mismo; de hecho, fue al revés: primero existió como movimiento social y, después, ese movimiento se institucionalizó como un partido político que ha servido como instrumento para disputar electoralmente el poder. Por eso es que los partidos tradicionales no terminan de entender que el movimiento no es una estructura subordinada al partido, sino que el partido se nutre de él. Esto no puede considerarse como un simple detalle histórico, porque la naturaleza del movimiento se explica en la construcción de una organización que tuvo su origen en las plazas, los recorridos, las asambleas y, sobre todo, en la participación ciudadana. En Morena, el movimiento es la esencia y el partido es el instrumento que permite la competencia electoral, la postulación de candidatos, la organización de gobiernos y la participación dentro de las instituciones democráticas. Cuando el partido escucha al movimiento y se nutre de él, conserva su identidad; cuando se distancia, corre el riesgo de convertirse en un partido político como los demás. Desde su nacimiento, Morena ha desarrollado una fortaleza basada en construir los cambios de abajo hacia arriba. Su crecimiento no inició en oficinas partidistas ni con acuerdos entre las cúpulas políticas, sino en el contacto directo con ciudadanos, comunidades y organizaciones que se encontraban desamparados y en el olvido de los partidos políticos que dieron origen a sistemas de corrupción institucionalizada. Por eso existe un vínculo tan fuerte entre la sociedad y el movimiento. Andrés Manuel López Obrador logró convertir muchas inconformidades dispersas en un movimiento nacional. Su liderazgo fue fundamental, pero el fenómeno no puede explicarse únicamente a partir de una persona. Millones de ciudadanos hicieron suyo el proyecto y construyeron estructuras territoriales, redes sociales y formas de organización que posteriormente dieron sustento al partido. La militancia, los comités, las asambleas, el debate interno y la participación social son las fuentes de la orientación política de Morena. Los partidos políticos pueden organizarse durante los procesos electorales para triunfar; pero, para nosotros, es necesario mantener un vínculo permanente entre el movimiento y la sociedad para conservar la esencia que dio origen tanto al movimiento como al partido. La evolución natural de los movimientos sociales que se convierten en partidos puede presentar riesgos importantes. Uno de ellos es que el partido termine sustituyendo al movimiento. Por eso es necesario que las decisiones se construyan desde las bases sociales de Morena. Eso permitirá que el movimiento conserve la capacidad de orientar, cuestionar y exigir tanto a las estructuras partidistas como a los gobiernos. Todo forma parte de la política, pero la participación social no puede ser sustituida ni reducida a una estructura para movilizar votos. El objetivo de la Cuarta Transformación es que los resultados de gobierno regresen a la sociedad en forma de bienestar. Los programas sociales, el incremento de los ingresos, las políticas públicas y las transformaciones institucionales tienen sentido político cuando responden a demandas surgidas de la propia sociedad. El gobierno debe ser una expresión del movimiento y no una estructura separada de éste. Por eso es necesario entender que estos 15 años, además de servir para recordar el origen, también deben ayudar a definir el futuro. Morena ha demostrado que un movimiento social puede convertirse en una institución política que contribuya a la democracia; por eso ha ganado elecciones y hoy gobierna el país. El desafío ahora es demostrar que puede ejercer el poder sin dejar de ser movimiento.