Todos traemos puesta una máscara que nos ayudó a salir adelante. Y detrás de ella, dice Jung, cargamos una sombra: todo lo que no mostramos ni conocemos bien de nosotros mismos. Es una idea que me dejó un libro que leí el fin de semana: Realidad 0.0, Vuelve al origen, de César Suárez. Su propuesta es incómoda: en vez de seguir sumando cursos, credenciales y capas, hay momentos en que toca lo contrario. Quitar. Volver a lo esencial.
Pero hay dos formas de quitarse capas. Una es la que uno elige: preguntarte qué te sobra y soltarlo por tu cuenta; de esa trata el libro. La otra es la que te impone la vida, el mercado o la tecnología, sin pedirte permiso.
Pensando en esa segunda recordé al cartero que hace cuarenta años tocaba las puertas cada mañana, o al lechero que dejaba el litro en el portón antes de que amaneciera. A ellos nadie les preguntó si querían soltar su oficio: se los quitó el tiempo. Lo mismo vivieron los empresarios del outsourcing en México, que de la noche a la mañana tuvieron que reinventarse cuando en 2021 la ley les marcó el alto.
Hay máscaras que uno decide soltar. Hay otras que el mundo te quita sin preguntar.
En 2017, en la Cumbre de Gobiernos Mundiales en Dubái, le preguntaron a Elon Musk qué pasaría cuando la automatización volviera innecesario el trabajo humano. Dijo que el ingreso básico universal sería lo fácil; el verdadero reto sería cómo encontrará sentido la gente cuando ya no lo derive de su empleo. “Si no eres necesario, ¿cuál es el sentido?”, se preguntó. Casi diez años después, esa pregunta ya no es hipotética: la inteligencia artificial ya no solo responde; ejecuta, decide y actúa.
No es descabellado pensar que en los trámites rutinarios haya cada vez menos lugar para el abogado, que el médico comparta el diagnóstico de primer nivel con un algoritmo o que buena parte del trabajo del contador deje de necesitar manos humanas. No desaparecerán mañana, pero ese título, esa “ancla de identidad” que creíamos que nos daba valor por el simple hecho de tenerla, puede empezar a diluirse cuando el cliente se pregunte para qué pagarle al abogado si una IA le redacta el contrato en minutos. Y ahí corremos un riesgo mayor: sentir que lo que somos ya no sirve, que tantas horas de estudio fueron en vano. Creer que uno mismo dejó de tener sentido es el verdadero peligro.
Ese es el punto que quiero dejarte: practicar el despojo voluntario puede ser la mejor forma de prepararnos para el que nos van a imponer. Si mi valor como persona depende de la máscara —del “licenciado”, del “ingeniero”, del “doctor”—, cualquier amenaza a esa máscara se siente como una amenaza a mi existencia. Pero si ya practiqué distinguir entre quién soy y qué título cargo, la misma amenaza se vuelve simplemente un cambio de forma.
Sé lo que se siente ese miedo, porque ya lo viví. Después de más de catorce años en el área contable, me di cuenta de que no era lo mío. Pero ya tenía familia, hipoteca y un currículum que solo sabía decir una cosa: contabilidad. ¿Y ahora qué? Recuerdo esa sensación de que iba a defraudar a quienes me seguían llamando “el contador Luis Gutiérrez”. Quitarme esa etiqueta, aunque la hubiera elegido yo mismo, no fue nada fácil.
Con la IA, muchos viviremos algo parecido, pero sin elegirlo: ya no bastará con preguntarnos qué sabemos hacer, sino quién vamos a ser cuando la máquina haga lo que antes hacíamos. Ahora que la IA ya hace, nos toca enfocarnos en ser.
Como profesionistas y empresarios de pymes, este es el mejor momento para hacer el ejercicio, antes de que la crisis nos obligue a hacerlo de golpe. Yo me lo pregunté: si mañana cambiara aquello que hoy me da identidad y sustento, ¿qué quedaría de mí? Ahora te toca a ti: ¿qué de lo que haces es realmente insustituible, y qué es simplemente la capa que aprendiste a llevar puesta?
No propongo dejar de crecer ni de aprender. Propongo algo más difícil: aprender también a soltar, por adelantado, lo que tarde o temprano nos van a quitar.
El cartero de hace cuarenta años seguramente tuvo que reinventarse. Los que lo lograron no dejaron de ser quienes eran: solo dejaron de necesitar la bicicleta para saberlo. Bajarnos de la bicicleta también puede ser eso: dejar de correr, mirar hacia adentro sin miedo y recordar quiénes somos en realidad.
La máscara se puede caer. Lo que somos, no.
Luis Antonio Gutiérrez Salido
Empresario y presidente de Faceta Empresarial
@luisgpilar
