Un primer indicio proviene del comportamiento de los acuíferos que abastecen a la capital. La sostenibilidad hídrica de Chihuahua enfrenta un desafío creciente: en las últimas tres décadas, la expansión urbana y el aumento de temperaturas han incrementado el consumo de agua en aproximadamente un cuarenta por ciento por cada grado centígrado de calentamiento, lo que ha acelerado el agotamiento de los tres principales acuíferos de la ciudad. Lo paradójico es que, en ese mismo periodo, los registros muestran que los eventos de precipitación extrema se han vuelto más frecuentes, mientras las temperaturas máximas también aumentan. Es decir, el agua llega con más violencia, pero el calor y la demanda la hacen menos aprovechable.

A escala estatal, el panorama es igualmente inquietante. Un estudio que analizó treinta series de precipitación en Chihuahua entre 1960 y 2022 encontró que el noventa por ciento de ellas muestra una tendencia descendente en la precipitación anual, con periodos húmedos más cortos y señales de un desplazamiento de las lluvias hacia los meses más fríos. Para un estado cuyo ciclo agrícola depende del monzón de verano, este corrimiento estacional puede ser tan dañino como la reducción misma del volumen de agua. Los autores del estudio sugieren considerar ajustes en las fechas de siembra de cultivos como maíz, frijol y avena para reducir el riesgo de pérdidas.

En el contexto regional del norte de México, los modelos climáticos de alta resolución anticipan una diferenciación espacial marcada. Hacia finales de este siglo, la precipitación media y los eventos extremos disminuirían al oeste de la Sierra Madre Occidental, mientras aumentarían al este, debilitando el gradiente pluviométrico que históricamente ha caracterizado la región. Más relevante aún para Chihuahua capital, se prevé que el monzón de Norteamérica comience más tarde, pero dure unas tres semanas más, y que la frecuencia de precipitaciones extremas se duplique en toda la zona. Esto significa que el calendario tradicional de lluvias puede volverse impredecible, con periodos secos más largos interrumpidos por aguaceros torrenciales.

El desafío para la gestión del agua en la ciudad radica en que debe atender simultáneamente ambos extremos. Por un lado, la sequía recurrente obliga a buscar nuevas fuentes y a reducir el consumo. Por otro, los episodios de humedad extrema ofrecen ventanas breves para capturar y almacenar agua. Investigaciones en la cuenca del río Conchos señalan que, desde la construcción de las presas, la presa Francisco I. Madero ha registrado veintiséis eventos de desbordamiento, lo que confirma que los periodos húmedos existen y pueden aprovecharse. La recomendación es no centrarse únicamente en la sequía, sino comprender también la regularidad de los eventos húmedos y utilizarlos para recarga de acuíferos o riego directo, integrando así una visión más completa de la gestión hídrica sostenible.

La dificultad de Chihuahua capital estriba en que su crecimiento urbano y su demanda de agua coinciden justamente con estas señales climáticas. Entre 1992 y 2020, la mancha urbana se expandió a un ritmo anual del siete punto cuatro por ciento, mientras los acuíferos que la sostienen se sobreexplotan por falta de recarga. Los patrones de lluvia están cambiando, y con ellos se desvanece la relativa estabilidad estacional que durante generaciones permitió planear la vida en el desierto. El futuro exige no solo eficiencia en el uso del agua, sino también una capacidad activa de capturar los excesos ocasionales y convertir ese golpe de agua en alivio para la sed prolongada. En Chihuahua, el clima ya no es el de antes, y la manera de habitarlo tendrá que dejar de serlo también.

Doctor en Ciencias Ambientales

anmartinez@uach.mx