En abril y mayo de este año, un grupo de 186 estudiantes de Psicología de la UACH entró a los salones de cuatro secundarias y dos escuelas de nivel medio superior de Chihuahua. Llevaban una invitación: contestar unos cuestionarios sobre el uso del celular, la ansiedad y la manera en que los jóvenes manejan sus emociones. Respondieron 1,068 estudiantes de entre 12 y 19 años. Esto encontramos, dicho en palabras sencillas:
De cada 100 estudiantes, 22 muestran dependencia al celular. No hablamos de quien lo usa mucho para la tarea o para comunicarse con su familia, sino de quien siente que no puede dejarlo: se pone de malas si no lo tiene cerca, pierde la noción del tiempo con él o lo revisa aunque esté en clase o comiendo.
También preguntamos por la ansiedad, esa preocupación constante que no deja dormir ni concentrarse. De cada 100 jóvenes, 34 presentan ansiedad por encima de lo esperado. Y de cada 100, 33 tienen dificultad para controlar sus emociones cuando algo les sale mal: se desesperan, se enojan con facilidad o les cuesta calmarse.
Lo más importante es que estas tres cosas suelen ir juntas. En los grupos analizados con detalle, casi nueve de cada diez jóvenes con dependencia al celular tenían problemas para manejar sus emociones. En cambio, entre quienes no dependen del aparato, ocho de cada diez estaban en un nivel saludable, y la mayoría tenía una ansiedad mínima. Esto no quiere decir que el celular, por sí solo, cause la ansiedad; puede ser al revés: el joven que se siente mal busca refugio en la pantalla. Pero sí nos dice que el celular y el estado de ánimo caminan de la mano.
Además, dos de cada tres jóvenes con dependencia son mujeres. Las aplicaciones más usadas son TikTok (74 %) e Instagram (68 %), muy por encima de WhatsApp o YouTube. Son aplicaciones de videos cortos y de imágenes que invitan a seguir deslizando el dedo sin fin y a compararse con los demás.
¿Qué significa todo esto para una familia? Que el celular no es el enemigo, pero tampoco es un juguete inofensivo. Aquí van algunos consejos sencillos:
Para mamás y papás: pongan horarios claros; por ejemplo, nada de celular en la mesa ni una hora antes de dormir, y que el aparato duerma fuera de la recámara. Pregunten con interés qué ven sus hijos y con quién platican, sin regañar. Y den el ejemplo: los hijos imitan lo que ven, no siempre lo que se les dice.
Para los estudiantes: activen el contador de tiempo de pantalla y pónganse un límite. Silencien las notificaciones mientras estudian. Y busquen actividades sin pantalla: deporte, música, leer un libro impreso, una plática con familiares o amigos en persona. Si sienten que no pueden dejar el celular o que la ansiedad no los deja en paz, díganlo; pedir ayuda es de valientes.
Para los maestros: pidan que el celular se guarde durante la clase y explíquenles el porqué. Estén atentos al alumno que se aísla, que está irritable o que ya no se concentra; puede estar pidiendo ayuda sin palabras.
Escuchar, platicar y acompañar sigue siendo la mejor medicina. Un joven que se siente escuchado en casa y en la escuela necesita menos refugiarse en una pantalla.
Este estudio fue posible gracias a 186 estudiantes de Psicología de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UACH, que aplicaron los cuestionarios y a quienes agradecemos; felicitamos en especial a los investigadores junior: Briana Muñoz, Edgar Reyes, Esmeralda Orona, Sofía González, Erick Gill, Victoria Grado, Jesús Vázquez, Yaretzi Goné, Natalia Campos, Arless Molinar, y Andrea Holguín, asesorados por los maestros investigadores Alejandra Pérez, Mario Valdez, Julio Robles y Jesús Guerrero. Gracias también a las escuelas, a sus maestros y, sobre todo, a los estudiantes de las escuelas participantes que con gusto nos regalaron su tiempo y su sinceridad.
Referencia: Presentación de resultados del estudio: Smartphone, ansiedad y rendimiento: impacto en la atención sostenida e interacción comunicativa en estudiantes de educación media y media superior. El 13 de octubre en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Autónoma de Chihuahua.
