A simple vista, el debate público y la contienda política actual parecen un espectáculo ruidoso y apantallante. Mítines a reventar, lemas calculados al milímetro, discursos encendidos en redes sociales y encuestas calientes que a diario acaparan los titulares en los medios y redes sociales. Sin embargo, detrás del telón, ahí donde se amarran los rumbos políticos hay un andamiaje invisible y muy complejo que manejan los estrategas y consultores políticos.
Ante esta realidad, la estrategia política está en una encrucijada ética muy pesada. Una persona consultora irresponsable puede caer en la tentación de echarle más leña al fuego de la polarización para sacar victorias electorales rápidas. Pero esa victoria de relumbrón deja a un país hecho pedazos. La verdadera consultoría entiende que el coraje ciudadano se debe leer con lupa científica, no para incendiar la pradera, sino para armar propuestas reales que canalicen el enojo hacia la reconstrucción de las instituciones.
Vistos por mucho tiempo con cierto misterio, como técnicos fríos o calculadores al estilo Maquiavelo, estos profesionales se mueven en la frontera exacta donde se cruzan la ciencia del comportamiento social, el cálculo implacable del poder y la innegable fragilidad de nuestras emociones. Para el ciudadano de a pie, y para muchos analistas, los que operan en lo oscurito de los "cuartos de guerra" electorales suelen ser vistos como simples mercenarios de la imagen. Esta lectura solo ha hecho más grande la zanja entre la sociedad y sus instituciones.
El desgaste progresivo de las democracias de siempre y la enorme distancia entre la gente y sus representantes nos obligan a ver con lupa este oficio. No se trata nada más de ver si pega o no un spot en las redes sino de revisar la ética detrás de la estrategia.
La profunda reflexión que hace poco compartieron el politólogo colombiano Arley Bastidas y el consultor José Guinand en el podcast “+Q’ Consultores”, nos invita a tumbar los mitos del detrás de cámaras político para entrarle a las preguntas más urgentes de nuestro tiempo: ¿Por qué la sociedad actual cayó en esta espiral de hartazgo y pleito casado? ¿Cuál es el verdadero costo personal de quienes le dedican su vida a la estrategia pública? Y, sobre todo, ¿cómo podemos darle una sacudida a la consultoría política para que sirva de verdad para dignificar la democracia?
Si el pleito callejero es la cara pública de la crisis política, la vida diaria del consultor nos muestra su lado más íntimo, callado y olvidado. Hay un cuento muy sonado que pinta al estratega político como alguien de piedra, que no sufre, que solo busca hueso o poder y que se la pasa celebrando triunfos bajo los reflectores. Pero la pura verdad revela un lado humano lleno de privaciones y de un desgaste emocional brutal en este gremio.
Como bien lo platican Guinand y Bastidas, dedicarse a la consultoría implica un desgaste personal enorme que casi nunca entra en los presupuestos de campaña. El ritmo del war room impone un estilo de vida que difícilmente cuadra con tener familia o pareja: jornadas pesadísimas que acaban de madrugada, vuelos sin parar, estar en el ojo del huracán mediático y tener el celular prendido las 24 horas. Los números no escritos asustan: la altísima tasa de soltería a la fuerza y de divorcios es la prueba clara de una vida que te exige entregarte por completo a proyectos que ni siquiera son tuyos.
Todo esto termina en un choque psicológico fuertísimo. Después de días de muchísima tensión, lidiando con candidatos estresados y apagando fuegos en los medios, la jornada siempre acaba en la soledad helada de un cuarto de hotel. Ahí, en lo oscurito, ya sin el traje de estratega invencible, el profesional se topa con pared ante su propia desconexión personal. No poder platicar tus miedos o tus broncas del día con un ser querido dibuja una paradoja muy amarga: los que dedican su vida a conectar con millones de votantes, muchas veces no tienen a nadie que les conteste el teléfono al final del día. El cuarto de hotel se vuelve el escenario donde se paga la cuota invisible de una profesión que te exige estar ahí siempre, pero que te apapacha muy poco.
¿Cómo le hace un profesional de la estrategia para no doblarse cuando su vida personal es un desastre justo en el momento más crítico de la campaña? La respuesta no es hacerse el frío ni ser un cínico, sino tener un entrenamiento mental muy estricto y usar, a consciencia, herramientas de la psicología cognitiva.
A la mitad del agarrón electoral, los imprevistos son el pan de cada día. A unos cuantos días de la elección, un consultor puede recibir un trancazo emocional devastador —un truene amoroso, la pérdida de un familiar—. Pero en las grandes ligas de la política, no hay chance de tirarse al drama. Sobre los hombros del estratega recae el destino de todo un equipo y la confianza de un proyecto público entero.
Es justo ahí donde vale oro la técnica del distanciamiento cognitivo. Esta movida psicológica le permite al estratega poner una sana distancia entre sus afectos personales y su juicio profesional. Como lo ilustra muy bien Arley Bastidas, el estratega tiene que poder "subirse a la azotea" del edificio mental para ver desde arriba el relajo de los pensamientos que traen fiesta en la planta baja. Al ver la emoción desde lejecitos, el consultor logra poner el dolor en pausa para no perder la cabeza a la hora de analizar. Es la disciplina de operar como cirujano, aunque a uno mismo le esté doliendo.
A esto se le junta el principio de la aceptación radical. Agarrar al toro por los cuernos y aceptar la vida tal como viene, sin gastar pólvora en diablitos. En un ambiente tan volátil como el de las campañas, lleno de imprevistos y puñaladas por la espalda, la aceptación radical te enseña a no pelear con los hechos consumados, sino a chambear a partir de ellos. Este temple mental no solo cuida la salud emocional del estratega, sino que le permite contagiarle esa calma a un candidato que, muchas veces, anda paniqueado por el estrés de los votos.
Lidiar así con las emociones va de la mano con la urgencia de hacer este trabajo más profesional, dejando atrás el "ahí se va" y la improvisación. Por muchos años, la política se movió por el puro "colmillo" u "olfato político", confiando ciegamente en la experiencia de los viejos lobos de mar. Y aunque conocer bien la calle ayuda, querer dirigir campañas hoy en día a puro olfato en este mundo tan enredado es tener un pie en la tumba de la derrota.
La consultoría de hoy exige dar el brinco definitivo hacia la investigación científica. Meterle psicología política, neurociencias aplicadas y análisis de datos a fondo sirve para decodificar cómo mastica las cosas el electorado. Pero ojo, el fin último de la ciencia no debe ser lavarle el coco a la gente, sino tener empatía verdadera: escuchar bien los miedos de los ciudadanos para traducirlos en soluciones reales.
Esta profesionalización científica tiene que amarrarse a una ética que no se doble, basada en escoger bien a los clientes y buscar el bien de la democracia. El consultor no es un mercenario ni el achichincle del político; es un aliado que tiene el deber moral de escoger líderes que sean de una sola pieza, auténticos y que de verdad se la jueguen por lo público. Hay que asumir el costo de decirle "no" a las candidaturas que moralmente no tienen pies ni cabeza.
Como resultado de esta ética, surge el rechazo total a la guerra sucia. El tirar lodo y polarizar al extremo terminan por darle en la torre a la confianza ciudadana. La verdadera estrategia no busca destruir al de enfrente, sino mover a la gente bajo la regla de "emocionar, juntar y ganar". Ganar sin hacer pedazos al país no solo es posible técnicamente, sino que es una obligación moral.
Al final del día, renovar la consultoría nos pide una sacudida profunda desde adentro del mismo gremio. Frente a esa maña histórica de tener egos infladísimos y cerrarle la puerta a los demás, urge sembrar la humildad y echarse la mano. Como dice el viejo dicho de rancho: la espiga de trigo, entre más crece y más granos tiene, menos se alza y más se inclina hacia la tierra. De la misma manera, la madurez del estratega en la política se tiene que notar en su capacidad para abrir puertas, compartir el conocimiento, ser mentor de otros y dejar la cancha lista a un relevo generacional más preparado y humano.
La consultoría política está en un cruce de caminos histórico. Se puede seguir por el caminito fácil del marketing hueco, echándole aire al fuego de la polarización para sacar ganancias a corto plazo; o bien, puede aventarse el tiro de reconstruir su trabajo sobre bases éticas y científicas.
Para ver el episodio completo del podcast, dejo la liga: https://bit.ly/4sdH82r
ESPRESSO COMPOL
Entender que detrás de cada votante harto que voltea a ver a un outsider hay una historia de coraje real, y que detrás de cada estratega fundido en un cuarto de hotel hay un ser humano buscando un poco de equilibrio, es el paso clave para levantar a las instituciones. Porque la estrategia, cuando no tiene ética ni lado humano, se queda en un simple cálculo para destruir; pero cuando se ejerce pensando en la democracia, con ciencia y aguante emocional, se vuelve la mejor herramienta para sanar las heridas sociales y cuidar la paz de nuestro país.
