Me ofrecieron dinero para que mi equipo de limpieza se grabara mientras trabajaba, y con esos videos ayudar a entrenar robots. Al principio me ganó la curiosidad por saber cuánto pagaban y qué había que grabar. Después me cayó el veinte: si querían aprender de nosotros, los oficios manuales no están tan a salvo como yo creía.
La propuesta llegó hace unas semanas a una de mis empresas, que se dedica al mantenimiento y la limpieza de inmuebles. Querían videos tomados desde la perspectiva de quien realiza la tarea, con un teléfono en un soporte a la altura de la cabeza. Les interesaba la limpieza, pero también la plomería, la pintura, la jardinería y hasta las tareas de la casa. Eso fue lo que me movió el piso. Conozco desde hace años las aspiradoras robot y las restregadoras que limpian pisos sin operador. Tienen sensores, esquivan obstáculos y se detienen cuando alguien pasa, pero están diseñadas principalmente para limpiar suelos. Lo que ahora querían registrar era otra cosa: cómo una persona usa las manos, se mueve y decide qué hacer cuando algo no sale como esperaba. Me puse a investigar. Encontré empresas que reúnen videos de personas haciendo tareas físicas para entrenar robots, y demostraciones de máquinas que ya doblan ropa o tienden camas. Una incluso ofrece un robot doméstico que se puede contratar por una mensualidad y que, según anuncia, irá adquiriendo habilidades con actualizaciones. No quiero exagerar. Que un robot doble ropa en una demostración no significa que pueda encargarse del mantenimiento de una casa o un edificio completo, y nadie sabe cuándo podrá ofrecer la calidad, el costo y la confiabilidad que necesita un cliente. Pero ya están juntando ejemplos de cómo hacemos trabajos que yo creía muy lejos de su alcance. La propuesta no se concretó, pero desde entonces veo distinto el trabajo de mi equipo. Quien limpia no se limita a repetir movimientos: reconoce lo que tiene enfrente, decide por dónde empezar y cambia de método cuando algo no responde. Pasa igual en un taller, una cocina o una línea de producción. Hay experiencia en esas decisiones, aunque sucedan tan rápido que casi no las notemos. Eso es lo que más me dejó pensando: una empresa de tecnología le puso precio a ese criterio antes que yo. No es que los dueños de pyme no valoremos a nuestra gente; es que andamos tan ocupados vendiendo, cobrando y resolviendo pendientes, que el trabajo operativo lo dejamos en manos de supervisores y encargados. Y así, sin darnos cuenta, dejamos de escuchar a quienes mejor conocen la operación: los que la hacen. Pasé más de 14 años en contabilidad y nunca vi ese conocimiento en un balance, pero es de lo más valioso que tiene una pyme. Tenemos claro cuánto cuesta cada turno, pero pocas veces nos detenemos a observar cómo resuelven nuestros colaboradores lo que se les presenta cada día. Ahí puede haber un tesoro: ellos saben qué falla en un proceso, qué pide el cliente y qué podría hacerse mejor, aunque nadie se los haya preguntado. ¿Cuándo fue la última vez que te sentaste a ver, con calma, cómo trabajan quienes hacen funcionar tu empresa? Hay formas sencillas de empezar. Acompañar un turno completo, sin celular y sin corregir, sólo para observar. Preguntarle a quien más tiempo lleva en un puesto qué le enseñaría a alguien nuevo en su primer día, y escribirlo. Grabar nuestros procesos, no para entrenar a una máquina sino para aprender de nuestra gente y capacitar mejor a quienes lleguen después. Abrir un canal directo para que cualquiera proponga mejoras, y contestar cada propuesta, aunque sea para decir que no. Y reconocer frente a todos a quien resolvió algo que no venía en ningún manual. No lo digo desde el miedo a la tecnología. En una de mis empresas estamos invirtiendo en una plataforma propia, y creo que la inteligencia artificial puede ayudarnos mucho. Pero una cosa es usarla para que nuestra gente trabaje mejor, y otra es entregar, sin darnos cuenta, lo que nuestra gente sabe. No sé si me estaban pidiendo entrenar al reemplazo de mi gente, ni cuánto tardará la tecnología en aprender un oficio. Lo que sí sé es que alguien ya decidió que el conocimiento de quien trabaja con las manos vale dinero. Antes de que una máquina aprenda lo que sabe hacer nuestra gente, deberíamos aprenderlo nosotros. De lo contrario, ese conocimiento terminará valiendo más para alguien de fuera que para nuestra propia empresa. ¿Cómo lo viven en tu empresa? Escríbeme a hola@luisgutierrez.mx.Empresario y presidente de Faceta Empresarial
luisgutierrez.mx · @luisgpilar
