Hay amigos con quienes compartimos los mejores años de nuestra vida y hoy apenas intercambiamos un mensaje de cumpleaños; personas que conocen nuestros primeros amores, los errores que cometimos y aquellos sueños que parecían imposibles.
Con ellos reímos hasta llorar, encontramos consuelo en días difíciles y construimos recuerdos que todavía nos hacen sonreír; sin embargo, algo cambió, dejamos de buscarnos y aprendimos a seguir sus vidas desde la pantalla de un celular. Sabemos dónde estuvieron, qué comieron y cómo celebraron sus logros; conocemos sus fotografías, pero ignoramos sus preocupaciones. Estamos enterados de casi todo, excepto de aquello que verdaderamente importa. Antes bastaba una llamada para encontrarnos, una visita inesperada podía convertirse en una tarde inolvidable; hoy escribimos «tenemos que vernos», recibimos un «claro que sí» y dejamos pasar los meses sin ponerle fecha a la promesa. Quizá creemos que nuestros amigos siempre estarán ahí, esperando a que tengamos tiempo; olvidamos que el tiempo también pasa para ellos. La ciencia ofrece razones para cuidar estos vínculos. Una investigación publicada en 2023 en Journal of Happiness Studies, con 1,869 adultos estadounidenses, encontró asociaciones entre el contacto presencial frecuente, una mayor satisfacción vital y menores niveles de soledad; las videollamadas también mostraron beneficios. Mientras suponemos que todo marcha bien, quizá ese amigo enfrenta una enfermedad, atraviesa una separación o necesita hablar sin sentirse una carga; nosotros seguimos mirando sus historias sin preguntarle cómo está. En 2023, la se advirtió que el aislamiento social se asocia con un incremento del 29% en el riesgo de mortalidad prematura; el dato no describe el efecto de descuidar una amistad, pero recuerda que nuestras conexiones importan también para la salud. Hay ausencias que duelen porque nadie tuvo la intención de marcharse. Un día dejamos de llamar, después olvidamos preguntar y finalmente recibimos las noticias importantes por las mismas redes donde se enteran los desconocidos. Descubrimos que aquel amigo se convirtió en padre, cambió de ciudad o atravesó una pérdida cuando todo había pasado; seguimos en su lista de contactos, aunque ya no necesariamente en su vida cotidiana. Aquí aparece la rudeza necesaria: también nosotros hemos contribuido a esa distancia. Nos duele que no nos busquen, pero pocas veces revisamos cuánto llevamos sin hacerlo; extrañamos la cercanía mientras aplazamos encuentros y suponemos que el cariño puede sostenerse indefinidamente sin atención. No todas las amistades están destinadas a permanecer; algunas terminan por razones que debemos respetar. Pero aquellas que todavía nos importan merecen una oportunidad antes de convertirse en fotografías del pasado. Pensemos en quien nos hacía reír, en quien estuvo presente cuando todo se derrumbaba o en esa persona a quien llevamos meses prometiéndole un café. Quizá también esté esperando una llamada. La rudeza más necesaria es reconocer que algún día podríamos querer recuperar una conversación cuando ya no exista la oportunidad de tenerla. Hoy, antes de revisar quién reaccionó a nuestra última publicación, busquemos a ese amigo; preguntémosle cómo está, escuchemos sin prisa y pongamos fecha al encuentro pendiente. Porque las amistades también necesitan tiempo para seguir siendo parte de nuestra historia.Contacto: www.kcha.mx / @kcha / karla@kcha.mx
