Tiene profesionalismo, es honesta […] es una mujer íntegra”

Andrés Manuel López Obrador

De Guadalupe Taddei, no se confunda, señora Claudia, no se le ataca por ser mujer, ni por sobrepeso, ni misoginia, ni machismo ni falocracia. Tampoco fue la oposición quien la descubrió y demostró –una vez más- que la prensa sigue siendo el cuarto poder.

Desde mis clases de historia de México, aprendí a idolatrar a los liberales y odiar a los conservadores. Pero sabias lecturas y profundas reflexiones me dicen hoy en día que posiblemente éstos no estaban tan equivocados porque se fundamentaron en una tesis subyacente: los mexicanos no sabemos gobernarnos a nosotros mismos; y la Cuarta Transformación les daría hoy toda la razón.

El siglo 19 estuvo lleno de sobresaltos. En 1810, con el grito de Dolores, la rebelión fue contra los franceses porque impusieron como rey de España a José I Bonaparte, alias Pepe Botella, en contra de Fernando VII a quien Hidalgo quería traer a Nueva España para que reinara este territorio mientras recuperaba su trono en la madre patria. El cura arengó "¡Viva la religión!, ¡viva nuestra madre santísima de Guadalupe!, ¡viva Fernando VII!, ¡viva la América y muera el mal gobierno!” Por cierto, el reinado de Pepito sólo duró del 6 de junio de 1808 al 11 de diciembre de 1813.

En cambio, la guerra permaneció ensangrentando al país durante 11 largos y trágicos años. Fue cuando el auténtico padre de la patria, Agustín de Iturbide, realista, se reunió con Guadalupe Victoria, insurgente, y se dieron el famoso “Abrazo de Acatempan”. El primer Emperador Mexicano firmó con Juan O´Donojú el documento en el cual se reconoció formalmente la independencia del país. México nació con el nombre de Estados Unidos Mexicanos en la Constitución de 1824.

Agustín I no duró ni un año de reinado que inició en 1822. Abdicó, huyó del país, regresó, lo capturaron y lo fusilaron en 1824 acusado de qué creen… traidor a la patria.

Después México, disculpen ustedes, fue un santísimo desmadre. Liberales y Conservadores se disputaron el poder. Los primeros proclamaban una república federal, representativa y con división de poderes (hablo del siglo XIX no de XXI), libertad de culto, fin de privilegios, libertad de comercio, desamortización de los bienes eclesiásticos y defensa de la propiedad privada. Su mayor logro fue la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma. Los cambios –hacia un lado u otro- debieron haber sido graduales. Pero no, como hoy, estás conmigo o estás contra mí.

Los conservadores proponían una monarquía constitucional. Su máximo alcance fue traer a Maximiliano de Habsburgo. Proponían una religión unificadora, conservar los privilegios de la iglesia, promover la industria nacional y una educación supervisada por el clero.

Pero ni unos ni otros se percataron que la naciente nación provenía de trescientos años de coloniaje. El pueblo bueno y sabio no sabía de independencia, ni de libertades, ni de votaciones, ni de soberanía. El 80 o 90% de la población era analfabeta. Muchísimos no hablaban español.

Y así transcurrió el periodo decimonónico. Ora ganaban los conservadores, ora los liberales; ora los conservadores ora los liberales; ora los liberales, ora los conservadores y así. Era una tragicomedia.

Lo que nos muestra el desastre del Instituto Nacional Electoral es que efectivamente los mexicanos no sabemos autogobernarnos. Apenas llega un puñado al poder para luego agandallárselo a toda costa y a enriquecerse como locos. Y hoy como nunca lo hacen los morenistas. No es que los del pri o del pan no lo hubieran hecho, pero tenían estilo, al menos. La corrupción imbatible se campea por todo el país. La justicia es completamente parcial: si eres morenista eres inocente, si no lo eres culpable a priori.

Y no la ironizamos por ser mujer sino por meter el presupuesto público donde no se debe. ¿Quién exhibió videos y audios? Los prianistas, no; los de la derecha; no, fueron ellos mismos presumiendo su dinero, sus amores y sus excesos. A ver si nos toca presenciar un fenómeno efecto dominó. En México no se castiga el delito, se castiga la estupidez.

Mi álter ego ahora sí no sabe si votar el próximo año. Ni a quién irle. Ya le pusieron un clavo más al ataúd de una débil democracia. El INE era el orgullo de México.