El hombre que se abstiene de crecer,
se convierte en el tirano de su propia vida
¿Quién no vio en alguna ocasión en la televisión al personaje llamado “Chabelo” durante las últimas décadas en México? Un hombre que llegó a la tercera edad, con pantaloncillos cortos, un gran moño en el cuello, con su voz impostada y aguda de un niño que hablaba y lloraba como niño, que toda su actuación era con juegos infantiles y canciones para menores de edad.
Al pasar los años y las décadas, ese “niño grande” no envejecía y todo le parecía color de rosa como niño. Esa imagen parecía retar el paso del tiempo y casi se volvió en el ideal de muchas personas de ser como Chabelo como en un pequeño proceso de la novela Dorian Grey de Oscar Wilde, pero en la eternidad concentrada en un niño.
Ese Chabelo –entre síndrome y complejo- equivaldría al “niño eterno” o puer aeternus, que utilizó el psicólogo Carl Jung para referirse a los adultos que no logran madurar en su vida emocional y permanecen psicológicamente en una etapa adolescente o juvenil. Si bien, Chabelo (“el amigo de todos los niños”) era una representación artística que se eternizó por la aceptación que logró entre los niños con esa personificación, entre los adultos despertó la inquietud de una longevidad, permaneciendo siempre en la etapa de la infancia.
Algo similar sucede con el llamado Síndrome de Peter Pan, que también se basa en esos “niños eternos” que se resisten a crecer para no tener compromisos ni responsabilidades, pero tampoco asumir retos o proyectos a futuro. Para ellos, lo ideal sería mantenerse en una edad infantil o hasta adolescente: se niegan a crecer mental y emocionalmente, aunque su cuerpo los delate de la edad adulta. Revisando esa obra teatral de James Matthew Barrie, cuenta la historia de un niño que no quería crecer y si permanecer eternamente joven en el país del “Nunca Jamás”. Sin padres ni un adulto cercano que le enseñara lo que era bueno o malo, vivía con faunos y hadas en un mundo en el que nadie crecía y en donde no había dolor ni sufrimiento, porque todos los que habitaban ese país eran eternos y jóvenes. En pocas palabras ser “Peter Pan” es evitar responsabilidades de la madurez y se asocia con el miedo a adquirir compromisos, el rechazo a los límites y una vida vista como “provisional” mientras se espera que la vida “real” empiece más tarde… o nunca.
Cuando el hombre se abstiene de crecer, se convierte en el tirano de su propia vida, refleja el costo que se paga al quedarnos como “niños”. Al ser niños se convierten en intolerables al fracaso, no saben lo que es una derrota como aprendizaje porque han tenido papás que les resuelven o consienten todo. Rehúyen la idea de crecer y madurar mentalmente porque eso implica enfrentar retos, luchar en la vida por lo que se quiere tener. Están atenidos o con la esperanza a que los padres les hereden fortuna, negocios o hasta casa y autos, porque son incapaces de tener una deuda o un proyecto de vida.
La psicología señala que estos “niños eternos” en lugar de gobernar su destino con sabiduría, se convierten en dictadores de su propia realidad, con sentimientos de frustración, rigidez y lamentos por el potencial desperdiciado.
El arquetipo del niño eterno, lo desarrolla Marina de la Torre, en su libro Autodestrucción Woke[1], y dice que su cultura es la del entretenimiento, la peor forma de la condición nihilista (de la nada) con una incapacidad para apreciar y comprometerse con los valores más importantes. Parpadea ante la estrella y no ve nada. Se contenta con la felicidad escasa que ha inventado y carece de metas superiores dignas.
Sostiene que, sin guía ética, sin una identidad clara ni un propósito definido, el hombre posmoderno parece retroceder a un estado casi infrahumano. Se ahoga en ofensas inventadas y amenazas artificiales mientras se muestra incapaz de enfrentarse a las verdaderas crisis que acechan tras la comodidad de su burbuja digital: la miseria, la muerte, la guerra, la corrupción, el choque con culturas embrutecidas y la escasez.
Para esos niños eternos “la vida se convierte en una eterna promesa de algo que nunca llega. El compromiso es un enemigo. La disciplina, una amenaza, el sacrificio, un absurdo”
Por eso, la resistencia a madurar y a crecer emocionalmente, genera un estado de infantilismo, donde no se quiere dejar de jugar ignorando lo que sucede a nuestro alrededor. Los trenecitos de juguete infantil son sustituidos por drones para entretenernos, aunque otros lo usan como armas letales. Las muñecas siguen en la imaginación y representación.
Cualquier expresión desfavorable o de crítica la etiquetamos de “bulling” o de discurso de odio porque seguimos teniendo una piel de bebé, que ni el paso de los años y las experiencias nos han endurecido la epidermis. Una generación con debilidad y vulnerabilidad emocional que hasta las miradas serias nos afectan.
Y el resultado final es un narcisismo exacerbado, que solo nos queremos a nosotros mismos, que nos vemos compulsivamente en la laguna-espejo donde nos reflejamos porque estamos enamorados del rostro que se refleja. O sea, de nosotros mismos.
Se podría calificar como la edad del infantilismo, del niño príncipe, del reino infantil o como se le quiera llamar, pero el confort, la buena vida y el individualismo nos ha encerrado en una burbuja que nos mantiene ajenos y alejados de la realidad.
[1] DE LA TORRE, Marina (2026) Autodestrucción Woke. Auge y declive de los cultos posmodernos, Penguin Random House, Barcelona.
