Daniel Goleman, el psicólogo que popularizó "la inteligencia emocional", afirma algo que hoy casi nadie cuestiona: que tenemos "dos mentes"; ¡sí! como lo lees: una racional y otra emocional, que compiten por el mando de nuestra conducta. Cuando el miedo, la ira o el enamoramiento nos "secuestran", según él, es porque esa segunda mente tomó el control del cerebro. Y añade que ambas mentes tienen el mismo tipo de base: son puro cerebro, puro órgano.
¿Qué cómoda explicación verdad? Tomás de Aquino, ochocientos años antes, ya había estudiado este problema y llegó a una conclusión distinta y más sensata. La filósofa Patricia Astorquiza (2008) lo explica con claridad: para Tomás de Aquino, el ser humano no tiene dos mentes, sino una sola alma, de la cual nacen capacidades ordenadas como en una casa bien construida: unas arriba, otras abajo.
Cuando vemos u oímos algo "conveniente" o "inconveniente" para nosotros, surge de inmediato una respuesta que hoy llamamos emoción, y que Tomás de Aquino llamaba pasión: miedo, alegría, deseo, tristeza, ira (Astorquiza, 2008). Estas pasiones dependen del cuerpo: aceleran el corazón, suben la temperatura, producen sudor. No son un invento de la mente; son reacciones orgánicas, medibles, ubicadas en el cerebro y el sistema nervioso.
Pero junto a esa capacidad de sentir tenemos otra muy distinta: la inteligencia. Y aquí está el punto que Goleman pasa por alto. Pensar "qué es la justicia" no ocurre como el miedo o el enojo. La emoción reacciona ante algo concreto, aquí y ahora; la inteligencia, en cambio, capta lo universal: no solo "este acto es injusto", sino qué es la injusticia en sí misma. Esa capacidad es una operación inmaterial: usa el cerebro como instrumento necesario, pero no se reduce a él, así como el pensamiento de un ingeniero necesita papel y lápiz, sin que la idea sea de papel.
Nicholas Lombardo, en The Logic of Desire (2011), muestra que esta distinción tomista sigue siendo respetada por psicólogos serios de hoy: la teoría de la "valoración emocional" de Magda Arnold, base de la psicología moderna de las emociones, bebió de estas ideas medievales. No hay, pues, choque entre ciencia y filosofía; hay filosofía que la ciencia confirma al hacerle caso.
¿Por qué importa esto en la vida diaria? Porque si aceptamos que somos "dos mentes" enfrentadas, terminamos creyendo que cuando estallamos de ira o cedemos a un antojo, simplemente "así somos": nuestra mente emocional ganó la batalla, y no hay mucho que hacer. Pero si entendemos que tenemos una sola alma con facultades jerárquicas —la razón hecha para gobernar, y las pasiones hechas para obedecer, como personas libres que a veces se rebelan, pero pueden ser persuadidos y no solo reprimidos—, se abre una puerta distinta: la de la virtud.
La virtud, explica Astorquiza siguiendo al Aquinate, no consiste en apagar las emociones ni fingir que no existen. Consiste en ordenarlas: formar, con paciencia y repetición, el hábito de que la razón enseñe a las pasiones lo que conviene. El niño que aprende a esperar a que le sirvan el alimento, el adulto que respira antes de responder con un grito, no están apagando una segunda mente: están ejerciendo el gobierno amable de su inteligencia sobre su corazón, sobre las emociones.
Aceptar las "dos mentes" nos vuelve, sin darnos cuenta, un poco fatalistas: "no puedo evitarlo, así reacciona mi cerebro emocional". Aceptar, en cambio, que somos una sola persona, con un cuerpo que siente y una inteligencia hecha para dirigir ese sentir, nos devuelve algo precioso: la responsabilidad, y con ella, la esperanza real de ser mejorares.
En síntesis, no hay dos jinetes peleando por las riendas de un mismo caballo. Hay un solo jinete, con un caballo brioso que a veces se desboca, pero al que, con paciencia, se le puede enseñar el camino.
Astorquiza, P. (2008). Interacción entre la razón y las emociones según Santo Tomás de Aquino. Civilizar, 8(14), 117-132.
Goleman, D. (1995). Emotional Intelligence. Bantam Books.
Lombardo, N. E. (2011). The Logic of Desire: Aquinas on Emotion. CUA Press.
