Cuando alguien dice "te quiero con toda el alma", “se parte el alma para sacar adelante la familia” o "se partió el alma para terminar sus estudios", usa la palabra de forma romántica o poética. En filosofía, "alma" tiene un significado preciso relacionado con el movimiento, el desarrollo, el crecimiento y el conocimiento intelectivo, muy distintito al de la poesía: es aquello que hace que un cuerpo esté vivo, y no una entidad fantasmal separada de él.

La filosofía aristotélico-tomista, tanto clásica como en su vigencia actual, define el alma así: es "el acto primero de un cuerpo físico organizado". Suena técnico, pero la idea es sencilla. "Acto primero" significa aquello que constituye a algo como lo que es, incluso cuando no está haciendo algo en ese momento. Un arquitecto sigue siendo arquitecto mientras duerme, aunque no esté construyendo algo: posee ya el conocimiento, que es su "acto primero"; construir una casa sería el "acto segundo", la operación concreta que se sigue de esa capacidad. De igual modo, el alma es lo que hace que un cuerpo sea, sencillamente, un cuerpo vivo, antes incluso de que realice ninguna acción particular.

No toda alma es igual. Tomás de Aquino distingue tres grados, según lo que cada ser vivo es capaz de hacer. El alma vegetativa es la más simple: nutrirse, crecer, reproducirse. La tiene una planta, sin que por ello sienta emociones ni se desplace de un jardín a otro. El alma sensitiva añade sentir, apetecer y moverse de un lugar a otro; la tienen los animales y también nosotros, en la parte de nuestra vida que compartimos con ellos. El alma intelectiva añade, además de todo lo anterior, entender conceptos abstractos, la justicia, el amor, y querer libremente: es la que nos distingue como seres humanos. Un ser humano no tiene tres almas superpuestas, sino una sola, la más completa, que incluye en sí misma las capacidades de las anteriores.

Pensemos en el embrión humano: todavía no razona, no decide, no siente como lo hará tras nacer. Pero eso no significa que "todavía no sea persona": ya posee el alma racional, su acto primero, aunque sus operaciones concretas como pensar, querer, decidir estén por ahora en potencia, a la espera de que el cuerpo se desarrolle lo suficiente para desplegarlas. Es el mismo caso, salvando las distancias, del arquitecto que duerme: nadie diría que deja de ser arquitecto solo porque en ese momento no está diseñando ni construyendo algo. Lo mismo ocurre con alguien en estado de coma, o con un recién nacido que aún no habla ni razona con plenitud: la persona no depende de que sus capacidades estén en pleno ejercicio, sino de que posea ya, desde el principio, ese principio interno, el alma, que la constituye como tal.

Aquí está el punto que más sorprende a quien lo escucha por primera vez: el modo de actuar de algo revela su modo de ser. La vista permite ver, pero esa misma potencia no puede volver sobre su propio acto como un todo, es decir, no puede “verse viendo”, porque es una potencia ligada a un órgano físico. La persona, en cambio, sí puede reflexionar sobre su propio acto de conocer por medio de la inteligencia, precisamente porque esta potencia no depende órgano corporal alguno. Por eso concluyen que la dimensión intelectiva del alma es inmaterial: no por "magia", sino porque sus actos no encajan en las leyes puramente materiales de un órgano físico.

Esto no significa que estemos desconectados del cuerpo: pensamos apoyándonos en imágenes y sensaciones corporales. Pero comprender y decidir libremente trasciende lo puramente orgánico, sin dejar de servirse de él. Por eso seguimos siendo la misma persona toda la vida, aunque el cuerpo cambie célula a célula: el alma da esa unidad permanente, desde la fecundación hasta la muerte.

Aquino, T. Sobre la unidad del intelecto contra los averroístas.

Verneaux, R. Filosofía del hombre. Herder, Barcelona.

Llano, A. Gnoseología. EUNSA. 1991.

Serra Pérez, M. A.; Salinas Mengual, J. ¿Un nuevo estatuto para la persona? Claves para un diálogo sobre el estatuto ontológico y jurídico de la persona humana. 2023.