La popular tendencia de transformar fotos al estilo de Studio Ghibli con inteligencia artificial (IA) ha puesto nuevamente en la mesa el impacto ambiental de esta tecnología, en particular su enorme consumo de agua.

Aunque la IA se ha vuelto parte de la vida cotidiana a través de herramientas como ChatGPT, Grok o Gemini, su huella hídrica sigue siendo un tema poco discutido.

Sin embargo, detrás de cada imagen generada o consulta respondida, hay un sistema de servidores que opera día y noche, requiriendo grandes cantidades de agua para su refrigeración y funcionamiento.

El Centro Para el Agua Segura de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign señala que el uso de agua en la IA proviene de tres fuentes principales: la refrigeración de servidores, la generación de electricidad mediante plantas termoeléctricas o hidroeléctricas, y la producción de microchips, la cual demanda entre 8 y 10 litros de agua por unidad.

Según la UNAM, ChatGPT puede gastar medio litro de agua en solo 20 a 50 respuestas, mientras que GPT-4 usa 519 mililitros para generar un correo de 100 palabras. A nivel global, la OCDE proyecta que, para 2027, la demanda de IA podría superar el consumo anual de agua de países enteros como Dinamarca.

Empresas tecnológicas como Google, Meta y Microsoft han anunciado iniciativas para mitigar su impacto ambiental, con el compromiso de devolver más agua de la que consumen para 2030. Sin embargo, aún no está claro cómo lograrán ese objetivo. Mientras tanto, cada usuario tiene la posibilidad de reflexionar sobre el costo real de sus interacciones con la IA: ¿vale la pena el gasto de agua para una imagen generada por IA o una simple consulta en línea? La conciencia sobre estos efectos es clave para el futuro del planeta.

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