Poco antes de que la selección de fútbol de España consiguiera su pase a la final de la Copa Mundial, la abuela de Lamine Yamal —la estrella del equipo, de 19 años— se sentó en el banco de un parque infantil a ver a niños de ascendencia del norte y oeste de África jugar a la pelota.

Este era el lugar, dijo, donde su nieto, hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana, había comenzado a perfeccionar sus habilidades. También es el lugar donde su retrato, pintado con aerosol en una pared detrás de la portería, ahora se alza sobre un barrio que lo aclama.

Sin embargo, mientras cientos de españoles, muchos con su nombre en la espalda, se dirigían a un parque cercano para verlo jugar en una pantalla gigante, su abuela, Fátima Romani, recordó una época en la que los españoles le mostraban menos aprecio.

Cuando era niño, después de que él anotaba un gol, recordó Romani, podía escuchar las burlas de los españoles a su alrededor: “Maldito moro. Mira al negro”.

Vestida con un hiyab azul marino y apoyada en un bastón de madera, añadió que su nieto había pasado por muchas cosas. Su voz se apagó mientras otro de sus más de 20 nietos la consolaba en la ciudad natal de la familia, Rocafonda, a una hora de Barcelona. Luego, los ojos se le llenaron de lágrimas al pensar en lo lejos que había llegado su nieto, y también España.

“Ha cambiado mucho”, afirmó Romani, quien dijo tener poco más de 70 años.

Mientras Yamal, que todavía usa brackets, se prepara para el partido más importante de su vida el domingo, también se encuentra en el centro de un debate nacional sobre lo que significa ser español, y si el país está cambiando demasiado, muy rápido, o no lo suficiente.

La semana pasada, Yamal —cuyo nombre completo es Lamine Yamal Nasraoui Ebana— dijo que el propósito fundamental del fútbol era “para integrar, para la sociedad”, y añadió que España, y la selección española, era un “ejemplo de la integración”.

Respondía en una conferencia de prensa a una pregunta sobre una columna de Mariano Rajoy, un conservador ex presidente del Gobierno de España. Rajoy había escrito que la selección francesa, que cuenta con muchos jugadores de ascendencia africana, era un equipo “sin franceses”.

La respuesta de Yamal se interpretó como una crítica a la insinuación de que los jugadores de origen migrante no pertenecen completamente a los países para los que juegan. En países como Francia y España, donde a veces los hijos de migrantes no blancos tienen dificultades para penetrar en el sistema, el fútbol ofrece una oportunidad poco común para convertirse en íconos nacionales.

Yamal, nacido y criado en España, también ha sufrido los insultos antimusulmanes en los estadios de fútbol. Los aficionados españoles, que casi con toda seguridad sabían que su jugador estrella era musulmán, intentaron animar al público a saltar en un partido contra Egipto este año al corear “Musulmán el que no bote”. Eso llevó a Yamal a lamentar que existieran aficionados “ignorantes y racistas” que cometían “una falta de respeto” contra los musulmanes. También ha enfrentado críticas de marroquíes que se sintieron traicionados por el hecho de que Yamal juegue para España y no para Marruecos, donde nació su padre.

Esas reacciones revelan tensiones más amplias en una sociedad española en transformación. Durante mucho tiempo, el país, que aún gobierna enclaves en el norte de África, algunos de los últimos vestigios de un imperio que alguna vez fue extenso, ha sido un punto de llegada para los migrantes africanos que buscan trabajo y refugio en Europa. También es un imán para los migrantes hispanohablantes de América Latina.

Más de cuatro millones de migrantes han llegado en los últimos cinco años a un país de menos de 50 millones de habitantes. Este año, más de un millón de migrantes salieron de las sombras después de que el gobierno los invitara a regularizar su situación. El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, de izquierda, ha argumentado que los migrantes impulsan la economía del país, compensan su baja tasa de natalidad e inyectan dinamismo a su cultura. Muchos aficionados al fútbol afirman que jugadores como Yamal y su compañero de equipo Nico Williams, nacido en España de padres ghaneses, reflejan a una España y a una selección española cada vez más multiculturales, y cada vez más exitosas.

Pero esa dista de ser una opinión unánime. Si bien la mayoría de los migrantes en España provienen de América Latina, hablan el idioma y a menudo tienen la misma religión, Marruecos aporta más migrantes a España que cualquier otro país, y muchos españoles no están contentos con ello. Los partidos de derecha y antiinmigrantes han surgido con fuerza en los últimos años, y se alimentan de los temores y quejas por la llegada de musulmanes.

A veces se han enfocado en Yamal, incluyendo después de que se postrara en un momento de plegaria tras anotar un gol en uno de los primeros partidos del Mundial. Revuelta, una organización juvenil de extrema derecha estrechamente asociada con el partido de extrema derecha Vox, publicó la imagen en las redes sociales con una advertencia: “Quien permite el Islam por un gol, en el futuro no tendrá ni selección ni nación”.

Para muchos en la extrema derecha, la ciudad natal de Yamal, Rocafonda, es un ejemplo ominoso de cómo será España si los musulmanes y africanos continúan llegando y la identidad tradicional española se desvanece. En calles que llevan los nombres de Miró y Picasso, las banderas españolas cubren tiendas de comestibles árabes. Mujeres con hiyab charlan tranquilamente detrás de sus niños pequeños, hombres ven el partido en un café abarrotado y migrantes con dificultades económicas alquilan azoteas y duermen bajo los tendederos de ropa. La violencia no es inusual. En 2024, el padre de Yamal, que fue multado por tirarle los anteojos a un activista de Vox que hacía campaña a favor de las deportaciones, fue apuñalado en una calle de Rocafonda.