Los niños estadounidenses comían cosas muy singulares en el siglo XIX. Salsas picantes y pepinillos en salmuera. Mariscos y vísceras. Betabel, colinabos y col rizada. Incluso les encantaba el café. En documentos históricos de todo tipo, desde tratados médicos hasta diarios y registros escolares, los estadounidenses describían a los niños como omnívoros curiosos que apreciaban los sabores osados y las texturas interesantes. Un grupo de niños del Boston de la década de 1830 gastaron su dinero de bolsillo en ostras crudas, las rociaron con vinagre y pimienta y “las comieron con entusiasmo”. Una niña del Nueva York de la década de 1870 adoraba una ensalada hecha con cangrejos diminutos que comía a cucharadas, con todo y caparazón. Era normal que un niño se alegrara cuando veía crecer rábanos en el jardín o que otro llamara a la col una “delicia”.
Cuanto más investigaba, más claro me quedaba que, en el pasado, las experiencias de los niños estadounidenses con la comida estaban llenas de placer. Esto no se relacionaba con el estatus socioeconómico: los niños de todos los niveles de ingresos comían alegremente una variedad de alimentos. Pero, ahora, la apreciación de los sabores fuertes y variados puede ser difícil de encontrar en los niños estadounidenses. Los foros de mensajes para padres están llenos de preguntas sobre cómo conseguir que los niños reacios coman verduras, y los menús infantiles ofrecen platos dirigidos a paladares limitados.
Muchos adultos asumen que los remilgos prolongados son una etapa innata y que a los niños les disgustan muchos alimentos por naturaleza. Pero el melindre infantil generalizado es un fenómeno moderno creado en gran parte por las empresas de comida chatarra que comercializaron productos como los cereales azucarados como alimentos específicos para niños, y convencieron a los estadounidenses de que los niños necesitan alimentos diferentes y fáciles de disfrutar. Esto fomentó una cultura del remilgo que perjudica la salud de los niños y los priva de una serie de placeres y sabores que habrían estado a su disposición en el pasado, todo ello mientras se añade un montón de ansiedad innecesaria a las mesas de todo el país.
Si el melindre prolongado en la infancia fuera evolutivamente protector, esperaríamos verlo aparecer con regularidad en diferentes lugares y épocas. Pero esa delicadeza generalizada no existió hasta el siglo XX. Antes de eso, a los niños a veces les disgustaban alimentos específicos, igual que a algunos adultos. Pero la gente de épocas anteriores no pensaba que la quisquillosidad estuviera relacionada con la edad.
Todo esto cambió cuando empresas de alimentos como General Foods y Nestlé invirtieron dinero en diseñar productos en laboratorios para captar los instintos biológicos de los humanos y hacer que sus alimentos fueran muy difíciles de rechazar. A mediados del siglo XX, miles de alimentos industriales seductoramente dulces, salados y crujientes abarrotaban las estanterías de los supermercados, y muchos de ellos se comercializaban agresivamente para los niños, desde las galletas Goldfish hasta los SpaghettiOs. “Agradable para los niños” surgió como eslogan de mercadotecnia, y las marcas prometían en campañas publicitarias que incluso los comensales más quisquillosos encontrarían su comida irresistiblemente deliciosa. Un anuncio de Kraft de 1960 presentaba a una niña por demás “quisquillosa” que “¡nunca rechaza el suave y dorado Velveeta!”.
Las empresas de comida chatarra también empezaron a promocionar tentempiés para llevar y altos en calorías. En la década de 1960, Hostess vendía “pasteles para picotear” como los Twinkies, Kellogg’s anunciaba Pop-Tarts como un alimento para “comer en cualquier momento”, y los cereales tremendamente dulces aparecían tanto en la merienda como en el desayuno. Muchos niños mordisqueaban y bebían leche o Kool-Aid hasta el inicio de las comidas y mostraban mucho menos interés por los alimentos de la mesa porque ya estaban llenos. Por el contrario, los niños del siglo XIX no picoteaban mucho y tenían más apetito a la hora de comer. Si alguna vez has ido de compras con el estómago vacío y has regresado a casa con productos cuestionables que simplemente se veían tan bien, entenderás lo mucho que el hambre agudiza el interés por la comida.
A medida que los comerciantes glorificaron la alimentación personalizada, los hábitos alimenticios de las familias se fracturaron. Antes de mediados del siglo XX, la mayoría de las comidas familiares se centraban en la comida comunitaria. Pero a medida que las cocinas se fueron llenando de productos de estantería, muchos estadounidenses dejaron de compartir la comida de la misma manera. Una madre de los años 50 señaló que ella comía pan integral, su marido pan de centeno y sus hijos pan blanco. ¿Y por qué no? Para entonces, todas esas variedades podían encontrarse baratas y precortadas en el supermercado. La cocina también se había transformado. A medida que se procesaban más alimentos en las fábricas, la preparación de la comida podía significar calentar o incluso solo emplatar. De repente se hizo factible “cocinar” comidas por separado para los distintos miembros de la familia.
Podría ser tentador comprar las afirmaciones de los mercadólogos de que una vez que los niños tenían comida personalizada, por fin podían comer lo que realmente les gustaba. Pero la explosión de opciones fomentó la comparación y el descontento. En solo unas décadas, todo tipo de alimentos que solían encantar a los niños —desde los mariscos salados hasta la mermelada amarga— pasaron a ser impensables como alimentos infantiles. Las preferencias se entendían cada vez más en relación con las aversiones, y el desagrado se convirtió en el núcleo de la alimentación infantil moderna.
Hoy en día, los padres escuchan sombrías advertencias sobre los peligros de luchar contra los melindres. Se nos dice que instar a los niños a comer cualquier plato en particular puede causar aversiones duraderas y relaciones disfuncionales con la comida. Al mismo tiempo, muchos padres se angustian en silencio por las dietas altamente procesadas de los niños, las crecientes tasas de obesidad y las tensiones que acechan a los melindrosos en la vida cotidiana. Hay mucha disonancia cognitiva, y está contribuyendo a una inmensa frustración, ansiedad y culpabilidad inmerecida en torno a la hora de comer.
No tiene por qué ser así. Antes de la época de los Froot Loops y los Lunchables, generaciones de niños estadounidenses aprendieron a saborear alimentos de todas las texturas, sabores y colores, mientras que la obesidad y los trastornos alimenticios eran inusuales. Los niños del pasado nos muestran un futuro más feliz, más sano y más delicioso. Los padres pueden animar a los niños a comer alimentos familiares y evitar ofrecerles alternativas. También pueden contrarrestar la mercadotecnia corporativa con sus propios mensajes entusiastas sobre los alimentos que les gusta comer, ya sea una ensalada crujiente o unas aceitunas verdes.
El melindre infantil a gran escala no es culpa de los padres. Es el producto de fuerzas históricas, y ha hecho la vida más difícil para todos. Pero tenemos más poder del que creemos. Los niños aún son capaces de aprender a amar los alimentos que disfrutan sus mayores; solo necesitamos recuperar la confianza para ayudarles con cariño a hacerlo.