Ciudad Juárez, Chih.- Cada vez que la noticia de un nuevo asesinato irrumpe en la mañana —en Ciudad Juárez o en cualquier rincón del país— no sólo aparece el número de la víctima. También se dibuja, aunque nadie lo quiera ver, la silueta de quien apretó el gatillo. Me pregunto quién es, cómo habla, si puede dormir después, si tiene hijos que lo esperan o si su única compañía es el eco de una vida anestesiada por las drogas y la violencia.
Muchos son jóvenes atrapados en adicciones, convencidos de que la pistola es un atajo hacia el poder. Fantasean con la leyenda de Joaquín Guzmán Loera, sin entender que la mayoría no sobrevivirá ni un lustro en ese oficio que llaman “trabajo”. Se mueven con una ausencia casi absoluta de empatía: matar es una tarea funcional, un encargo más en la agenda. La culpa no figura en su vocabulario.
Especialistas han descrito en ellos rasgos persistentes: desprecio por la norma, impulsividad, baja tolerancia a la frustración. Un cóctel de narcisismo, frialdad y cálculo donde la vida ajena vale menos que la paga prometida. No es épica: es precariedad moral. Y el saldo lo pagan otros. Niños que crecen sin padres, madres que aprenden a reconocer cuerpos en la morgue, barrios enteros que se acostumbran al sonido seco de las balas.
Lo más preocupante es cómo, en los últimos años, cierta música popular ha decidido convertirlos en protagonistas. En algunos corridos tumbados se les canta como si fueran héroes de barrio y no engranajes desechables de una maquinaria criminal. Esa glorificación no sólo distorsiona la realidad, erosiona el tejido social, normaliza la violencia y ofrece espejismos a quienes ya caminan al borde.
Detrás de cada homicidio hay una sociedad que pierde. Y detrás de cada sicario, casi siempre, hay una historia de fracaso que termina multiplicando el daño.