En la frontera, el crimen organizado ya no tiene un solo rostro. En los últimos años, las mujeres han dejado de ser figuras periféricas para ocupar un lugar visible —y protagónico— en las filas del narcotráfico. No sólo como acompañantes o enlaces, sino como operadoras, transportistas, vendedoras e incluso sicarias. La detención reciente de dos mujeres en el valle de Juárez, a quienes se les aseguró droga, armas, más de mil cartuchos y hasta una granada, vuelve a colocar el foco sobre un fenómeno que crece en silencio.
De acuerdo con información oficial, en un operativo encabezado por la Secretaría de Seguridad Pública del Estado fueron detenidas Paola Irania H. S. y Mayra Janette P. V. en la Colonia Esperanza. En los vehículos asegurados se localizaron armas largas, cargadores, equipo táctico y más de 160 envoltorios de presunta marihuana, además de unidades con reporte de robo en Estados Unidos. El hallazgo de una granada entre el arsenal confirma el nivel de riesgo en el que se mueven.
¿Qué explica esta presencia cada vez más frecuente? Diversos estudios han advertido que la precariedad económica, la normalización de la violencia y la fragmentación familiar en contextos fronterizos facilitan el reclutamiento. Para algunas, el narco representa ingresos rápidos en territorios donde las oportunidades son escasas; para otras, es una extensión de redes afectivas ya insertas en la estructura criminal.
Sin embargo, la historia suele ser circular y cruel. Muchas de las mujeres que participan en estas dinámicas terminan también como víctimas del mismo engranaje: utilizadas, encarceladas o asesinadas con extrema violencia. Algunas aparecen ejecutadas, otras desaparecen sin rastro. El crimen organizado no distingue lealtades cuando se trata de disciplinar.
El fenómeno obliga a preguntas incómodas: ¿se trata de empoderamiento criminal o de una nueva forma de explotación? ¿Qué responsabilidad tienen el Estado y la sociedad ante la falta de alternativas reales? En una frontera marcada por el trasiego y la impunidad, la incorporación de mujeres al narco no es anécdota, sino síntoma de una crisis más profunda que desdibuja límites entre victimarias y víctimas.