Ciudad Juárez.- La violencia extrema volvió a las escuelas mexicanas con dos episodios ocurridos casi al mismo tiempo, protagonizados por jóvenes y adolescentes. Los hechos obligan a mirar más allá de las agresiones y preguntarnos qué está ocurriendo alrededor de quienes llegan a un plantel dispuestos a lastimar o matar.
En Torreón, dos hermanos de 18 años, ambos exalumnos, irrumpieron en una secundaria presuntamente armados con machetes y bombas molotov. La subdirectora murió, tres personas resultaron heridas y los atacantes fueron detenidos. La Fiscalía de Coahuila informó que preliminarmente habrían actuado por resentimientos contra integrantes de la escuela.
En Querétaro ocurrió otro episodio. Un menor atacó con un objeto punzocortante a dos estudiantes, un profesor y una persona del área administrativa. La Policía Municipal lo detuvo y aseguró dos cuchillos. Las cuatro víctimas recibieron atención médica.
Dos casos diferentes colocan nuevamente la violencia juvenil frente a nosotros. ¿Qué está sucediendo entre algunos adolescentes? ¿Cómo se transforma el resentimiento hacia compañeros o profesores en la decisión de ingresar armado a una escuela? ¿Dónde quedan la familia, la prevención y la capacidad de detectar señales antes de una agresión?
El asesinato de una subdirectora agrega otra pregunta. ¿Hasta dónde están expuestos maestros y directivos ante conflictos que rebasan sus funciones educativas? En Torreón fueron profesores quienes incluso enfrentaron a los agresores para quitarles las armas.
Las autoridades tendrán que investigar responsabilidades, pero también estudiar qué ocurrió antes de los ataques. Saber cómo obtuvieron las armas, qué antecedentes existían y si hubo señales ignoradas.
La sociedad tampoco puede limitarse a mirar horrorizada cada nuevo caso, porque familia, escuela y gobierno tienen una responsabilidad compartida. La pregunta urgente es qué estamos haciendo con nuestros jóvenes y por qué algunos encuentran en la violencia extrema una salida a sus conflictos.